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Un artista del vestuario y la máscara

Hugo Beccacece
Hugo Beccacece PARA LA NACION
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14 de febrero de 2016  

"La luz de la luna es más perjudicial que la del sol." Esa frase no la pronunció un poeta ni un vampiro ni un dermatólogo sino uno de los realizadores de vestuario y de máscaras más importantes de la segunda mitad del siglo XX, el argentino Héctor Pascual (1928-2014). La leí en Entre bambalinas. Memorias de un realizador teatral (Lugar Común), libro escrito por el arquitecto y escenógrafo Marcelo Donato, otro argentino que, después de una estadía en México y otra en París, se ha radicado en Ottawa. Ocasionalmente Donato diseña escenografías para la compañia Odissey Theatre ( Whether You Like It or Not), y conduce el programa Perspectango, sobre tango, en la radio Chin.

De paso por Buenos Aires, Donato cuenta cómo conoció a Pascual. "Llegué a París en 1985. El régisseur Tito Serebrinsky me puso en contacto con él. Le mostré mis dibujos y meses después Héctor me llamó porque iba a montar una exposición de Yves Saint Laurent en Tokio y necesitaba quien lo ayudara. Me enseñó mucho. Podía pasar horas acomodando un vestido de Saint Laurent, como el que éste había creado para la reina en El águila de dos cabezas, de Jean Cocteau. Una vez que la ropa pasaba por sus manos, parecía animada. Me volvió a llamar para una muestra sobre los Ballets Russes de Diaghilev en la Opéra Garnier de París. Se exhibían las mallas de arlequín de Nijinsky. Yo intentaba en vano dar forma a las piernas rellenando las mallas con algodón. Héctor resolvió el problema en minutos. En sus últimos años de trabajo, fue curador, diseñador y montajista del sector de las muestras de Saint Laurent consagrado al teatro, la danza y el cine. Después se encargó del museo de la firma. Impedía que pusieran los modelos en las vidrieras, donde el sol y la luna los dañaban. En 2007 y 2008, hice un documental en el que él habló de los directores con los que había trabajado. Grabé nuestras charlas y escribí este libro en primera persona, como si el narrador fuera Héctor."

Pascual dejó la Argentina en 1952. En París estudió pintura con André Lhote. Como no tenía trabajo, fue a Madrid y se alojó en una pensión donde vivía el escritor Héctor Bianciotti. Se hicieron muy amigos. Bianciotti le presentó a Ana de Pombo y a la pintora, fotógrafa y diseñadora Leonor Fini. Ana era couturière, bailarina y animadora cultural de la ciudad en la que se estableciera. Había estado en Buenos Aires, al frente de la sucursal de Paquin, gran casa de modas francesa. Había trabajado con Chanel y con Lucien Lelong. En la posguerra, puso de moda Marbella entre la alta sociedad española y francesa. Allí (poco más que una aldea en los años 50) abrió una boutique, de la que Pascual era gerente, hasta que llegó Jean Cocteau, amigo de Ana, y se dio cuenta de la calidad artística y humana del argentino. Cocteau le preguntó a Héctor: "¿A qué has venido a Europa". Héctor respondió: "A realizar mis sueños". Al día siguiente, renunció y se fue a París.

Pascual se convirtió en uno de los realizadores de vestuario, escenografías y máscaras más importantes de Francia. Tenía el don de interpretar lo que querían los diseñadores. Los que estaban en el oficio le entregaban dibujos y maquetas precisos, que detallaban los materiales con que debían hacerse. Otros, más pintores que hombres de teatro, le daban hojas con dibujos muy bellos, pero hechos sólo de manchas. Había que saber cómo dar realidad a esas manchas. Jacques Du Pont era uno de esos artistas. Se lo consideraba uno de los mejores escenógrafos y Pascual fue su mejor "traductor". También colaboró con Jean-Louis Barrault, Erté, Roland Petit y Jean-Pierre Ponnelle. Uno de sus trabajos más conocidos es la cabeza de asno que lleva Catherine Deneuve en Piel de asno.

La alta sociedad francesa recurría a Héctor para sus bailes de disfraces. El barón Alexis de Redé le encargó los autómatas que presidieron el Baile oriental en el hôtel Lambert, en 1969. Tres años después, cuando la baronesa Marie-Hélène de Rothschild convocó al jet set para el Baile surrealista en el castillo de Ferrières, Guy y ella le confiaron sus máscaras, diseñadas por Salvador Dalí. La de ella era una cabeza de ciervo de cuyos ojos caían lágrimas. Esas lágrimas eran los envidiados diamantes de la baronesa.

Héctor murió en París el 7 de diciembre de 2014. Sobre el hogar, había un retrato pintado por él donde se veía a Bianciotti, el "otro Héctor", en su juventud.

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