El libro en el que Fogwill trabajaba al momento de su muerte

Maximiliano Tomas
Maximiliano Tomas PARA LA NACION
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4 de marzo de 2016  • 00:47

Ya está: no hay más Fogwill. Esta semana acaba de aparecer La introducción, la novela en la que Rodolfo Fogwill (1941-2010) trabajaba cuando murió a causa de un enfisema pulmonar. Es un hecho en apariencia trivial (la publicación de un libro) pero que tiene la fuerza de lo irrevocable: ya no habrá nuevos libros del autor de Los Pichiciegos y Vivir afuera, y a partir de ahora el tiempo, los críticos y los lectores comenzarán a calibrar el peso de su obra completa, y su gravitación dentro del campo de batalla permanente que es la literatura argentina.

La introducción comienza con una de las típicas introducciones generales que Fogwill imaginaba como prólogos y que mucho o poco pueden tener que ver con la obra en sí: "No hay mayor soberbia ni más tolerada que la de la ciencia médica", se lee en la primera línea, antes de dar paso a la historia de un personaje misterioso al que el lector acompaña durante la tarde de un día de ejercicio y relax en un complejo llamado Las Termas, y su posterior amanecer. ¿Quién es este personaje? ¿A qué se dedica? ¿Es él el misterioso uruguayo mencionado en una línea de la novela? ¿Por qué, con el ánimo de un misántropo, dice buscar sustraerse a todo pensamiento mientras emite juicios categóricos sobre el mundo y las personas que lo rodean?

El primer tercio de la novela, en el que el personaje viaja en colectivo y taxi hasta Las Termas situadas en el barrio Nuevo Flores es quizá el principio más desalentador de toda su obra. Por fortuna, a partir de la página 34 reaparece el ojo clínico de Fogwill para diseccionar, una vez más, el funcionamiento de la sociedad contemporánea, y dentro de ella la de sus capas medias. "Los tres debían participar, cada cual en su medida y sus condiciones, en la pequeña ilegalidad de la clase media privilegiada: falsificarían una receta médica, sobornarían al jefe de compras de sus clientes o habrían contraido el hábito de eludir el pago de algún impuesto". Entre la detallada descripción de los ejercicios de rutina que el personaje realiza en el complejo (párrafos dedicados a las pulsaciones necesarias para entrar en trabajo aeróbico, o en la generación de creatina muscular, que evidencia la obsesión del cuerpo social por una nueva utopía de la salud total) se advierte el contexto de una Argentina que ha entrado al siglo XXI trastabillando: un peso vale un dólar, existen aún los videoclubes y las disquerías, y el flujo del tránsito en las calles es administrado por grupos de piqueteros que cobran peaje a los conductores.

A partir de allí La introducción se muestra como una novela triste y crepuscular: "Más allá del aire pasan las señales de una civilización que lleva medio siglo escupiendo al cielo sus restos industriales. Satélites, tanques de combustible desechados, plataformas, esquirlas de máquinas hechas para viajar que estallaron y partes de máquinas hechas para estallar y que también estallaron dejando una estela de fragmentos que seguirá repitiendo eternamente la misma trayectoria". El personaje repite una y otra vez que va a Las Termas "para eludir cualquier pensamiento". Ni pensar ni ser pensado, todo lo que quiere es sustraerse. ¿Cómo sería eso posible? No lo logra, por supuesto, y su condena es la de pensar todo el tiempo. "Ya no hay cavernas. Ahora la noche terminó y siempre habrá una luz exterior encendida, cien señales de cable estarán disponibles para reproducir sus relatos en los televisores, los termostatos siguen vigilando el registro de un cambio para poner en marcha calefactores y refrigeradores, hasta en la noche más oscura habrá millones de hombres trabajando y en todo instante del mundo las estadísticas de sus horas de rutina y de sueño se siguen compilando y uno duerme en la noche parcial".

Peor aún (y mejor para la novela, cuyo último tercio es de una tristeza y de una ternura inusual en la obra de Fogwill), cuando el personaje abandona Las Termas y vuelve a la ciudad, la trama gira sobre sí misma una vez más y se convierte en una indagación metafísica sobre el amor. "Debía ser el amor. El amor también podía ser un largo viaje por el tiempo destinado a coleccionar recuerdos de recuerdos que con los años irían evocándose y cambiando". O: "El amor puede ser también eso: la producción constante de recuerdos de un entresueño compartido". Pero del amor, claro, "no se puede saber". "Nunca se sabe qué es el amor. Las librerías y las bibliotecas están llenas de manuales y tratados sobre el amor, y es tanto el amor de los autores y compiladores a su propia obra que en ellos se puede aprender mucho sobre los motivos de su escritura y nada sobre el amor".

Novela breve, se vuelve imposible disociar las inquietudes presentes en La introducción del último Fogwill, un escritor en dominio de sus facultades narrativas, un polemista sosegado al borde los setenta años que prefería las novelas (y aún más: la poesía y la música) a los cuentos, y que vivía administrando con gimnasia y natación las dificultades de una biología trabajada por años de exceso. Fogwill fue obra y mito. La obra, como se dijo, acaba de ser develada por completo. Solo queda la posibilidad de su relectura. Para el acceso irrestricto al mito habrá que esperar a las biografías en las que desde hace unos años ya hay gente trabajando.

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