Mirta Rosenberg: "Creo en la voz propia; nunca adherí a ninguna escuela"

Poeta y traductora de poetas en inglés y francés, siempre le interesa el tema de la belleza, que vincula con la espiritualidad
Daniel Gigena
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28 de diciembre de 2015  

Crédito: Hernán Zenteno

En su próximo libro habrá, como es habitual en sus trabajos, una serie de versiones al español de poemas en lengua extranjera, pero en este caso con un giro poco habitual: presentará su versión de las traducciones que Anne Carson hizo al inglés de los poemas de Safo. Esa decisión parece una cifra del trabajo discreto y a la vez monumental de Mirta Rosenberg en su rol de poeta, traductora y divulgadora de la poesía extranjera en la Argentina. Entre otros autores, tradujo a Robert Lowell, Marianne Moore, James Fenton y Gerard Manley Hopkins. De una expresión de este poeta británico proviene el título de su último libro, El paisaje interior, editado en 2012 por Bajo la Luna. "Es raro que tu hijo sea tu editor", comenta. La poesía de Rosenberg se define por su trabajo de poda verbal, por los juegos fónicos amortiguados, por el esfuerzo de ofrecer una espiritualidad asociada a la mirada, la naturaleza y los vínculos afectivos. El reciente libro de Carson aquí editado -el ensayo Eros: el dulce-amargo (Fiordo)- fue traducido por Silvina López Medin y Rosenberg, quien además fue colaboradora de LA NACION durante décadas.

Mi etapa rosarina es fundamental. Buenos Aires no me formó como escritora. Sí aprendí algunas cosas, por ejemplo con el Diario de Poesía aprendí cuestiones que tienen que ver con aspectos técnicos, edición, a hacer copetes, a hacer resaltes, ese tipo de cosas que Daniel Samoilovich enseñaba muy bien. Hugo Padeletti desempeñó una función importante en mi vida. No es lo que él me enseñó, sino, como yo digo, lo que aprendí, que es completamente diferente. Aprendí en contacto con él; con él tenía una amistad personal intensa, íntima, y él también me pasó lecturas, cosas que sola no hubiera leído nunca, como Simone Weil o René Guénon, cosas complicadas a las que yo no hubiera llegado, porque nadie llega a eso si no tenés una persona a la que le interesa esa zona de la mística o de la espiritualidad.

El tipo de elaboración que hice de la espiritualidad no tiene nada que ver con la fe ni con el pecado, tiene que ver con otra cosa. Siempre me interesó el tema de la belleza, al que vinculo con la espiritualidad. Poder ver la belleza en un mundo asqueroso e inmundo como éste y desarrollar una pequeña capacidad de ver algo distinto.

En poesía, creo en cosas anticuadas, como la voz propia. Nunca adherí a ninguna escuela, a ningún sistema. Todo lo mío era completamente aparte, me ocupaba de otras cosas, de llevar material que tenía que ver con la traducción. Nunca me adherí ni siquiera al objetivismo... En eso incidió mucho el hecho de leer poesía traducida que traducía yo, leerla en original. Eso ejerció mucha influencia sobre mi propia escritura. Incluso no coincidía con Padeletti en los gustos; por ejemplo, a él no le gustaba Alberto Girri y a mí me encanta. Estoy intentando escribir un libro con una parte de traducción, nueve o diez poemas de Safo traducidos por Carson y pasados al castellano por mí, y después una segunda parte que se llama "Invierno". En realidad eso está dentro de otro libro, "Cuaderno de oficio". La idea es el oficio, escribir-traducir, traducir-escribir.

Mi voz se fue afirmando a partir de una mezcla de cosas; creo que no es puro mi estilo. No es puro, decís "esto viene del surrealismo", no sé de dónde viene, de muchos lugares, viene de leer en otras lenguas, y lamento no saber más lenguas, pero tiene que ver con las traducciones de poesía oriental al inglés, al francés, al italiano. Rápidamente advertí que el mundo de la poesía era muchísimo más variado que las mezquinas guerras de trinchera locales, que el mundo general de la poesía era mucho más amplio de lo que yo llamo las guerras de trincheras; en rigor había mucha poesía muy diferente y yo no estaba prefiriendo ninguna, yo lo que quería hacer era seguir leyendo, y es lo que quiero seguir haciendo hasta que me muera, de ser posible.

Me encantan los poemas con animales porque son poemas que están absolutamente dedicados al ser humano. No tengo mucho gusto por la zoología, en mi poesía siempre está el ser humano. Tengo otro libro en colaboración muy gracioso que escribí con Ezequiel Zaidenwerg; se llama Bichos, son sonetos y comentarios. Los sonetos los hace él, que es un fanático de las formas cerradas, y yo le escribo un comentario atrás. Son todos de bichos chiquitos. Me mandó uno último que es el alacrán, son once en total.

Mi libro con más punch es El arte de perder , porque están todos los elementos de mi poesía. Todo lo dedicado a mi madre es claro, si bien está trabajado, es muy comprensible y hay de todo un poco. Ahora sale una antología grande en España, la saca Pretextos y la hizo Ovidio García Valdés: El arte de perder y otros poemas. Es una antología sin inéditos. No doy inéditos para el exterior, los inéditos van a salir siempre acá. Los libros españoles son muy caros y los jóvenes no los pueden comprar.

Leo a algunos poetas jóvenes, cada vez menos. A Eric Schierloh, con el que me siento identificada porque también traduce; a Eduardo Ainbinder. Ahí tenés lo que digo yo de la voz propia, esta gente tiene voz, no se preocupó si eran objetivistas o neorrománticos. También está Andi Nachon. Lo que no me gusta es el tropel que viene detrás de esa literatura cartonera. No me interesa poéticamente, me parece un retroceso. En todo caso es sociología, no literatura.

Rosario, 1951

Estudió Letras en la Universidad Nacional del Litoral. Integró el consejo de dirección de Diario de Poesía. En 1990 fundó el sello Bajo la Luna. Entre sus libros, se cuentan Pasajes, El arte de perder y El paisaje interior. Es premio Konex 2004 como traductora

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