¿De qué grieta hablan?

Pablo Mendelevich
Pablo Mendelevich PARA LA NACION
Hace 70 años, con la consigna "Braden o Perón", el general lanzó la gran antinomia del siglo XX que consagró la división peronismo-antiperonismo, esa concepción binaria que el kirchnerismo usufructuó en el siglo XXI
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18 de febrero de 2016  

Aunque a Perón siempre le gustó improvisar, el día del gran acto de campaña para las elecciones del 24 de febrero de 1946, frente al Obelisco, se calzó los lentes y leyó un extenso discurso. Al promediarlo la emprendió contra la Unión Democrática, la coalición opositora de programa progresista, que incluía junto a los radicales, entre otros, al Partido Comunista, no así a los conservadores, si bien despertaba entusiasmo entre las organizaciones patronales.

Perón ni mencionó a José Tamborini y Enrique Mosca. En cambio, sindicó como "el inspirador, creador, organizador y jefe verdadero de la Unión Democrática" a Spruille Braden, embajador de Estados Unidos hasta septiembre de 1945, quien, convencido de que Perón era nazi, efectivamente seguía metiendo las narices en la política argentina desde la Subsecretaría de Asuntos Hemisféricos del Departamento de Estado. Por fin, el coronel que 12 días más tarde convertiría la Revolución del 43 en la única dictadura que tuvo éxito electoral, dijo: "Sepan quienes voten el 24 por la fórmula del contubernio oligárquico-comunista que con ese acto entregan, sencillamente, su voto al señor Braden; la disyuntiva en esta hora trascendental es ésta: o Braden o Perón". Pocas horas después, la disyuntiva aparecía pintada en las paredes de Buenos Aires.

Así nació hace setenta años uno de los eslóganes más eficaces que haya conocido el marketing electoral. Mucho más, Braden o Perón resultó la expresión cumbre del modo binario de procesar el conflicto político, reduccionismo visceral -el pueblo versus la oligarquía regenteada por el enemigo foráneo- que instauró en torno del peronismo la principal antinomia del siglo XX. Mucho después, para volver a partir en dos el tablero argentino, los Kirchner pusieron su marca, reemplazaron el nombre de Braden por el de Magnetto o por los buitres; al contubernio oligárquico-comunista lo denominaron "grupos hegemónicos" o "los que huyeron en helicóptero"; en vez de perseguir a La Prensa se ensañaron con Clarín; no patotearon con la Alianza Libertadora Nacionalista, sino con Quebracho más barras ad hoc, y a los contreras de ayer los llamaron esbirros: prácticamente no inventaron nada. Copiaron al primer Perón, quien además de adaptar a la política las visiones militares de la táctica, la estrategia, el "comando superior" y el terreno bélico de dos bandos se inspiró en el más duradero de los caudillos que lo precedieron, el mayor divisor de aguas: Rosas.

Fuente: LA NACION

Rosas, Perón y Kirchner, a razón de uno por siglo, si bien con decrecientes niveles de violencia y una ascendente interacción con la institucionalidad, implantaron el mismo reparto. Ellos fueron la patria y acomodaron a sus oponentes en el lugar diabólico de la antipatria (que en tiempos de Rosas quedaba en el exilio, por lo menos para aquellos "salvajes unitarios" que tenían la suerte de no conocer de cerca la Mazorca). Suele atribuirse al filósofo alemán Carl Schmitt (1888-1985) la paternidad del esquema político amigo-enemigo, pero la idea de los buenos contra los malos es bien anterior. El persa Mani (o Manes, 215-275 d.C.), que terminó clavado en una cruz, fundó una secta cuyos seguidores creían que Dios era el creador de todo lo bueno y Satanás, de todo lo malo. De ahí viene el maniqueísmo. No hace falta explicar cómo fueron distribuidos los papeles entre el pueblo y la oligarquía cuando llegó acá, algo demorada, la influencia del profeta persa.

A la tercera gran antinomia, kirchnerismo-antikirchnerismo, que hizo metástasis en la vida política, económica, social, cultural y, por cierto, familiar y hasta de pareja, decirle "grieta" fue una buena idea de Jorge Lanata. No tenía nombre. Pero, como alertaba Confucio, cuando el sabio señala a la Luna, el necio mira el dedo. Pronto surgieron los que hablaron de la grieta de Lanata para no hablar de la grieta que cavó Kirchner y para saltearse los antecedentes, demostrativos de que el fenómeno nunca es huérfano.

"Para mí la grieta no existe", se le escucha decir ahora a una actriz filokirchnerista, como si le hubieran preguntado si cree o no en la reencarnación, en las brujas o en los ovnis. Más doctorales, para esconder el elefante algunos dirigentes hoy incómodos con el pasado confrontativo dicen que las divisiones existieron siempre. Responsabilizan a "la política", viscosidad con silencio de réplica garantizado.

Luego están los salomónicos, quienes hablan de responsabilidades compartidas entre kirchneristas y antikirchneristas quizás porque no se tomaron el trabajo de releer los discursos de los Kirchner propalados desde un aparato de propaganda estatal mucho más robusto que el de Apold y de revisar las largas parrafadas sobre los enemigos execrables a la luz de los discursos de Perón. Habrían notado que el desprecio por la divergencia, la descalificación sistemática del que no es propio, el destrato ambivalente que sitúa a los opositores del lado de afuera del sistema legítimo, la repulsión a la alternancia están calcados. Junto con las potencias extranjeras que vienen a apoderarse de nuestras riquezas, es la antipatria quien causa la infelicidad del pueblo.

Por último, hay una categoría estrafalaria, unipersonal, la del filósofo kirchnerista de cabecera José Pablo Feinmann, quien acaba de sentenciar que hubo empate de agravios, no obstante el kirchnerismo resultó apenas un partícipe secundario. "Si eras K, eras una basura. Y si eras anti-K, eras una basura según los K. Es decir, éramos basuras que se cruzaban. Pero, para mí, la oposición tuvo más responsabilidades que el Gobierno -enseña Feinmann- porque la oposición es la que debe proponer. Y la oposición no propuso nada, lo único que hizo fue señalar una corrupción gigantesca, lo cual se ha dicho de todo gobierno argentino popular al que se quiso destituir."

Da la casualidad de que las antinomias instrumentadas desde el Estado siempre coinciden con líderes que concentran superpoderes. Es simple, la conversión del adversario en enemigo despeja el sistema del cual se adueñan. Cierto, las antinomias adquieren una dinámica perversa, se retroalimentan sobre la base del combustible renovable que las anima, el odio. La contraparte reacciona, queda involucrada en la polarización porque toda antinomia exitosa cancela la diversidad. Las pasiones exacerbadas de la dirigencia descienden e impactan incluso sobre las personas menos politizadas, compelidas a alinearse de uno u otro lado. Sucedió así las tres veces, no sólo la última.

La antinomia unitarios-federales, regada con sangre y destierros, desaguó en el campo de batalla. La del peronismo-antiperonismo fue potenciada por la Revolución Libertadora, que le invirtió el signo y consiguió hacerla durar 30 años. Ahora estamos a la salida de la tercera ensayando métodos novedosos. ¿Una especie de ni vencedores ni vencidos más inteligente, genuina y honda que la de Lonardi? No, el plan es más complejo. Macri, al parecer, está intentando desmontar el sistema de intolerancia y sectarismo de la era K mediante una puesta a punto de las reglas del sistema. Decidió no revolver el pasado en términos políticos -sí judiciales- para evitar el revanchismo y no caer en la antinomia invertida. Sumó al diálogo al kirchnerismo blando y dejó que el duro se radicalice para sentarse luego a disfrutar de la división del Frente para la Victoria. Plin, caja.

Esto trajo un efecto colateral. Temerarios sin límite, los K sustituyeron la inflación por la grieta en el tope de su lista de negaciones. Antes negaban la inflación. Ahora, sin sonrojarse, la denuncian. Y como si los doce años pasados hubieran sido una función sin público dicen: "¿Grieta? ¿Cuál grieta?".

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