Secretos en la montaña

Maximiliano Tomas
Maximiliano Tomas PARA LA NACION
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21 de enero de 2016  • 08:44

¿Cuántos directores de cine son capaces, en la actualidad, de cautivar la atención de los espectadores durante tres horas? ¿Cuántos pueden lograr, en tiempos de redes sociales y concentración efímera, que el teléfono celular quede olvidado durante ciento ochenta minutos? Solo se me ocurre uno, Quentin Tarantino. Y eso es lo que hace con su última película, Los ocho más odiados. No por el atajo, cuya efectividad ya es conocida, de la sangre y la violencia explícita, la edición sincopada, los tiros y las persecuciones (no al menos durante la primera mitad), sino a través del efecto de persuasión de la imagen panorámica y la palabra. Durante buena parte de Los ocho más odiados (el por qué de la traducción de "hateful" como "odiados" y no "odiosos" o "desagradables" es un misterio) hay un largo viaje en diligencia en el que solo los célebres diálogos de Tarantino sostienen la acción dramática, y hasta bien pasados los noventa minutos no se dispara una sola bala. Tarantino se luce, en un momento en el que el género policial está de moda en todo el mundo, con el estreno del mejor policial posible: uno que lleva el disfraz de un western y es, sobre todo, una comedia de intrigas y suspenso.

Si su película anterior, Django sin cadenas, transcurría antes de la Guerra de Secesión, Los ocho más odiados sucede después del conflicto que acabó en 1865 con el sur esclavista de la Confederación vencido y la Unión del norte como vencedor. Hasta ahí las similitudes. Porque Los ocho más odiados es, además de una suerte de extraño policial (bajo la nieve y en clave inglesa y detectivesca durante un tiempo; y uno americano, violento y sangriento, durante el otro), un relato de puertas adentro. Casi teatral, en el sentido en que lo era Perros de la calle: escenas de interior, importancia fundamental de la gestualidad y los diálogos. Si en 1992 la acción transcurría en un galpón de un barrio perdido de Los Angeles, esta vez se trata de una cabaña bajo la nieve en alguna montaña de Wyoming. Tan teatral resulta por momentos Los ocho más odiados, que es incluso artificiosa: cuando los personajes enfocados por la cámara hablan, Tarantino relega a los demás al silencio, como si utilizara una luz focal.

Muchos han creído ver en esta, su octava película, la más política de su obra. Pero la densidad política de Los ocho más odiados es prácticamente inexistente. Por supuesto, los personajes dicen muchas veces la palabra nigger, se habla de dinero y de recompensas, y se hacen referencias a la Guerra Civil y sus batallas. Pero no hay mucho más. Los ocho más odiados no es una película política así como Bastardos sin gloria no era un filme histórico. Quizá el contexto del problema racial de los Estados Unidos, con los últimos casos de brutalidad policial sobre la población negra, haya ofrecido el marco para una lectura por el estilo. Pero es evidente que lejos de una intención doctrinaria o pedagógica, Los ocho más odiados está menos interesada en el problema de la esclavitud que Django sin cadenas. Y que contiene una voluntad humorística más marcada que sus trabajos previos. Claro que también hay mutilaciones. Y ahorcamientos. Y mucha, mucha sangre. Pero Tarantino utiliza la sangre en un sentido catártico, en chorros y borbotones como podían hacerlo Brian de Palma y Stanley Kubrick. Esa sangre impresiona más por su poder simbólico que por su significado concreto.

Tarantino, cuya egomanía es proverbial, parece estar cerrando su carrera de director y guionista cinematográfico (sigue diciendo que filmará dos películas más y luego se dedicará al teatro, la televisión y los libros). Y una de las señales que podría señalar ese círculo que se completa es que si bien en Los ocho más odiados hay homenajes a otras películas y autores, son muchos menos que las autorreferencias. Aquí lo que sucede es que Tarantino homenajea a Tarantino, a venticuatro años de su primera película. Los guiños ya no son a la historia del cine y al trabajo con los géneros sino a su propia filmografía: el carácter episódico y los flashbacks remiten a Pulp Fiction; el tiroteo cruzado como resolución escénica a Perros de la calle; el marco histórico a Django sin cadenas; la narración atada al destino de la protagonista femenina a Kill Bill, Jackie Brown o Bastardos sin gloria. Toda esta información no tendría ninguna importancia si Los ocho más odiados no fuera una película rabiosamente entretenida que viene a demostrar que Tarantino sigue siendo uno de los pocos directores capaces de hechizar a los espectadores y atarlos a la butaca durante tres horas. Qué va a ser del cine americano, cuando él se retire, ya es otra historia.

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