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El detective perdido en su laberinto

Sobre El mapa calcinado, de Kobo Abe
José María Brindisi
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28 de febrero de 2016  
No es que la originalidad esté sobrevaluada, sino que está malentendida. En un artículo publicado hace casi diez años, "El éxtasis de las influencias", el escritor norteamericano Jonathan Lethem tomaba, entre muchos otros ejemplos, el de un autor alemán de comienzos del siglo XX que publicó un relato cuyo argumento no sólo era idéntico al de una novela que dejaría una huella imborrable cuarenta años después sino que poseía el mismo título: "Lolita". Pero además de reivindicar el mestizaje y la reescritura, Lethem recuperaba para la literatura una concepción fundamental, la del jazz: es decir, la idea de la reinterpretación y la improvisación a partir de un motivo inicial; la composición como un nudo que luego se ramifica, se pierde y se transforma.

¿Son en verdad tan originales James Joyce, Virginia Woolf, William Faulkner? ¿Alguno de ellos habría existido sin Henry James? ¿Hay alguna contradicción, en definitiva, entre recorrer la genealogía de un escritor y aplaudir su asombrosa originalidad? Como todo el mundo sabe, un buen plato es, al fin y al cabo, algo más que la suma de sus ingredientes.

Nadie da brazadas en solitario, y tampoco lo hace Kobo Abe (1924-1993), un cuentista, novelista, poeta y dramaturgo japonés hasta hace no mucho poco conocido en la Argentina y cuya relación con la obra de Kafka y Beckett es notoria, como lo señala la contratapa de El mapa calcinado. Quizá con este último autor la conexión resulte más evidente, y todavía más con quien fue el precursor del creador de La metamorfosis, el suizo Robert Walser. El modo walseriano en que los personajes se vuelven víctimas de sus debilidades y obsesiones, sumado al tamiz humorístico que con frecuencia deriva de su mirada ingenua -como si se tratase de una iniciación permanente-, todo ello confluye aquí en un cóctel extraño, en esencia la mirada y las tribulaciones de un narrador que se vuelve detective porque no le queda otra chance, y que en este caso encara una búsqueda como quien cae en un pozo sin fin, o más bien, en un laberinto.

El argumento de El mapa calcinado remite sin duda a uno de los cuentos más kafkianos del siglo XIX, "Wakefield," de Nathaniel Hawthorne, y preanuncia novelas como La línea del horizonte, de Antonio Tabucchi, no sólo porque la desaparición de un personaje parece no seguir lógica alguna sino por la clase de preguntas existenciales que despierta. "Una persona no tiene derecho a desaparecer", dice en algún pasaje el narrador-detective, pero a poco de comenzar el relato está clarísimo que la búsqueda es sobre todo interior y que las consecuencias que desata la misteriosa evaporación del señor Nemuro van mucho más allá de su propio enigma. Las reflexiones del narrador, que recuerdan la manera silenciosa en que los hombres y mujeres de las películas de Yasujiro Ozu se acercan progresivamente a su verdad, son para este investigador moralista el camino a la perdición.

Es allí donde se manifiesta, en diversos ecos, el mapa al que alude el título. "En la vida no hace falta más que un mapa", sentencia el cuñado de Nemuro, un personaje perverso y a la vez honorable, un mafioso fuera del tiempo. Pero dado que ese mapa diluye sus contornos, deja de ser seguro. Es el desafío que la novela impone al protagonista, y que éste transita en un registro cada vez más onírico, en el que cada objeto adquiere el carácter de un símbolo, mientras las palabras se vacían de sentido.

Cada esperanza es, en esta suerte de policial metafísico, un presentimiento inquietante. Cada epifanía, una promesa oscura. Se trata de atravesar esa oscuridad y salir más o menos ileso, o quedarse a vivir en ella con el riesgo de caer, definitivamente, fuera del propio mapa.

EL MAPA CALCINADO

Por Kobo Abe

Eterna Cadencia

Trad.: R. Terao

320 páginas

$ 270

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