Una historia de amor entre gauchos en la pampa

Maximiliano Tomas
Maximiliano Tomas PARA LA NACION
(0)
25 de febrero de 2016  • 01:06

Hay diferentes clases de libros de cuentos. Están las antologías personales. Están los relatos completos y las obras escogidas. Están los volúmenes de cuentos pensandos desde un principio para integrar una misma publicación. Y están también las recopilaciones, usualmente conformadas por textos dispersos. ¿Qué es lo que suele suceder en este último caso? Que su misma concepción (hacer convivir textos pensandos para distintos formatos, textos que muchas veces fueron escritos en tiempos y con propósitos muy diferentes) no logra ocultar cierta falla de origen. La cohesión u homogeneidad no es una condición obligatoria para la existencia de un libro de relatos, está claro, pero en estos casos es, si se quiere, aún más difícil maridar algunos textos con otros. Una manera de resolverlo sería a través de la mano de un editor que disimule esas irregularidades. Otra es que la unidad venga dada por el nombre del autor, que en este caso debería ser ya reconocido, y por lo tanto por ciertas recurrencias y marcas de su prosa literaria.

Es lo que, a pesar de contener diez textos muy distintos entre sí, sucede con la última obra de ficción de Martín Kohan (Buenos Aires, 1967), los relatos de Cuerpo a tierra. El autor de Ciencias morales y Dos veces junio concibió la mayoría de estos textos breves para diarios, suplementos culturales y publicaciones periódicas. A ellos les sumó tres hasta ahora inéditos. Pero la evidencia de la diversidad genética de cada uno es inevitable: hay un homenaje apenas velado a Aníbal Troilo ( Inspiración), hay tres muy buenos cuentos de factura clásica ( El error, El tiro de gracia, Cuerpo a tierra) y hay otro como Este sol es pura agua, que desafina un poco con el conjunto. Es que en verdad parecer ser, más que una pieza literaria, una suerte de una crónica periodística sobre la participación de un escritor, muy parecido al Kohan real en su manera de pensar y comportarse, en una serie de encuentros literarios en la ciudad de Bogotá (donde efectivamente el escritor viajó para ser parte de la iniciativa “Bogotá contada”).

¿Entonces? ¿Cómo leer y analizar un libro así? ¿Deteniéndose en cada uno de los cuentos por separado? Tal vez no sea del todo errado dividir un libro como Cuerpo a tierra en “zonas”. La de los encargos, la de los cuentos clásicos, y una tercera, ocupada solamente por un texto, uno solo, que probablemente sea el más sorprendente y el más fresco de todos. Se llama El amor, y es el que abre el volumen.

En El amor sorprendemos a Martín Fierro y a Cruz huyendo juntos, adentrándose en la llanura pampeana, yendo al encuentro de los indios. Se trata del momento que el cierre de la primera parte del Martín Fierro deja en suspenso. Pero no es el Cruz de José Hernández el que elige Kohan para retratar en su texto, sino el Tadeo Isidoro Cruz de Borges en el cuento Biografía de Tadeo Isidoro Cruz, incluido en Ficciones. Si Borges decide crearle a Cruz una biografía previa al encuentro con Fierro, lo que hará Kohan será contar lo que sucede inmediatamente después del célebre encuentro entre los forajidos. Kohan toma a los dos gauchos luego de aquel combate espalda con espalda en el que Cruz abandona su traje de sargento y nos relata la primera noche que los hombres pasan juntos. ¿Y qué sucedió esa noche? Kohan les imagina una tórrida historia de amor.

“Están metidos otra vez cada uno en sus pensamientos. No obstante, esos pensamientos, y puede que ellos lo sepan, son los mismos exactamente o, en su defecto, muy semejantes. Piensa, evocan, sopesan, dirimen: los dos sobre lo mismo. Sobre el beso que se dieron hace horas en la pampa”. Fierro y Cruz llegan a un asentamiento indio y son bien recibidos. Les ofrecen una carpa alejada, los convidan a comer cuando cae la noche. Pero en el fogón, Cruz no puede evitar el arranque de celos que le genera la insinuación de una cautiva a Fierro. Abandona el círculo de hombres y vuelve a la carpa. Detrás de él, lo hará Fierro. “Los dedos se entrelazan con una fuerte presión al principio, pero muy pronto se aflojan para empezar a acariciarse. En medio de tanta aspereza se descubren suavidades. Entre los callos costrosos del trabajo y el trato severo, hay atajos casi secretos por donde deslizarse en lo blando. Así se entienden en la noche las manos de Fierro y Cruz. Hasta que la mano de Fierro se resuelve, como si pudiese tener paciencia y, por lo tanto, perderla, a adueñarse de la mano de Cruz y a convertirse en su tutora y su guía”.

El entrevero se pone, sobre el final, intenso y explícito. Y lo más interesante es que a través de él asoma un Kohan poco conocido: el que además de dejarse tocar por Borges y por Saer, por Hernández y Echeverría (todas referencias presentes y dispersas en Cuerpo a tierra) lo está también por narradores como Fogwill y César Aira. Un Kohan abierto a los juegos y al humor. Lo cierto es que no lo hace nada mal (los diálogos en verso entre Fierro y Cruz pueden llegar a ser desopilantes), y con El amor demuestra que su registro es capaz de ampliarse a lugares hasta ahora inexplorados.

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?