La primavera se transformó en invierno

Norberto Frigerio
Norberto Frigerio LA NACION
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9 de febrero de 2016  

El pasado 14 de enero se recordó mundialmente el quinto aniversario de lo que se dio en llamar la "primavera árabe", aquella revolución que arrasó los regímenes de Ben Alí, en Túnez; el de Mubarak, en Egipto, y el de Khadafy, en Libia. Después del atentado contra el presidente Alí Abdullah Saleh, Yemen quedó sumergida en el caos. Siria, en manos de Bashar al-Assad, quedó quebrada por la guerra y con Estado Islámico enseñoreado en sus territorios. Todo ello sin omitir Bahrein, sacudido por la llegada de una mayoría chiita que derrocó a su antigua monarquía.

Es justo decir que aquellos aires renovadores que quisieron traer nuevos sueños, utopías, democratizaciones y libertades fueron inevitablemente sustituidos por decepciones, ambiciones personales de modestos dirigentes, desocupación, empobrecimiento, desempleo, alejamiento de inversiones. Y como si todo esto fuera poco, debemos sumar esa guerra sórdida, sin territorio fijo, indiscriminadamente internacionalizada que son las acciones sorpresivas del terrorismo, con su secuela de muertos y heridos, y también de multitudes que emigran en busca de nuevas fronteras y destinos.

A todo esto se suman las consecuencias económicas de industrias corroídas, como las del turismo, de fuerte importancia en algunos lugares, vaciados de consumidores extranjeros que huyen de playas, cafés, museos o centros de ocio ante el temor de ser las próximas víctimas desconocidas de esa orgía de muerte sin límites.

El petróleo y su peso en las economías, el tráfico de armas, la fragilidad de las fronteras y, por cierto, las mafias internacionales que lucran con la desesperación de las víctimas convierten esta situación en un serio riesgo para la paz mundial.

De aquellas búsquedas de libertades sociales, políticas y democráticas, de estos países involucrados, ninguno ha podido alcanzar metas significativas. Por el contrario, arrastran dificultades, huelgas, tensiones religiosas que los llevan a las puertas de potenciales guerras civiles, cuando no de divisiones territoriales y frustraciones colectivas, frente a la imposibilidad de coordinar políticas consensuadas bajo gobiernos creíbles y unificados.

Un ejemplo típico es el caso de Libia, cuyos dirigentes intentan desesperadamente, con la observación permanente e interesada de las Naciones Unidas, la OTAN y delegados de la Comunidad Europea, de encontrar una forma de administrar el Estado y sus instituciones. A pesar de las afiebradas negociaciones que mantienen dirigentes políticos, fuerzas vivas, líderes de opinión y, por cierto, representantes de intereses petroleros, el éxito de las gestiones todavía es incierto. Aun se teme que queden dos Libias partidas por intereses irreconciliables. Cabe consignar además que casi dos millones de libios se encuentran en los territorios tunecinos fronterizos a la espera de poder regresar a sus hogares, con las consecuencias y cargas que significan para el país receptor tamañas oleadas de inmigrantes .

Por su parte, Túnez pelea por la democracia y la sanción de una nueva Constitución que refleje los renovados intereses de su pueblo, así como una economía que retome su ritmo de crecimiento. Egipto, después de idas y venidas, de la liberación de Mubarak, el ascenso y ocaso de su presidente Mohamed Morsi, actualmente apresado junto a otros miembros de su partido político, reafirma el poder ilimitado que han tenido siempre las fuerzas armadas, hoy encolumnadas férreamente tras su líder, el general Abdel Fatah al-Sisi. Este régimen con fuertes restricciones de las libertades civiles afronta un futuro incierto, agravado por tratarse de un país de gran visibilidad en el mundo árabe.

Evaluando fríamente la realidad, aquella primavera de 2011 se ha tornado un cruel invierno que se prolonga lamentablemente con oscuros cielos, tormentas a corto plazo y, por cierto, consecuencias aún de difícil evaluación, por más optimismo con que se quiera mirar el porvenir cercano.

En todo caso, habrá que confiar en que las sociedades no se suicidan, sino que se apoyan en su feroz instinto de supervivencia, y en que tal vez esto ayude a encontrar fórmulas, a corto plazo pacíficas y sostenibles en lo político, social y religioso, que ayuden a abreviar estos tiempos terribles.

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