Escribir y pensar en la huella de Umberto Eco

A días del fallecimiento del genial intelectual italiano, dos reflexiones sobre su legado, fundacional en la semiótica e innovador en la literatura
Graciela Melgarejo
Carlos Scolari
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28 de febrero de 2016  

Ilustración: Sebastián Dufour
Ilustración: Sebastián Dufour

Un creador de lectores sagaces

Por Graciela Melgarejo

En los años ochenta, Emecé hizo una mesa redonda en la Feria del Libro de Buenos Aires, dedicada a la obra del escritor norteamericano Sidney Sheldon, best seller número uno de la editorial en ese momento, especialmente invitado a concurrir al encuentro anual.

La mesa redonda abundaba en participantes, además de Sheldon, tanto que la mesa propiamente dicha abarcaba casi todo el largo del escenario de una de las salas en el predio de Figueroa Alcorta y Pueyrredón. De esa reunión con altísima respuesta de público, quien esto escribe guarda en la memoria la siguiente escena: ubicados a un costado de la mesa, dos reconocidos escritores y críticos literarios argentinos, Delfín Leocadio Garasa y Ernesto Schoo, se felicitaban en voz baja por haber leído también otro best seller, contemporáneo de los muchos de Sheldon, El nombre de la rosa (1980) de Umberto Eco, y disfrutaban bromeando como estudiantes con el recuerdo de los pasajes en latín.

Sin embargo, no era necesario entonces y no lo es hoy ser un erudito ni un gran profesor, ni siquiera un iniciado en el estudio de las lenguas clásicas, para gozar del placer de la lectura con esa primera novela del notable semiólogo y ensayista que también fue Eco. Una novela de un argumento atrapante -"trepidante" escribirían hoy los redactores de contratapas de libros- que irrumpió como una avalancha o un tsunami en el mundo occidental y probó que, incluso con sus latines y sus enumeraciones y descripciones a menudo abrumadoras, la historia de Guillermo de Baskerville y su joven acompañante y discípulo Adso de Melk podía encantar a los lectores más diversos, tan poderosa es su factura. En una especie de mágico melting pot literario, Eco logró escribir una ficción que, con el marco histórico de las creencias y diversas tendencias entre el monacato de la Edad Media y la Iglesia católica en Europa, participa al mismo tiempo de varios subgéneros literarios todos igualmente atractivos: la crónica medieval, la novela gótica, la novela policial, el relato en clave y la alegoría narrativa. Tan grande fue su éxito y popularidad que el cine premió a su autor, en 1986, con la adaptación cinematográfica del mismo nombre, protagonizada por Sean Connery y dirigida por Jean-Jacques Annaud. Fue casi lógico que, con el tiempo, surgieran muchos epígonos, de los cuales uno de los más temibles es Dan Brown y El código Da Vinci.

Las novelas siguientes, El péndulo de Foucault (1988), La isla del día de antes (1994), Baudolino (2000), La misteriosa llama de la reina Loana (2004), El cementerio de Praga (2010) y la última, Número cero (2015), mantuvieron el interés de los lectores por un autor que habían descubierto casi como una revelación y al que siguieron leyendo con espíritu fiel, siempre en espera de repetir el milagro.

Como su admiradísimo Jorge Luis Borges, Umberto Eco ha sido también un creador de lectores avisados: astutos, discretos, sagaces, alertas, que saben lo que les conviene y eligen de acuerdo con ello, muy lejos en cambio de ese lector "heterodirigido", como el que quisieran moldear los medios de comunicación superpoderosos, esos "apocalípticos" conversos de los que abomina y a los que parodia Eco en Número cero (quizá por eso mismo, porque comprendía plenamente el valor de la tecnología y de Internet, es que se burlaba con humor socarrón de las redes sociales, pero admitía la eficacia de Wikipedia, aun con sus muchos errores).

Es muy pronto todavía para determinar cuánto perdurará de una obra "interminable" -así la calificó su amigo y contemporáneo Gianni Vattimo-, pero no hay duda de que en la gran literatura, como en El nombre de la rosa, Guillermo de Baskerville seguirá persiguiendo la verdad entre los infinitos libros de una biblioteca prohibida.

La Summa Semiológica

Por Carlos Scolari

Cuando se sumó a los debates semiológicos made in Paris a principios de los años sesenta -los Elementos de semiología de Roland Barthes fueron publicados en 1964-, Umberto Eco ya venía curtido de una breve pero primordial experiencia en la RAI que Gianni Vattimo recordó con nostalgia en estos días. La televisión, por entonces, era el new media y Eco no tenía ningún prejuicio intelectual en trabajar en el medio de masas o analizar textos bastardos como las obras de James Bond o los cómics de Steve Canyon. Los aportes de Eco sirvieron para dejar atrás los primeros balbuceos semiológicos en francés y contribuir en la construcción de una teoría semiótica menos anclada en la lingüística de Ferdinand de Saussure y más cercana a la pragmática de Charles S. Peirce.

No se puede desligar la reflexión semiótica de Eco de la literatura, no tanto de sus propias novelas sino de las obras de sus contemporáneos. En 1962 Eco publicó Obra abierta, un texto donde reivindicaba la obras inconclusas que abrían el juego al lector, un año antes de que llegara a las librerías Rayuela de Julio Cortázar; en 1979 apareció Lector en fabula, la obra donde Eco presentaba de manera integral su modelo semiótico-interpretativo; ese mismo año Italo Calvino publicaba Si una noche de invierno un viajero, una novela que asumía en plenitud el rol activo de lector frente al texto.

Podría decirse que tanto Rayuela como Si una noche? ponían en práctica los conceptos e ideas que Eco venía trabajando en la teoría. En 1980 Eco finalmente decidió fusionar teoría y ficción. El nombre de la rosa era un relato que, además de thriller, tratado filosófico, historia del Medievo, también podía ser leído como un manual de semiótica aplicada.

Nómade del conocimiento, a partir de los años 80 Eco fue abandonando de a poco la semiótica para meterse de lleno en los debates de la filosofía del lenguaje. Sus discusiones con Richard Rorty sobre la semiosis ilimitada, la sobreinterpretación de los textos y los usos desviados del destornillador no tienen desperdicio. Una buena parte de estos debates, incluidos en obras como Los límites de la interpretación (1990) o Interpretación y sobreinterpretación (1995), Eco ya los había ficcionalizado en El péndulo de Foucault (1988).

A pesar de este alejamiento de la primera línea del análisis semiótico -algo que dejaba a otros colegas más especializados-, Eco nunca abandonó la mirada semiótica. En 1996 explicaba que la "semiótica es como la medicina. La medicina tiene ciertamente un objeto, el cuerpo humano y el problema de hacerlo estar en buena forma [?]. El objeto o finalidad de la semiótica es tener en buen ejercicio a la semiosis y ?hacerla estar bien'? Alguien podría decir: ¡Para eso bastan los poetas! Pero, para mí, no bastan."

A Eco no le bastaba ser semiótico. Fue filósofo del lenguaje, novelista, periodista, guionista y no sería extraño que algún día salgan de su archivo sus poemas. De frente a la hiperespecialización que proponía el academicismo avanzado, él prefería replegarse en el enciclopedismo medieval. "L'uomo que sapeva tutto", lo definió el diario La Repubblica. Así como Guillermo de Baskerville era un monje medieval que anticipaba la lógica inferencial de la ciencia moderna, Umberto Eco fue quizá uno de los últimos de su especie, esos filósofos premodernos que, aún conscientes de que se trataba de una utopía irrealizable, aspiraban a dominar todo el saber de la humanidad.

El autor es profesor en la Universitat Pompeu Fabra, de Barcelona ( @cscolari)

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