La hoguera de las vanidades

Maximiliano Tomas
Maximiliano Tomas PARA LA NACION
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14 de enero de 2016  • 00:30

No son los formatos los que sobreviven al paso del tiempo sino las buenas ideas. ¿Así que ya nadie lee blogs? Y sin embargo, en el de la librería y editorial Eterna Cadencia, su responsable, Patricio Zunini, viene publicando desde hace un tiempo una serie de extensas entrevistas con editores argentinos (Adriana Hidalgo, Fernando Fagnani, Leonora Djament, Alejandro Katz) que se cuenta entre los materiales más interesantes que se pueden leer sobre el estado de la industria del libro y la producción literaria en la Argentina. ¿Cuál debería ser una de las funciones de las revistas de literatura y los suplementos culturales en la actualidad? Esta serie aporta la aproximación a una respuesta: pensar en profundidad el mundo de las ideas y sus implicancias materiales, sus conflictos y sus tensiones.

La última de estas entrevistas, con Damián Tabarovsky, director editorial de Mardulce, fue publicada el 29 de diciembre. El también ensayista ( Literatura de izquierda) y novelista ( Una belleza vulgar) desarrolla allí una figura conceptual a la que llama "editor rey": "Es el editor que supone que no está construyendo un catálogo sino una obra, y que su obra es el catálogo. En ese sentido entraría en línea con algo muy de la época en la cual parece ser que los productores de música son más importantes que los músicos y que los curadores de arte son más importantes que los artistas". Y agrega: "El ‘editor rey’ no se pone en cuestión: compite en megalomanía con el autor. Los autores tienen que ser megalómanos, narcisistas, insoportables (…) El editor debe ser una persona que está a disposición de los autores".

No son los formatos los que sobreviven al paso del tiempo sino las buenas ideas

En 1998, cuando se cumplieron diez años de la muerte de Raymond Carver, se hizo público que en la Biblioteca Lilly de la Universidad de Indiana descansaban los manuscritos de los cuentos del autor de Catedral y Tres rosas amarillas. Lo que allí se descubrió fue que sus originales habían sido poco menos que seccionados por su editor de entonces, Gordon Lish (Nueva York, 1934), responsable durante años de la sección literaria de la revista Esquire y del sello Alfred Knopf. Según la opinión de muchos, Lish fue el nombre detrás de la renovación de las letras estadounidenses de los años 80, conocida como New Fiction, y su sello de agua se puede advertir en el trabajo de autores como Carver, pero también en Don DeLillo, Barry Hannah, Amy Hempel o Richard Ford.

Recién en 2010, cuando apareció en castellano Principiantes, la colección de los textos de Carver sin las tachaduras y sugerencias de Lish, se pudo advertir la diferencia entre los originales y la versión final. Las opiniones estuvieron divididas. Pero no hubo dudas de que el Carver que todos conocían era, en buena medida, un producto de laboratorio. Lish, que también escribe novelas, acaba de dar una larga entrevista a The Paris Review, cuyo adelanto fue publicado hace poco por The Guardian. Y allí aprovecha para, tantos años después, florear su vanidad y descargar su despecho contra quienes lo acusan de haber arruinado a Carver (con quien, no está de más decirlo, terminó peleado) a través de sus salvajes correcciones.

Cuando el entrevistador lo consulta acerca de la reacción que tuvo después de tanto tiempo al volver a ver aquellos manuscritos, Lish dice que se sintió complacido, incluso admirado de su trabajo. "Pero Carver ni siquiera fue el único con el que trabajé de esa manera. Hubo muchos otros autores. Fui atacado por lo que algunos consideraron un acto abominable. ¿Pero realmente lo fue? Yo creo que lo que hice fue crear algo duradero. Duradero y muchas veces incluso hermoso". Lish, conocido por su misantropía y megalomanía, parece dispuesto a dar la versión definitiva de cómo fue su relación profesional con uno de los autores más influyentes de la literatura de la segunda mitad del siglo XX. "Deformada, reformada, contaminada o no, los lectores fueron seducidos por esa prosa. Y lamento decirlo, fue mi intervención la que los sedujo. Hice el mismo trabajo con otros autores, y lejos de ocultar su deuda conmigo, todos se mostraron completamente agradecidos".

En los Estados Unidos la figura del editor puede alcanzar muchas veces un peso determinante como en el caso de Lish. Existen, como él, algunos barones de la edición que moldean estilos narrativos a su gusto y cuya descripción se ajusta a lo que Tabarovsky llama "editor rey". En la industria editorial argentina, mucho más pequeña y modesta (y donde actualmente hay más publishers que editors), hubo editores de renombre como Francisco Porrúa, Boris Spivacow, Jorge Álvarez, Enrique Pezzoni o Daniel Divinsky. Pero ninguno de ellos pensó nunca que su nombre debía ser más relevante que el de sus autores, entre los que estaban Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Manuel Puig, Rodolfo Walsh y Ricardo Piglia.

Probablemente se trate, entre otras cosas, de una cuestión idiosincrática. Lish confiesa en la entrevista de The Paris Review que el mundo "lo tiene sin cuidado": "Al margen de mis relaciones como padre, marido o amante, la gente no me interesa. No soy exactamente un autista, pero si me llamarían así no lo objetaría. Realmente la compañía de los demás no es algo que necesite". En la nota con Tabarovsky, en cambio, el acercamiento al oficio parece ser el opuesto: "La edición es un proceso colectivo. Eso es muy importante: el editor de una editorial independiente tiene un rol clave, pero hay un proceso colectivo que involucra la prensa, la producción, los autores. Si no se entiende así, se construye la figura del ‘editor rey’. Es un fenómeno concomitante: en las grandes editoriales desaparece la figura del editor, y en las independientes esa figura está sobrevalorada".

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