Algunos mitos encubiertos de la Patria Grande

Andrés Malamud
Andrés Malamud PARA LA NACION
La complejidad de los múltiples bloques latinoamericanos, entre los que figura el Parlasur, sumada a su escasa capacidad ejecutiva, limita su gravitación a una mera función declamatoria que termina condenándolos sin remedio a la más absoluta irrelevancia
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10 de febrero de 2016  

Dieciséis países del globo tienen a la reina de Inglaterra como jefa de Estado. De ellos, nueve son miembros de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (Celac). Su cumbre de enero, en Quito, reunió a más súbditos de la corona que Estados bolivarianos, porque la Alianza Bolivariana para América (ALBA) liderada por Venezuela sólo tiene ocho integrantes. Si el relato anticolonialista no es un fraude, se esfuerza por parecerlo.

La integración latinoamericana nunca estuvo en los planes de los libertadores. San Martín y Bolívar luchaban por la independencia de "la América antes española": para ellos, el imperio del Brasil era tan sospechoso como los realistas ibéricos. Gran Bretaña, en cambio, funcionaba como aliada e inspiradora. Cada uno por su lado, ambos próceres peregrinaron a Londres en busca de apoyo. Y lo encontraron, aunque insuficiente. Cuando los dos jefes se reunieron en Guayaquil, en 1922, la unidad continental ya estaba condenada. Dieciocho estados independientes surgirían de las colonias españolas en América. Desde entonces, su integración se convirtió en un sueño o, más precisamente, en un mito. Y sus cultores devinieron soñadores o, más frecuentemente, mitómanos.

Las organizaciones regionales promueven la cooperación entre Estados soberanos. Sus objetivos son nobles: prevenir la guerra, consolidar la democracia, fomentar el desarrollo. Algunas pretenden ir más allá, compartiendo soberanía o delegándola en instituciones comunes. A eso se llama integración. Es un animal raro: desde 1648, cuando terminó la guerra europea de los Treinta Años y se firmó el Tratado de Westfalia, el objetivo de los Estados es defender la soberanía, no delegarla. Sólo después de la Segunda Guerra Mundial, con su legado de 50 millones de muertos, un pequeño grupo de países aceptó compartir competencias con sus vecinos. La Unión Europea fue producto del Holocausto y de la necesidad de evitar su repetición. Muchos observadores, sin embargo, no la vieron como singularidad sino como pionera. América latina, un continente bautizado por europeos, fue la primera región en emular al Viejo Mundo. Pero lo hizo a su manera: copiando las apariencias para evitar las consecuencias.

En Latinoamérica existen tantos bloques regionales como Estados. En vez de reducir la complejidad, el regionalismo la refleja. Carlos Portales, profesor en la American University de Washington, analizó los recursos financieros y humanos de las principales organizaciones del continente. En otras palabras, comparó presupuesto y personal. Los contrastes son enormes. La entidad más grande es, por lejos, la Organización de Estados Americanos (OEA): su presupuesto supera los 155 millones de dólares y su personal incluye a 650 funcionarios, 450 profesionales y 260 diplomáticos, distribuidos entre Washington y sus 31 sucursales.

El segundo bloque regional es la Comunidad Caribeña (Caricom). Aunque la cantidad de empleados es desconocida, su presupuesto ronda los 16 millones de dólares. La Comunidad Andina, que reúne a Bolivia y Ecuador con Colombia y Perú, aparece tercera: cinco millones de dólares y 135 empleados. Después viene la Asociación Latinoamericana de Integración (Aladi), con sede en Montevideo, que tiene el mismo presupuesto que la Comunidad Andina, pero la mitad de los funcionarios.

En un lejano quinto puesto aparece el Mercosur. Con unos 40 funcionarios, su presupuesto apenas supera los dos millones de dólares. Sí, dólares: la integración latinoamericana opera en la moneda del imperio. Y acepta su lengua: los idiomas oficiales de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) son el castellano, el inglés, el portugués y el neerlandés (sic). Su máxima autoridad tiene el rango de embajador, mientras que el secretario general de la OEA recibe un trato equivalente al de jefe de Estado. Y aun así, Unasur tiene más consistencia que la Celac. Ésta constituye un foro de diálogo y concertación política, pero carece de tratado constitutivo, secretaría permanente, presupuesto, funcionarios y personería jurídica. Si las organizaciones latinoamericanas rankean entre lo poco y la nada, la Celac no es poco.

Más allá de la nada aparece la ALBA, la creación de Hugo Chávez y Fidel Castro para intercambiar petróleo por apoyo político. Con el barril a 100 dólares, el invento funcionaba. Derrumbado a 30, la naturaleza clientelar de la ALBA le dicta su certificado de defunción. Extraño bloque regional este en que ninguno de sus miembros tiene frontera con otro.

Y si algo no funciona, se le echa encima un poco más de burocracia. Deslumbrados por la Unión Europea, varios bloques latinoamericanos decidieron copiar sus instituciones. Así florecieron innúmeros parlamentos regionales: hay uno en Guatemala (Parlacen), otro en Panamá (Parlatino), un tercero en Bogotá (Parlandino), el nuestro en Montevideo (Parlasur) y el prometido por Evo Morales, en Cochabamba, aún en busca de acrónimo y sentido común.

Un parlamento cumple tres funciones: representa, legisla y controla. Representa a la ciudadanía, dicta leyes para la comunidad y controla al Ejecutivo. El Parlamento Europeo tiene competencias en las tres áreas. Sus émulos criollos son impotentes en todas.

En cuatro de los cinco casos mencionados, los Estados miembros envían la misma cantidad de representantes cada uno. La excepción es el Parlasur, con 18 diputados electos en Paraguay y 43 en la Argentina. Brasil, Uruguay y Venezuela siguen enviando legisladores nacionales en vez de elegirlos directamente, y por eso sus contingentes son menores. Que Brasil acepte tener 37 miembros, seis menos que una Argentina cuya población quintuplica, manifiesta la irrelevancia estratégica del cuerpo.

Además de no representar, el Parlasur no legisla. Sus competencias son meramente declaratorias. Sólo produce siete "actos": dictámenes, proyectos de normas, anteproyectos de normas (sic), declaraciones, recomendaciones, informes y disposiciones. Siete formas de decir que las decisiones se toman en otro lugar: los congresos nacionales o, más frecuentemente, entre presidentes.

El Parlasur tampoco fiscaliza porque no tiene a quién: el bloque carece de una autoridad ejecutiva. Todas sus decisiones se toman por unanimidad en reuniones entre funcionarios nacionales. En un tiempo se inventó la figura de presidente de la Comisión de Representantes Permanentes para alojar a Chacho Álvarez y a Eduardo Duhalde; hoy existe un Alto Representante para albergar a ignotos políticos brasileños. Ninguno de esos cargos jamás tuvo poder.

Los argentinos acaban de elegir a 43 ciudadanos para representarlos durante cuatro años en Montevideo. Estos honorables representantes descubrirán pronto que su función no existe. El debate público se enriquecerá cuando se lo cuenten a sus votantes. Al final, la inflación de organizaciones regionales promovió la proximidad, pero no la integración de nuestramérica

Y sin embargo, todo tiene un lado positivo. La Unión Europea está mostrando que la integración se asemeja a una bicicleta y no a un triciclo: si para de avanzar, se cae. Ahogándose entre refugiados, crisis bancarias y colapsos fiscales, Europa avanza hacia la tragedia. Que la integración latinoamericana no haya pasado de farsa quizá se revele una bendición.

Politólogo, Universidad de Lisboa

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