La verdadera historia detrás del horror

Maximiliano Tomas
Maximiliano Tomas PARA LA NACION
(0)
11 de febrero de 2016  • 01:17

De todas las películas que competirán en quince días por los premios Oscar hay una que ha recibido elogios casi unánimes de la crítica y que está nominada en la categoría al mejor guión: Room. La historia está basada en la novela homónima de la escritora irlandesa Emma Donoghue, publicada en 2010 y convertida rápidamente en un suceso de ventas. La propia Donoghue admitió que la idea disparadora de su ficción fue el caso de Elizabeth Fritzl, secuestrada y abusada por su propio padre, Josef Fritzl, a lo largo de veinticuatro años (desde 1984 a 2008) en el sótano de la casa familiar, en el pueblo de Amstetten, Austria. Durante ese tiempo Josef, que había tenido siete hijos con su mujer Rosemarie, tuvo otros siete como resultado de la aberrante relación con Elizabeth, su cuarta hija.

Room, que logra cierto interés durante su primera parte, cuando reconstruye el cautiverio desde la mirada de un niño de cinco años que no conoce el mundo exterior al de su cuarto, cae a partir de la mitad en todos los estereotipos del melodrama, abandonando su premisa principal: la exploración de la psicología y el mundo imaginario del chico. Desde ese momento el relato, que se olvida del abusador y jamás se detiene en móviles ni contexto, reduciendo toda incógnita al marco de un mero caso policial, pierde fuerza y sustancia. Más aún: se torna una colección de buenas intenciones y explicaciones cándidas, en la búsqueda de una rápida conmiseración e identificación por parte del espectador.

Para quien busque ahondar en el caso que inspiró la novela y el filme Netflix ofrece un documental del año 2010 llamado Josef Fritzl. Historia de un monstruo, que si bien tampoco se destaca por su factura técnica y elecciones estéticas, al menos intenta un acercamiento más complejo a uno de los casos más espantosos de abuso del que se tenga registro. Por alguna razón Room termina como empieza el documental: un plano general sobre el que caen, abundantes, los copos de nieve. La nieve, en uno y otro caso, funciona como cortina, como manto. ¿Acaso metáfora de una barrera exterior que obliga a todos, protagonistas principales y secundarios, a encerrarse en sus casas y mirar solo hacia adentro?

Josef Fritzl. Historia de un monstruo reconstruye la biografía de Fritzl como un niño criado por su madre soltera en los estertores de la Segunda Guerra Mundial, bajo los rigores y las miserias del nazismo. Fritzl fue aparentemente un niño humilde, pero un alumno destacado en la escuela. Tal es así que no tuvo problemas más tarde para convertirse en un exitoso ingeniero. Conocería a su esposa Rosemarie, una de las mayores incógnitas de este caso, a mediados de los 50, cuando ella tenía 17 años. Y en 1957 nacería el primero de los siete hijos que tuvieron juntos. Elizabeth fue la cuarta.

Josef Fritzl. Historia de un monstruo reconstruye la biografía de Fritzl como un niño criado por su madre soltera en los estertores de la Segunda Guerra Mundial

Si en algo destaca este breve documental es en el aporte de lo que falta por completo en Room: el contexto histórico y social en el que se llevó a cabo el secuestro y el abuso de Elizabeth. Aquí vemos que el mal nunca aflora de forma espontánea. Y, por si fuera poco, avisa: en 1967 Fritzl fue acusado de violación y pasó un año preso. Tiempo después protagonizó otro ataque en la vía pública, por el cual no fue juzgado, y que es narrado por la propia protagonista, hoy una anciana que sigue teniendo pesadillas con aquel hecho. El otro aporte del film, en este caso involuntario, es el que surge de la recopilación de los testimonios, donde se advierte que en muchas sociedades la adolescencia sigue siendo juzgada como una etapa dionisíaca y al mismo tiempo demoníaca. Elizabeth, quien se supone fue abusada por su padre desde los once años, escapó de su casa por primera vez a los dieciséis, pero fue encontrada en Viena y devuelta a su padre. Eso sucedió en 1982. La chica era todo lo rebelde que alguien podía ser en ese lugar, a esa edad, y con ese padre: bebía en bares, fumaba uno que otro cigarrillo. Para su padre, y para sus amigos y vecinos, que nunca sospecharon nada, era una oveja descarriada que debía ser arrastrada de regreso al redil de las buenas costumbres.

Fritzl pidió en 1983, un año después del frustrado escape de su hija, un permiso para construir un sótano en su casa. Se lo concedieron. La construcción entera, diseñada en planos que se ven en la película, fue hecha por su cuñado, que aporta su testimonio. Elizabeth desaparecería el 20 de agosto de 1984, apenas la obra había sido terminada. Su padre contó a todos que se había unido a una secta. Sus vecinos creyeron que se estaba prostituyendo en Holanda. Nadie relacionó nunca un hecho con el otro. Ni siquiera en los años siguientes, cuando Fritzl le prohibió a sus hijos, mujer e inquilinos (alquilaba la habitación que había sido de Elizabeth) que salieran al jardín, se acercaran al sótano, o tomaran fotografías en el lugar. ¿Quiénes son los verdaderos monstruos?

La psiquiatra forense que entrevistó a Fritzl seis veces desde su encarcelamiento dice en el documental: "Para empezar, yo no veo nunca a una persona como si fuera un monstruo", Y luego intenta explicar la manera en que Fritzl parece haberse convencido, y al mismo tiempo convencido al mundo a su alrededor, de que no había nada condenable en su conducta. La explicación científica apenas logra mitigar la perversión inefable de sus actos, porque las palabras de Fritz durante su testimonio se escuchan y se vuelven indelebles: "No soy un abusador de menores. Pero no pude soportar la tentación de probar el fruto prohibido".

Más allá de la indignación, un sentimiento al cual el título apela ("Historia de un monstruo") pero que no sirve de mucho para explicar aberraciones como la de Fritzl, del documental se pueden extraer algunas consideraciones. Una es bastante obvia: la vida real es siempre más terrorífica que la ficción. La segunda es conocida: la capacidad humana para el mal no conoce límites. La tercera, y en general menos admitida, es que a nadie parece importarle en verdad qué hacen los demás. A lo largo de 24 años, durante 8516 días, Elizabeth fue violada por su padre más de 3000 veces. En ese tiempo hubo más de 100 personas que vivieron en la casa de Fritzl, celebraron allí reuniones familiares, cumpleaños, fiestas. Los servicios sociales pasaron más de veinte veces por la casa, buscando a Elizabeth sin encontrarla. ¿Nadie vio, escuchó, sospechó nada? Muchas veces son solo las circunstancias las que nos obligan vivir en comunidad. La palabra clave aquí, como sabía el bueno de Hobbes, es obligación.

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios