Las consecuencias de viajar al pasado

Maximiliano Tomas
Maximiliano Tomas PARA LA NACION
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31 de diciembre de 2015  • 23:20

Hace algunos días, una consulta sobre el estado del cuento argentino actual para una entrevista me hizo pensar en rupturas y líneas de continuidad con la producción literaria de décadas pasadas. Arriesgué, por ejemplo, que más allá de algunos nombres inevitables (Fogwill, Rejtman, Bizzio) entre los años 90 y mediados de la década del 2000 la ficción breve en la Argentina había sufrido una especie de agotamiento: la imaginación fantástica se había vuelto repetitiva, tanto como la devoción manierista por el llamado realismo sucio estadounidense. Y que todo esto parecía estar cambiando desde fines de la década pasada, cuando una nueva camada de cuentistas irrumpió con libros que marcan una renovación desde los márgenes de la tradición realista. Así, me encontré mencionando, una vez más, los nombres de Federico Falco, Luciano Lamberti, Pablo Natale, Nicolás Mavrakis, J.P. Zooey y Pablo Ottonello. ¿Olvidé sumar a Francisco Bitar (Santa Fe, 1981) a aquella lista? Si lo hice, amerita una reparación, porque a pesar de haber escrito también poesía y novela, los relatos de Acá había un río (y antes los de Luces de Navidad) alcanzan para ubicarlo en un lugar destacado de esta generación de cuentistas argentinos contemporáneos.

Acá había un río, compuesto por siete cuentos, podría llevar como subtítulo "Variaciones sobre el reencuentro" ya que en sus páginas hay hombres y mujeres que, llegado un punto de cisura, deciden viajar al pasado en busca de respuestas. Como Bitar es un narrador sutil, de una sobriedad no exenta de sentimiento, las respuestas nunca serán definitivas, y a veces quizá ni siquiera aparezcan. Al menos no en la forma en que se las buscaba.

Pero la bajada real del título existe, y es "Siete guiones para cuentos", lo que parece más un acto de humildad del autor que una descripción exacta de la morfología de los relatos. Bitar los llama así, en verdad, por la manera en que fueron concebidos: "A fines del año pasado nació mi hija y me vi obligado a encontrar la manera de encarar una serie de historias que tenía en la cabeza sin la posibilidad de sentarme durante horas frente a la computadora. Escribía en las siestas de mi hija; mientras con una mano le hacía upa, con la otra le pegaba al teclado. Esto puede ser visto como una limitación, pero creo que el estilo maduro de un escritor está hecho de las pruebas que le pone la vida".

Si las condiciones materiales de producción pueden advertirse en el resultado final de un libro, lo cierto es que lo que suele inferirse del término guión (esbozo, sugerencia, incompletud) aquí es falso, o por lo menos equívoco. Cada uno de estos cuentos (los más largos, los más cortos, los mejores: "Del cine a la ciudad y de la ciudad al pasado" y "Acá había un río y yo lo cuidaba") presentan arcos narrativos completos, con su densidad dramática intacta. Lo que sucede es que no parece haber una sola palabra de más: en tercera, indirecta u omnisciente (gratamente alejado de la debilidad contemporánea por la primera persona), Bitar va siempre al hueso del relato, sin ningún tipo de ornamento.

Hay una filiación evidente, que el propio Bitar menciona, entre sus textos y los de Martín Rejtman. Pero en lugar de seguir el camino derivativo de Rejtman, espiralado y centrífugo, los relatos de Bitar siguen el trazado de un círculo, y su fuerza es centrípeta. También hay, si de establecer caminos comunes se trata, rasgos compartidos con el Roberto Bolaño cuentista, el de Llamadas telefónicas y Putas asesinas. No solo a la hora de elegir para sus relatos una tercera persona desafectada que de todas maneras no le resta empatía al relato (casi como una voz en off); también, por ejemplo, a la hora de desestimar la importancia de la nominación de los personajes. Si en Bolaño los nombres son reemplazados por iniciales (A o B; X o Y), Bitar los llama Hermano 1 y Hermano 2, o Fulano y Mengana. Esta decisión está en sintonía con la apuesta narrativa mencionada anteriormente, la de resaltar la relevancia de las acciones por sobre cualquier otro dato o información.

Si hubiera que señalar un fragmento que funcione como epítome del universo narrativo contenido en Acá había un río, probablemente sería este, presente en "Donde las aguas se hacen negras": "Las dificultades, por supuesto, serán parte de la relación, momentos en los cuales querrá dejar todo atrás. Conoce el proceso: superado el punto alto de la crisis, y ya ingresado al momento de autocompasión, recordará viejos amoríos. ¿Cómo hubiera sido la vida junto a Fulano?, se preguntará entonces. Intensa, se responderá; mejor, en definitiva. En este punto maldecirá su vida. O correrá a buscar un nuevo amante, como cualquiera en su situación". Parejas. Procesos. Dificultades. Crisis. Autocompasión. Amoríos. ¿Quién no se hizo alguna vez la pregunta acerca de "qué hubiera sido"? En la capacidad para reflexionar con agudeza y desde la ficción sobre los interrogantes que desvelan a los seres humanos descansa una de las claves del poder de conmoción de cada uno de estos relatos.

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