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Alba Solís: la voz más teatral del tango

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4 de febrero de 2016  

Fuente: LA NACION - Crédito: Soledad Aznarez

Alba Solís tenía todas las condiciones para ser una diva del tango: humor, desfachatez, histrionismo y un sentimiento dramático en su decir, que la ubicó como una cancionista diferente, capaz de trascender las modas y estéticas de cada momento. Alba Solís murió ayer, a los 88 años, después de una larga postración por múltiples cirugías, informa la agencia Télam.

Hacía tiempo que Solís se había retirado de los escenarios, pero había dejado una estela de leyenda tras su paso por el tango. Cantó en los cincuenta y en los sesenta en todos los teatros de Buenos Aires. Hacía de damita joven, la que enamoraba al galán. Fue voz de Mariano Mores, Juan D'Arienzo, Francisco Canaro, Héctor Varela, Chupita Stamponi. Dicen que corrió por la pasarela del teatro Maipo y del Astral y fue la cara cinematográfica de Narciso Ibáñez Menta en Maleficio y compañera de Isabel Sarli en Carne.

"Soy más actriz que cancionista -confesaba-. Pero fijate que una de las más lindas películas que hice fue Maleficio, con Narciso Ibáñez Menta. Sin embargo, era una coproducción que no se vio mucho. La que siempre pasan es Carne, donde estoy cantándole a Isabel Sarli. Es la cosa más espantosa que hay sobre la Tierra (se ríe)."

Más tarde, estuvo trece años con Tango Argentino recorriendo el mundo. Estuvo más afuera que acáá. "Me dediqué a eso. Por eso ahora tengo pocos sitios para cantar. De viejos, nos la rebuscamos como podemos", confesaba en una entrevista de Mauro Apicella en la nacion de 2006. A esa altura de su vida, la cantora había conocido a fondo la noche porteña y la había exprimido hasta el punto de no quedarle circuito sin recorrer.

Alba Solís fue una niña de precoz talento. Así la recuerda en su libro de tango el poeta Horacio Ferrer. Pero a la cantante le gustaba trazar su propia biografía. Según ella, nació en el año "mil novecientos taipico, cuando doña Herminia Trapanese de Lamberti y Oreste Juan Guillermo Lamberti -tomá que no tenés nombre, viejo- hicieron esto, me tuvieron a mí. De recién nacida era negra, negra, tenía pelo en la frente y llegué tan flaca que parecía un bicho. Dicen que con el tiempo se cambia mucho, yo no sé si ha sido mi caso, pero sí estoy convencida de que la gente me quiere porque yo le doy todo si tengo la oportunidad", le dijo a la periodista Moira Soto.

Es verdad, Alba Solís, desde que empezó a llamarse Alba Solís, daba todo en el escenario, y nadie podía escapar a su embrujo, a su brillo y a la tormenta oscura de su voz. Pero antes de nacer como artista se llamaba Ángela Herminia Lamberte, hasta que en 1945 participó en un concurso de radio: Buscando la voz del tango. Salió segunda, pero su presencia fue tan fuerte que quedó en el elenco estable de la emisora. De niña y con un precoz talento fue una de las figuras infantiles de la Pandilla Marylin. "De chiquita era Angelita, la divina nenita de la radio.Una prima escuchó que en la radio había nenes que cantaban y ahí me llevaron, porque ya de chiquita, en casa, iba a la piecita de los cachivaches y me disfrazaba con cortinas viejas y broches de ropa. Era graciosa, pero después se me pasó. Cuando me di cuenta, ya estaba en la tragedia de los tangos. Adoro a Discépolo; estuve enamorada de él."

Debutó en la revista porteña, en el teatro Comedia, y se convirtió en una estrella del género. Actuó en Blum, el gran suceso teatral de Enrique Santos Discépolo, con quien seguiría unida de forma simbólica. En 1951, Homero Manzi, ya muy enfermo, compuso, junto a Pichuco Troilo, el tango "Discepolín", tema que Enrique escuchó por primera vez en el cabaret El Colonial, poco antes de su muerte, interpretado por Alba Solís.

La cantante también trabajó con Mariano Mores y los bailarines Mayoral y María Elena, en la comedia musical Buenos Aires canta al mundo. Cuando Francini y Pontier reorganizaron su orquesta, en 1973, para actuar especialmente en Japón, le confiaron la responsabilidad de ser la vocalista femenina. En los 80, el éxito de Tango argentino le permitió pasear por el mundo su voz y hacer conocer sus inolvidables interpretaciones de "Uno" y "La última curda". En Buenos Aires sería una figura clave de la resistencia tanguera en las noches de El Viejo Almacén y Caño 14 en las tres etapas de su existencia (Uruguay 932, Talcahuano 975 y Vicente López 2134). Allí sonaban sus versiones de "Fangal". "Cuando hacés tangos como «Fangal», que no se pueden pasar al femenino, ¿sos un varón en ese momento?", le preguntaron cuando estrenaba Tanguera con María Nieves. Ella lanzó: "Yo siempre estoy al borde, en el filo. Me paso un poco para allá, soy un macho; un poco más acá, soy un puto. Porque es así, algunos tangos no los podés cantar como mina, es el punto de vista total del tipo. Y no sólo hay que cantar, también hay que actuar".

Alba Solís era desfachatez, era brillo y fangal del tango. Era teatral y sentimental. Era el tango. "Me gustan los tangos que dicen algo; me gusta lo que me emociona. Si uno no se emociona, no le da nada al otro. La gente joven me tiene que escuchar y saber qué es lo que se dice en un tango. Porque algunos intérpretes, no todos, cantan un tango como si estuvieran leyendo el diario."

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