La guerra de los libros

Maximiliano Tomas
Maximiliano Tomas PARA LA NACION
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8 de enero de 2016  • 00:46

Hago el ejercicio de leer los artículos una y otra vez, para intentar ver qué intereses no manifiestos pueden revelarse, pero al final elijo pensar que cada quien tiene sus razones, y que todas están expresadas desde la honestidad intelectual. Lo cierto es que una medida tomada por las nuevas autoridades del Ministerio de Cultura de la Nación y publicada en el Boletín Oficial del 6 de enero acaba de dejar sin efecto la resolución 453/10 que establecía un régimen de certificación obligatoria para todos los libros importados. La intención declarada de aquella norma dictada por el entonces secretario de Comercio Guillermo Moreno era "eliminar los peligros derivados del uso de tintas con alto contenido del plomo" pero, como todos siempre supieron, se trataba de sustituir las importaciones de libros, ahorrar dólares del Banco Central y fortalecer de alguna manera la industria gráfica local. En esta sociedad esquizofrénica en la que nos hemos acostumbrado a vivir, hubo ayer dos interpretaciones radicalmente opuestas de la eliminación de esta barrera.

El artículo de Silvina Friera en Página/12 no oculta sus intenciones de manifestarse en contra. Ya en la primera línea descree de los argumentos a favor de la bibliodiversidad y libre circulación de la producción intelectual argumentados por el Ministerio de Cultura: "Más que ‘liberar los libros’, como proclaman algunos comunicadores, el Gobierno libera el negocio para los monopolios de la edición, sin propiciar alternativas que protejan el trabajo de las pequeñas y medianas editoriales". Friera hace después un repaso por el currículum del Ministro de Cultura Pablo Avelluto (de cuyas declaraciones desconfía señalando que trabajó en dos editoriales multinacionales), y elige cinco fuentes de opinión (editores independientes y libreros como Damián Ríos, Sandro Barrella y Sebastián Martínez Daniell) para citar, todas las cuales están de manera firme en contra de la nueva medida.

¿Por qué, a pesar de haber sido beneficiada a lo largo de estos años, la industria gráfica no mostró un crecimiento notable en su capacidad instalada?

La otra nota, en LA NACION, firmada por Silvina Premat, es mucho más optimista y afirma ya desde la bajada que con la resolución "los lectores recuperan una oferta más amplia y variada". Allí opinan a favor los titulares de la Cámara Argentina del Libro, de la Cámara Argentina de Publicaciones, el editor de Edhasa Fernando Fagnani, la editora independiente Adriana Hidalgo y los responsables de Planeta y Random House, las casas editoras que manejan dos tercios del negocio del libro a nivel local e hispanoamericano. También se ofrecen algunos números como resultado de la restricción implementada por Moreno en 2010. Si bien era esperable que las importaciones cayeran en picada, lo cierto es que las exportaciones de libros tampoco crecieron: se redujeron de 43 millones de dólares en 2011 a 28 en 2014. Y, a través de una estadística que toma como base el ISBN de los libros (algo así como su DNI), Premat escribe que la variedad de títulos que llegan a las librerías también bajó, en este caso un 35 por ciento.

Al margen de la controversia, hay algunas ideas que pueden inferirse de la polémica. Por ejemplo, que el mercado del libro no parece afectar seriamente la balanza comercial argentina ni influir en la falta de divisas. Segundo, que no habría que subestimar al lector habitual (aquel que, por otra parte, más interesado está en los libros importados): no por ofrecerle libros más baratos (los temidos saldos del mercado español que inundaron las librerías en los años 90) modificará sus hábitos de lectura y sus gustos literarios. No es verdad que los sellos independientes peleen por seducir a un lector de perfil similar al de las multinacionales. Para decirlo un poco brutalmente, es algo complicado imaginar a alguien que mientras lee a Florencia Bonelli y a John Katzenbach interfiere su ligero divertimento con novelas de Valerio Magrelli o Marcelo Cohen.

Hay por lo menos otras dos incógnitas del negocio del libro que permanecen sin respuesta. ¿Por qué, a pesar de haber sido beneficiada a lo largo de estos años, la industria gráfica no mostró un crecimiento notable en su capacidad instalada ni evidenció un salto de calidad en sus productos? ¿Y por qué, al ritmo de una inflación supuestamente inexistente, el precio del papel argentino, malo y caro, no dejó de aumentar en estos últimos cuatro años, afectando sobre todo a las pequeñas editoriales?

Finalmente, si la mayor parte de los compradores de libros sigue eligiendo siempre los mismos títulos, por lo general bestsellers circunstanciales, jamás habrá bibliodiversidad que cuente. Que se pueda acceder a una mayor cantidad de títulos o que se produzcan más ejemplares no significa que el público lea más, ni tampoco que lea mejor.

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