Luis Chitarroni. "Me gusta pensar, como postulaba Borges, un idioma de los argentinos"

Editor, narrador y crítico, hoy al frente del catálogo de La Bestia Equilátera, insiste en que las editoriales deberían tener más decisión sobre lo que se traduce: "Es lo que me queda de un gesto nacionalista", dice
Daniel Gigena
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10 de enero de 2016  

Crítico, editor, docente, narrador y, como se leerá en la entrevista, ahora también poeta, Luis Chitarroni (Buenos Aires, 1958) es una de las figuras centrales de la cultura nacional. Su trabajo en la editorial Sudamericana, al comienzo como asistente de Enrique Pezzoni, y luego en Random, en la etapa trasnacional de los grandes sellos, fortaleció la literatura argentina sin descuidar la narrativa extranjera de calidad. Actualmente en La Bestia Equilátera, editorial con un prestigio bien ganado por su trabajo con las traducciones y el descubrimiento, para el público local, de autores como Julian MacLaren-Ross, Alfred Hayes o Elliot Chaze, continúa esa labor de un modo más arriesgado.

Es autor de Siluetas, una serie de biografías imaginarias que aparecían en la revista Babel; Mil tazas de té, un conjunto breve de ensayos sobre literatura; El carápalida y Peripecias del no, asombroso texto considerado una "antinovela", el libro "más difícil del mundo", "vanguardista" y "architexto erudito".

Chitarroni es, además, asesor en el Fondo Nacional de las Artes (FNA) en el área de literatura. Allí, el mismo día en que el ministro de Cultura Pablo Avelluto pisaba por primera vez las instalaciones de la institución en compañía de Enrique Avogadro, tuvo lugar la conversación con Chitarroni. Amable y ocurrente, mientras le tomaban fotos antes de la entrevista, el editor le advirtió al fotógrafo que su aspecto se asemejaba al de un rabino.

¿Cuál es tu actividad en el FNA?

El FNA es un banco. Trabajo con Liliana Heker en el área de letras. Esto está dividido en disciplinas y la cuestión es primero los subsidios, los préstamos, las becas, y después los concursos de industria cultural. Así salieron cosas muy buenas. Un libro que me enorgullece es el que escribió Lucas Petersen sobre el traductor argentino de Ulises, José Salas Subirat. Ulises, en lugar de salir por alguna de las editoriales que parecían las indicadas para editarlo, las editoriales más intelectuales, como Sur, salió en Santiago Rueda con una traducción de un tipo que era un agente de seguros. Ésas son investigaciones en las que yo me interesé particularmente para que obtuvieran becas o subsidios. La del FNA es una actividad realmente muy linda porque es un modo que uno tiene de ayudar, como si pudiera darse el gusto de ser un mecenas y apoyar proyectos de esa índole, los concursos, las revistas literarias.

¿Te gustaría continuar?

Ahora estoy en un momento de encrucijada; estoy por entregar tres libros, uno de relatos para Interzona que se va a llamar finalmente La casa sin dueño; otro en Chile que se llama Pasado mañana. Tuve la previsión de poner un título que jorobara al editor: "¿Cuándo nos vas a entregar Pasado mañana?". Es una recopilación de ensayos y artículos cortos publicados desde 1997, con lo cual fui convocado por la Universidad Diego Portales en mi capacidad de editor más que de escritor. Como siempre, cuando se trata de la edición de algo propio, es una especie de duelo con un fantasma, en que los dos tienen que sacar el arma y ver quién dispara primero. Es un libro que empezó con mucha felicidad y después se transformó en una pesadilla, porque no podía resolver cuántas partes iba a tener y cómo ordenarlo de una manera que fuera atractiva. No será por orden cronológico sino por distintas arbitrariedades. Y el tercer libro se llama La ceremonia del desdén y es sobre el Borges de Bioy Casares; lo va a sacar Mardulce.

En 2016 publicás tres libros.

Por ahí uno de poesía también, por Mansalva. Se va a llamar (La) Inconstancia, una antología de poesía inédita.

No sabía que escribías poesía.

¡Yo tampoco! Hay un largo poema narrativo que está interrumpido por una especie de heterónima. Es poesía de ocasión, cuando me convoca un acontecimiento. Soy muy lector de poesía y el libro va a incluir algunas traducciones. La poesía es como una gran experiencia vocal para uno.

¿Como un sustituto del canto?

Exactamente, como un sustituto de paladear, de saborear las palabras de una manera distinta, de tararearlas a veces, de encontrar cadencias.

Peripecias del no, tu último libro, fue considerado "difícil".

Por cierto que a mí no se me entiende. Y no intentan leerme. Leer no es descifrar, pero no todas las prosas son sencillas y transparentes. "¿Por qué no somos sencillos/ por qué no somos transparentes/ por qué no somos puros y buenos/ como el pueblo/ como las buenas gentes?", escribió Osvaldo Lamborghini. A veces sostuve una cruzada contra la prosa "platera y vos", ya no.

¿Cómo crearon el catálogo de La Bestia Equilátera?

Con mis socios Natalia Meta y Diego D'Onofrio, que habían sido alumnos míos, habíamos calculado una editorial con libros que nos gustaran particularmente, pero yo les recordé esa famosa frase del editor que decía que había confundido su editorial con su biblioteca y que eso lo iba a llevar a la ruina perpetua. Después empezamos con gustos muy decantados, de Natalia sobre todo, a la que le encanta Muriel Spark, y seguimos con libros extraños que eran descatalogados o tratados muy negligentemente. Luego dimos con una vena rara que era la de policiales muy muy duros, como Mi ángel tiene alas negras o El nombre del juego es muerte, que funcionaron mejor. Es mucho más interesante que el ejercicio de algún gusto particular porque se va conformando a tu gusto y al gusto del público. El nombre de la editorial era el nombre de un relato de Diego; el relato cambiaba continuamente pero el título quedaba, entonces nos pareció que el título era más poderoso que cualquier relato. Y es lindo porque suena amenazador y a la vez está determinado por algo geométrico, tiene algo de inexorable. Así fue. Este año tenemos otra misión: hicimos un concurso online de narrativa latinoamericana, algo en lo que no queríamos incursionar hasta ahora. Falla en marzo.

También editaron literatura argentina.

Empezamos con lo de María Martoccia, lo de Dani Guebel, y la verdad nos fue mal. Excepto con Aira, fue un best seller impresionante. Supongo que cuando hicimos nuestros libros de literatura argentina era un momento en que empezaban muchas editoriales a publicar eso. Cuando Guebel o Alan Pauls o Martín Caparrós empezaron tardaban muchísimo en publicar, ahora siempre hay alguien, hay un montón de pequeñas editoriales emergentes, cosa que además es un fenómeno de América Latina.

¿Cómo evaluás la situación del mercado editorial local?

Creo que va a tener un buen porvenir; pese a que haya dos grandes grupos, ha habido una repartición de gustos y de pareceres. No obstante las editoriales grandes, para las que no pasa inadvertido el interés por estos temas, se han vuelto también más curiosas. La colección de Mondadori y la de Seix Barral son más o menos iguales, con libros de Selva Almada, de Oliverio Coelho; son intentos, cosas que en otra época eran totalmente inverosímiles. Falta un libro de investigación de lo que era la literatura en los años 80. Hay un gran texto de César Aira que publicó en Vigencia, la revista de Gabriela Massuh, una especie de epitafio de la literatura de los años 80, un artículo en el que él leía las novelas de esos años. En ese texto rescataba solamente a Puig y a Saer, y criticaba muy duramente todas las novelas blandas, la cultura en los años de la dictadura, una especie de oficialismo, libros inofensivos, donde se ponían de manifiesto algunos trucos de taller literario, en el que el narrador fuera, no sé, una columna. Borges era un especie de figura pública, de profeta que predecía cosas, como un panelista celebrado e incomprendido de algún modo, pero celebrado porque era mejor dar a entender que vos habías entendido que no. Entonces tenía esa especie de coro de aprobación. Y había un borramiento absoluto de lo que era especioso, lo que tenía sabor. El otro día estuve con un escritor chileno fantástico, Roberto Merino, le pregunté en quién oye uno mejor la lengua tal como se habla en Chile. Y llegamos a una especie de conclusión, un poco facilista, de que Lemebel es muy bueno, con humor, y Merino que nunca se satisface dijo que no, que él detectaba entonaciones de la oralidad chilena y de la escritura chilena en autores más jóvenes que ni sabían quién había sido Juan Emar.

¿Y cómo aparece en la Argentina esa entonación?

Para mí está en muchos, está en Juan José Saer, muy trabajada por el exilio, la lengua francesa y el asma; está en Martoccia de un modo muy peculiar en el tono; está en Ricardo Piglia y en Aira; en el flaco Luis Gusmán de un modo entonadamente tanguero. Está mucho en Héctor Libertella, su obra tiene una mezcla de exposición oral y de lectura profunda.

¿Por qué te fuiste de Random?

Era un ciclo completo. Yo estaba desde 1986, con Enrique Pezzoni. Era una editorial familiar. Pasé por todas las etapas, hasta la etapa final en que ya no podía casi hacer nada como editor allí. Me parecía que no había ningún aporte que yo pudiera hacer y salía esto de La Bestia, una idea en la que me gusta persistir, que es que la Argentina tenga dominio sobre los libros traducidos también, que vuelvan a ser como eran en los inicios de Sudamericana. Creo que es una cuestión que la Argentina pueda estar lo suficientemente interesada como para traducir franceses, italianos. Quiero decir: hay interés, nosotros tenemos mucho interés. Este año vamos a sacar The Other Side, de James Pike, una novela extraordinaria, sobre el mundo del sueño, y donde prevalece una economía de sueño que es verdaderamente alucinatoria. Está muy trabajada la cuestión de los valores, cómo la culpa funciona en el sueño. Es una novela ilustrada. Si uno está más o menos atento y curioso, una premisa para los editores es que no nos impongan las cosas los españoles, impongámoslas nosotros. Es lo que me queda de un gesto nacionalista. Me gustaba pensar, como postulaba Borges, un idioma de los argentinos; ésas son las cosas que uno tiene que amar y cuidar, las palabras.

¿Leés mucho?

Leo mucho, subrayo mucho, también por una cuestión, que adquirí con el tiempo, de facilidad para escribir después otros libros. El subrayado es un modo de compactar; las contratapas repiten literalmente y a veces hasta desinteresan. Ahora leo un libro de Patricio Canto, El caso Ortega y Gasset. Esas lecturas son como una relación cuerpo a cuerpo, a veces estás de acuerdo y a veces surgen objeciones que te parecen increíbles por lo que no está dicho.

¿Cómo ves el panorama de la crítica literaria?

En eso no soy tan optimista, me parece que hay buenísimos críticos como Beatriz Sarlo, como Alan Pauls, pero está todo demasiado asentado sobre lo que se enseña. Si uno se fija en los últimos 30 años, sólo se habla de Foucault o de Benjamin, siempre son paradigmas o nombres dictados y rápidamente aceptados. La crítica no me da tanta alegría. No hay ahora revistas críticas, por ejemplo, revistas sobre lo que se publica.

¿Cuál es tu mirada sobre la política cultural del kirchnerismo?

No tengo una mirada sobre la política cultural en el sentido de que no tenés una mirada sobre algo en lo que estás inmerso. Podría hablar de la gestión que hizo Horacio González en la Biblioteca Nacional; fue una gestión impresionante, por lo menos en lo que se puede ver con la reedición de las publicaciones y además porque creo que era un lugar totalmente hospitalario. Asistí a presentaciones que no han tenido vinculación con el gobierno kirchnerista y la Biblioteca estaba abierta; una gran heterodoxia más allá de lo que planteara Carta Abierta.

Hablar de "batalla cultural" parecía un poco exagerado.

Me parece que sí; se le podrán reprochar miles de cosas a la política de los Kirchner pero no una cuestión de censura cultural, los críticos podían publicar sus libros y de hecho publicaron un montón.

Entonces, ¿lo que puede venir tampoco será tan diferente?

Creo que no. Tiene que ser una cuestión de lo más educada, si se trata de la cultura. Quiero decir, me parece que hay formas extraordinarias que sólo las entrena la diferencia. Me encantan las polémicas: es la forma literaria que más obliga a la elegancia y a la preparación argumentativa. ß

¿Por qué lo entrevistamos?

Porque su curiosidad intelectual como editor, en distintos espacios, dio forma a las lecturas y bibliotecas de muchos

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