DiCaprio pelea por su Oscar

Una épica silvestre quizás le otorgue por fin a Leo algo de oro de la Academia
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10 de febrero de 2016  • 13:18

Nota para los cobardes del cine: El renacido no es para ustedes. La vida le jugó una mala pasada a Hugh Glass, el cazador de la vida real interpretado por Leonardo DiCaprio. Y el director Alejandro G. Iñárritu, un innovador desde Amores perros hasta Birdman, tortura a su elenco y a su público al relatar esta historia de la venganza de Glass contra los canallas, liderados por John Fitzgerald (Tom Hardy), que lo traicionó. El renacido, que se desarrolla en el Oeste de 1823, es una épica jodida. Pero si aguantás sus 156 minutos vas a experimentar el poder del cine. Iñárritu y el director de fotografía, Emmanuel Lubezki rodaron en locaciones en Canadá y Argentina. El resultado visionario es tan crudo que podés ver el aliento de los actores congelándose.

Al ver la película, sentís su dolor. Adaptando ligeramente la novela de Michael Punke de 2002, Iñárritu y el co-guionista Mark L. Smith no escatiman nada al sumergirnos en el salvajismo de la historia de Glass. Antes de que podamos ubicarnos, Glass y su expedición, liderada por el Captain Henry (Domhnall Gleeson) son atacados, con flechas a la yugular, por indios arikara. Las bajas son enormes, aunque Glass se esfuerza por proteger a su hijo mitad pawnee, Hawk (Forrest Goodluck). En un estilo que recuerda al de Terrence Malick, Glass alucina sobre su esposa muerta. Pero las escenas parecen más arties que artísticas. Nos aliviamos cuando Glass se mete en el bosque y en una escena que seguro te va a volar la cabeza.

Me refiero a la osa, una osa parda madre que se la agarra con Glass como un demonio poseído. En un principio, The Drudge Report dio a entender, erróneamente, que el personaje de DiCaprio era violado por la osa. Todo menos eso. La mamá sólo está defendiendo a sus cachorros. Pero cuando agarra a Glass por la espalda, podés escuchar sus huesos rompiéndose. Y después vuelve por más. Cuando le araña la cara, Glass parece como algo que Freddy Krueger dejó para que se muriera. La secuencia es espectacular en todos los sentidos de la palabra. OK, la osa es el producto de un equipo de expertos en efectos visuales. Pero en ningún segundo vas a dudar de que estás viendo algo real. Es una cápsula de tiempo.

Y las maravillas no paran. Aunque Glass parece un pedazo de carne tajado, Henry instruye a Fitzgerald y al joven Jim Bridger (Will Poulter) para que se queden a su lado, al menos para darle un entierro apropiado. La reacción mercenaria de Fitzgerald puede resumirse en tres palabras: a la mierda.

Nadie hace de un villano con trazos humanos mejor que Tom Hardy. Encantado de enterrar a Glass vivo, Fitzgerald sale a hacer dinero. Pero Glass no se queda enterrado. Arrastra su esqueleto por montañas, ríos y rápidos para obtener una retribución exacta por el mal que le han hecho.

Esa es la película. Y es un golpe visceral en los intestinos. Podés quejarte por el exceso de carnicería y la falta de sustancia filosófica. Pero sobrevivir a la naturaleza es el tema de Iñárritu, y lo entrega con un brillo magistral. Al igual que la cautivante música de Ryuichi Sakamoto, Alva Noto y Bryce Dessner.

Y después está DiCaprio. Escondido detrás de una barba sucia y con sus palabras reducidas a gruñidos, otorga el retrato de un hombre de principio a fin. Es la interpretación de un virtuoso, impresionante por su fuerza bruta y su elocuencia silenciosa. Nominado por la Academia por ¿A quién ama Gilbert Grape?, El aviador, Diamante de sangre y El lobo de Wall Street, DiCaprio es favorito para ganar esta vez. Pero ese no es el punto. Es su talento. El renacido muestra a DiCaprio estirando sus músculos de actuación, probándose, ávido de desafíos. No querés perderte eso.

Por Peter Travers

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