Cuando me Río, lo hago con ganas

Ristretto, deporte y chapuzón en Río de Janeiro. Sol, playa y la lectura de las memorias cariocas de Adolfo Bioy Casares, el más dandi de todos los escritores argentinos.
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26 de febrero de 2016  • 12:01
Por Nicolás Artusi En pleno bochorno tendré que revisar mis ideas sobre el calor. Como hizo Adolfo Bioy Casares, a quien el calor le parecía deprimente hasta que conoció Río de Janeiro: “
Esto es una hoguera, o quizás una retorta, donde el brasileño crece, corre, grita, produce, reproduce, con celeridad pasmosa y bastante alegría ”. Llego a Río, el más luminoso paraíso posible a tres horas de avión desde Buenos Aires, con un librito bajo el brazo: Unos días en el Brasil, apenas sesenta páginas en las que el más dandi de todos los escritores argentinos, aquel que se hacía llamar “señor Adolfito” por criados y camaradas aun en la senectud, descubre el milagro carioca cuando lo invitan a un congreso de literatura. La ciudad maravillosa es cercana y hospitalaria, siempre en alegre despelote: no tiene exigencias de etiqueta, modales ni prejuicios y, aunque un departamentito sobre la playa pueda costar un par de millones de dólares, el dueño maneja en sunga y havaianas un escarabajo destartalado.

Se dice que las ciudades tienen un color homogéneo que las pinta en cuerpo y alma, y a mí se me ocurre que si Nueva York es la gran dama de gris y Buenos Aires es de un anodino beige-consorcio, Río es toda verde: la presencia ominosa de la foresta conjuga con el cielo y el sol los colores que se combinan en la bandera bajo la promesa de orden y progreso. Me escapo a Río cada vez que puedo, en fuga de la melancolía porteña que me humedece el alma: en Copacabana disfruto del agua mansita y en Ipanema de la arena blancuzca. A la mañana desayuno en Armazém do Café, donde el ristretto se apura de un tirón, sin descanso, galletita ni vasito de agua (“en este país hay pujanza en todo”, diría Bioy), y al caer la tarde tengo una ley personal: salgo a correr junto al mar de punta a punta, desde la playa de Leme hasta Leblon, pasando por el peliagudo Arpoador, ida y vuelta: es mi conjura singular contra el calor. Correr como en un frenesí maníaco, transpirar sudor y lágrimas, empapar la ropa hasta que se haga un trapo. Después, un zambullón trémulo porque ya es de noche (lo peor que le encuentro a Río: oscurece muy temprano). Y como último refresco, una lata helada, o dos, de guaraná, el estimulante sagrado de los brasileños cuyo componente principal, la guaranina, es pariente cercana de la cafeína que me quita el sueño: un alivio para mi adicción cuando el calor desalienta el cafecito cargado.

En Río de Janeiro siempre fui feliz y en las noches de desasosiego insomne (que cada tanto las hay) viajo con la cabeza hasta mi paraíso cercano. Respiro. Me relajo. Y pienso que, en la angustia o en la incerteza, siempre me quedará Río. “Silvina dice que cada uno de nosotros tiene un tema, al que siempre vuelve”, leo que Bioy escribe en su diario de viaje: “ Borges, la repetición infinita; ella, los diarios proféticos; yo, la evasión a unos pocos días de felicidad, que eternamente se repiten”.

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