Navegar activa nuestra libertad, perseverancia y foco

Crédito: Florencia Aletta
Una experiencia apta para todo público. Más que un deporte, se trata de un estilo de vida; ¡Convertite en timonel!
Constanza Coll
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21 de febrero de 2016  • 00:20

Ser timonel a veces te exige fuerza, concentración y mucha voluntad, y otras veces es un paseo sin sobresaltos, apto para todo público, con una picada de ricos quesos y unas copas de buen vino. Porque navegar es, sobre todo, estar en la naturaleza, depender de las corrientes, la velocidad y la dirección del viento, saber esperar las condiciones para zarpar y para llegar a destino, tener paciencia y aprender que, más allá de lo que una quiera o pretenda, no hay cómo ganarle una pulseada a la naturaleza cuando se pone chinchuda. Por eso, muchos navegantes dicen que, más que un deporte, se trata de un estilo de vida. "Navegar es la mejor forma de llegar tarde a ningún lugar", nos advirtió en la primera clase de náutica el profesor y navegante Jorge Correa, una máxima que comprobaría en cada viaje por el Río de la Plata, entre islas del mar Caribe, en el océano Pacífico y en la costa dálmata. Porque eso también es cierto: aprender a navegar es que el horizonte se vaya cada vez más allá y que una no pueda parar de perseguirlo. Es un desafío que se va renovando según el destino; sola, con un grupo de amigos o con tus hijos a bordo.

¿Cómo arrancar?

Un curso de timonel a vela dura, en promedio, unos cuatro meses en Argentina, con una clase teórica y una clase práctica por semana. Se empieza con lo básico: proa, popa, babor, estribor, y a medida que avanza el curso una aprende a leer el viento y la meteorología, cómo funcionan las mareas, tácticas para navegar con mal tiempo y para conocer la posición del barco sin un GPS. Hay tres niveles, con carnets que habilitan a navegar más lejos y barcos más grandes: timonel, patrón y piloto. Ya con la habilitación de timonel, una puede capitanear una lancha o velero en el Río de la Plata interior, es decir, hasta la línea imaginaria que une Punta Atalaya, en la provincia de Buenos Aires, y Punta Rosario, en Uruguay, incluyendo Carmelo, Colonia, La Plata, Rosario y cualquier río y lago interior de Argentina. Pero más allá de lo que se aprende a nivel teórico y todo el espacio náutico que habilita el carnet, los mejores cursos de vela te invitan a conocer y formar parte de un estilo de vida. Esto es: cocinar y dormir a bordo, respetar y querer los barcos, viajar y ser consciente de tus propias sensaciones y todo lo que te rodea.

Capitanas

Hasta 1994 (hace apenas dos décadas), la Escuela Nacional de Náutica Manuel Belgrano no aceptaba mujeres en sus aulas. Incluso, cuando finalmente se permitió el ingreso femenino, solo podía alcanzar el 30 por ciento del total del alumnado. No importaba qué tan fuerte, perseverante o inteligente fueras, la única condición para poder convertirte en capitán de ultramar era ser hombre. Esto es apenas un ejemplo de lo que sucedió históricamente en el mundo de la náutica, tanto en Argentina como en el resto de los mares. Pero –al igual que en otras disciplinas y costumbres de tradición masculina– las mujeres demostramos navegando nuestras virtudes. Como la británica Ellen MacArthur, que en el año 2005 batió el récord de menor tiempo en dar la vuelta al mundo, sin escalas ni asistencia y en solitario. O como las gemelas argentinas Patricia y Miryam Brizuela, que construyeron su propio barco, el Ithaca (como la isla donde nació Ulises, el protagonista de La Odisea), para salir a navegar todos los océanos. O como Aurora Canessa, que logró cruzar el Atlántico desde Buenos Aires hasta Portugal con 66 años.

Hace algunos años, las mujeres éramos claramente minoría, pero con el pasar de los cuatrimestres los números se fueron nivelando, y hoy encontrás un 60% de alumnos y un 40% de alumnas. De ellas, algunas quieren aprender a navegar para comprarse un barco y salir los fines de semana con sus hijos, otras quieren armar un equipo femenino de regata o buscan una actividad para compartir entre amigos, y también hay quienes sueñan con irse a recorrer el mundo a vela.

Este año, por primera vez desde 2001, un equipo conformado ciento por ciento por mujeres compitió en una de las regatas de la vuelta al mundo más importantes a nivel internacional, la Volvo Ocean Race. "Estoy encantado de ver un equipo femenino de nuevo en la regata", dijo el director general de la carrera, Knut Frostad. "Su ausencia en las últimas ediciones significaba que no estábamos representando a la mitad de la humanidad", reconoció. Si bien el equipo de las suecas llegó anteúltimo, consiguió la victoria en una de las etapas y marcó un nuevo comienzo para la náutica de competición femenina y la náutica en general.

VIDA A VELA

Crédito: Florencia Aletta

Las rutinas de a bordo con el tiempo se traducen a lo cotidiano. Entonces, de a poco te das cuenta de que no necesitás cargar tantas cosas ni comprar nada para disfrutar del día de sol, que no hace falta ir tan rápido a ninguna parte y que lo que más se disfruta de un viaje es el viaje en sí mismo. Una de las navegaciones más lindas que hice fue en un velero de cinco metros ochenta, con dos tripulantes más, hasta La Paloma, el último puerto uruguayo antes de cruzar a Brasil. La vela es generosa para todos, con versiones más adrenalínicas para los aventureros o más contemplativas y relajantes para los que necesitan desconectarse; a vela se puede salir un domingo cualquiera para ver el atardecer sobre la ciudad o dar la vuelta al mundo entero, sin nafta ni ruido de motores. Es solo cuestión de izar velas, dejar que te lleve el viento y hacerte una con la inmensidad.

¿Qué habilidades desarrollás?

1. Ejercitar la desconexión y la paciencia: la vela propone ir mucho más despacio de lo que estamos acostumbradas, con máximas de 10 nudos (20 kilómetros por hora) en los barcos más rápidos. Así de despacio y en función del viento y las mareas, la hora de llegada a destino nunca es certera. Navegando a vela se aprende a manejar la ansiedad, tener paciencia y dejar los problemas de la tierra en la tierra.

2. Aprender a leer la naturaleza y a vos misma: las horas al timón te dan tiempo para ser más consciente de lo que sentís, de tu cuerpo, el barco y el río. Podés sentir de dónde viene el viento y con qué intensidad, cómo se desplazan el sol y las nubes, los cambios de temperatura y la escora (inclinación) del velero cuando pega el viento en las velas. Navegar es una forma de meditar, de estar presente en el tiempo.

3. Ser consciente al respirar y al moverse: a nivel físico, no hay como navegar estando al aire libre, respirando, tomando sol o mojándose con la lluvia. Sea cual fuere la condición climática, siempre es una aventura, incluso los días más fríos, es solo cuestión de abrigarse y salir. Además de ser una experiencia, navegar es estar en constante movimiento, siguiendo los vaivenes del barco, cazando y filando escotas, izando o arriado velas. Un ejercicio que, al final del día, te deja ese cansancio lindo.

4. Te sentís parte de algo más grande: se generan vínculos especiales, de camaradería y apoyo. En los distintos clubes se conoce gente y se puede participar de un montón de actividades, como charlas de navegantes, regatas, navegaciones en conserva (de a muchos barcos) y navegaciones solidarias.

Crédito: Florencia Aletta

¿Dónde podés aprender?

Escuela Tangaroa. Forma timoneles desde hace veinte años, tiene tres veleros muy diferentes y con historia para navegar y organiza varias travesías por cuatrimestre con alumnos, ex alumnos y barcos amigos.

Cuánto: $1600 por mes, durante cuatro meses.

Dónde: en el Centro de Graduados del Liceo Naval.

Más info: tangaroanautica@gmail.com.

Curso de Fernando Fabersane. Se basa en el programa oficial de Prefectura, usa veleros cabinados de 25 pies en sus clases y dicta el curso de patrón, que es el que sigue al de timonel.

Cuánto: $1300 por mes, durante cinco meses.

Dónde: en el Club Náutico Las Barrancas de Acassuso.

Más info: www.fabernautica.com.ar.

¿Qué significa para vos navegar?

Malvina Ayala. 33 años, Prof. de Educación Física. "Implica estar en la naturaleza y tener que tomar decisiones constantemente en función de cómo van cambiando las condiciones. Por eso, cada día que salís a navegar es diferente del anterior, no es para nada monótono".

Karen Bosch. 36 años, Instructora de Naútica. "Te hace lograr tus metas en la perseverancia del entrenamiento, porque te obliga a estar en forma y, sobre todo, ejercitar el ingenio: hace años que trato de demostrar que arriba de un barco somos todos iguales y que más vale maña que músculos".

Desireé Estévez Axelsen. 40 años, Despachante de Aduana. "Navegar es sinónimo de viajar. Como mujeres, creo que tenemos mucho a favor en este mundo, como el hecho de ser más flexibles y livianas, nuestra sensibilidad, una mayor precaución y ¡nuestro sexto sentido..., que vale para todo!".

¿Navegaste alguna vez? Contanos tu experiencia. También te mostramos 5 deportes acuáticos para practicar en verano

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