El mundo enfrenta un choque de épocas

Daniel Gustavo Montamat
Daniel Gustavo Montamat PARA LA NACION
Más que por un enfrentamiento de civilizaciones, la violencia terrorista y la intolerancia responden a una mezcla de fanatismos religiosos premodernos, dogmas del racionalismo moderno y relatos de la cultura líquida
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23 de enero de 2016  

Fuente: LA NACION

Más que un "choque de civilizaciones" que divide aguas entre culturas y religiones, el mundo globalizado enfrenta hoy un choque de épocas donde interactúan fanatismos premodernos de origen religioso, dogmas del racionalismo moderno y relatos de la cultura posmoderna. La Argentina padeció tragedias anticipatorias de este conflicto, pero puede presentarse a futuro como modelo de convivencia plural en la comunidad de naciones.

El fanatismo de los terroristas asesinos de El Líbano, París, Estados Unidos y tantos otros países del mundo actual no es irracional. Tampoco es irracional la guerra que plantea Estado Islámico. El racionalismo también produjo dogmas asesinos cuando la razón fundante desplazó a la razón crítica y la transformó en razón instrumental. La "solución final" fue un acto organizado, planificado y ejecutado por seres racionales guiados por una ideología de odio enancada en la lógica de que el fin justifica los medios en la lucha por el poder. En la premodernidad también hubo fanatismos, guerras religiosas y asesinatos en nombre de la fe. El cristianismo tuvo su Inquisición y sus Cruzadas, y, luego de la Reforma (en 2017 se cumplirán 500 años), hubo cruentos enfrentamientos entre católicos y protestantes (la Guerra de los Treinta Años, 1618-1648) siempre con motivaciones políticas, pero fogoneados por el fanatismo religioso.

Algunos analistas comparan aquellos enfrentamientos con los que hoy dividen a chiitas y sunnitas dentro del islam, que, como religión más joven, no habría madurado aún la convivencia que existe en la actualidad entre las ramas del cristianismo. Los radicalizados quieren exterminar a los enemigos de adentro y de afuera para establecer un califato teocrático y ejercer poder terrenal. El fanatismo religioso premoderno es potenciado por dogmas políticos modernos en una suerte de menú de tenedor libre facilitado por la "cultura líquida". Fe fanática, razón dogmática y verdades líquidas, un cóctel explosivo que sacude el mundo con atentados, guerras intestinas e inseguridad colectiva, y que puede transformar en víctima a cualquier ciudadano de a pie en cualquier lugar de la tierra. La Argentina ya padeció luctuosos adelantos de este choque de épocas en los atentados a la Embajada de Israel y a la sede de la AMIA.

La revolución tecnológica de la información y las comunicaciones ha corrido el velo y ha puesto al descubierto la difícil coexistencia de sociedades donde predominan ideas y valores premodernos, y otras que abrevan en las ideas y valores de la modernidad. Para peor, los neopopulismos que por derecha y por izquierda tienen creciente influencia política han potenciado los resentimientos combinando fanatismo político y fanatismo religioso para echar más leña al fuego. Urge empezar a producir anticuerpos en el mundo de las ideas y de los valores para recuperar la convivencia entre las sociedades del siglo XXI.

Los grandes valores a promover en las sociedades donde predomina el fanatismo religioso son la tolerancia y la apertura hasta alcanzar la libertad de cultos, una institución de amplio reconocimiento y aceptación en las sociedades modernas. A su vez, en sociedades con predominio y tolerancia religiosa, hay que evitar que la tradición secular haga concesiones a los dogmas racionalistas. En muchas sociedades modernas al fanatismo de la religión se lo ha querido sustituir con el fanatismo de la razón. Esto también realimenta el choque de épocas. Cuando Karl Popper postula que el conocimiento progresa por ensayo y error y que un enunciado científico debe poder ser refutado (es siempre una "conjetura" que espera su consiguiente refutación), está planteando un cambio de actitud frente a las "verdades reveladas de la ciencia". El Estado secular y moderno muchas veces ha sido instrumento de una militancia antirreligiosa que ha exacerbado los fanatismos. La convergencia de ideas de tolerancia con Estados respetuosos de la libertad de cultos y prescindentes de todo activismo a favor o en contra de las ideas religiosas es el objetivo de convivencia por alcanzar para despejar el campo minado que los fundamentalismos ofrecen a las luchas por el poder en esta etapa del siglo XXI.

La Argentina puede alcanzar este objetivo y plantearse como ejemplo a otras sociedades. La "grieta" con la que se buscó dividirnos no tiene raíces en este choque de épocas que enfrenta el mundo, sino en el viejo artilugio político de construir poder con la lógica binaria amigo/enemigo.

Si recuperamos el valor del diálogo y el disenso en la formulación de un proyecto común, esa divisoria de aguas política irá cediendo espacio a los consensos básicos que traduzcan un proyecto común. Pero, aun superada la "grieta", no estamos ajenos al conflicto entre fundamentalismos premodernos, dogmas modernos y combos posmodernos. En este choque de épocas, sin embargo, la Argentina ofrece características singulares que la destacan en la comunidad de naciones.

Con una religión predominante, la católica, hay tolerancia y apertura a los distintos cultos. El diálogo interreligioso ha plasmado consensos en torno a la libertad de cultos y ha erigido instituciones singulares como Calir (Consejo Argentino para la Libertad Religiosa), que nuclea un amplio espectro de las vertientes religiosas del país. La ley de educación pública 1420 (1884), un precedente mundial en su época, instituyó la enseñanza gratuita, obligatoria y laica. Los pilares de esa ley aseguraron a muchas generaciones de argentinos una educación de calidad y de pensamiento plural. La educación pública también fue integradora de las distintas corrientes migratorias que poblaron nuestro territorio. La Argentina no ha padecido el flagelo de los enfrentamientos étnicos que tienen otros países, y ha empezado a abandonar la indiferencia para tomar conciencia de los problemas que afectan a sus pueblos originarios. La confluencia de todo esto dificulta en nuestro medio la conjunción de fanatismos políticos y religiosos, bajo el paraguas de los relatos posmodernos.

Para apuntalar esta fortaleza y consolidar un marco de convivencia social que puede ser ejemplar para otras sociedades deberíamos avanzar a futuro en tres desafíos convergentes: concretar la separación definitiva de la Iglesia del Estado, jerarquizar la educación pública respetando la enseñanza laica (y evitando el sesgo antirreligioso en los contenidos), y afianzar el diálogo y el pensamiento plural en el marco de las instituciones de la República.

Doctor en economía y doctor en derecho

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