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Mujeres que viajan solas: ¿por qué en el siglo XXI sigue siendo un acto de valentía?

Ana Schlimovich
Ana Schlimovich PARA LA NACION
Nadie espera que las mujeres viajen solas, aunque estén con amigas, aunque estén con sus hijos, están solas, porque no están acompañadas de un hombre que las cuide
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5 de marzo de 2016  • 12:36

Cuando me encontraron iba sentada sobre los hombros de alguien que caminaba por la orilla aplaudiendo, una costumbre de las playas uruguayas y argentinas para devolver niños perdidos. Había caminado casi dos kilómetros sola. Cuando me encontraron, mis padres estaban desesperados y yo sonriente. Tenía tres años y no estaba perdida, estaba viajando.

Ese fue mi primer viaje sola. A mi mamá ahora la anécdota le resulta simpática y cuenta que cuando preguntaba a la gente de la playa si habían visto pasar una nena rubiecita con malla turquesa, decían "ah sí, pasó por acá, iba lo más tranquila". Yo no me acuerdo de nada, pero esa primera experiencia en Uruguay debe haber determinado mi rumbo, el impulso incontenible de saber qué hay más allá. "Ese impulso tiene un origen inexplicable –dice la escritora portuguesa Sonia Serrano en su libro Mulheres Viajantes-, y una vez que se sucumbe a él no hay retorno posible.

Mi primer viaje y el primero de los sustos que pasó mi mamá.

Viajé sola a Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia y Brasil. A California y a París. A Turquía y Portugal. A Malasia, Tailandia y a la India. Y como Marina Menegazzo y María José Coni, las mendocinas asesinadas en Ecuador, también hice dedo y me llevó un camionero. Justamente yendo a Montañita, que por ese entonces, era una playita hippie, poco conocida. Y no iba con ninguna amiga. El camionero me dejó donde yo quería. Eso fue todo. ¿Fue una imprudencia? tal vez, ¿fue arriesgado? sí. Viajar libre, sin agencia de viajes, sin paquetes turísticos, con poco dinero, implica riesgos, como vivir. Sólo que cuando lo hace un varón es una aventura, cuando lo hace una mujer es una locura.

Una pregunta que se repite en mis viajes es "¿viajás sola? –pausa, una mirada prolongada- qué valiente". Y por sus cabezas deben pasar mil cosas: la incomodidad que genera lo diferente, miedo, desconcierto, admiración, curiosidad, rechazo, sorpresa, sobre todo sorpresa, y esa reacción dice más que todas las otras, nadie espera que las mujeres viajen solas. Aunque estén con amigas, aunque estén con sus hijos, están solas, porque no están acompañadas de un hombre que las cuide. Salvo que el hijo ya sea un hombre, entonces ya no está sola. Entonces es un alivio para todos.

Hoy, cuando le conté a mi mamá que estaba escribiendo esta nota, me comentó que fue a la peluquería y surgió el tema de las mendocinas asesinadas. Que la peluquera decía "menos mal que a mi hija ni se le ocurriría viajar sola". Y mi mamá, que sufre mis viajes desde que era chica, le contó a la peluquera que tiene una hija que viaja sola y escribe sobre eso, que su vida entera se basa en eso. Y a veces le pasan cosas malas. Pero la mayoría de las veces es todo lo contrario.

A los 19 recién cumplidos entré con una amiga a la Oficina de Turismo de Turquía en Tel Aviv. El señor que atendía se enojó cuando supo que queríamos viajar solas a su país. Dijo que si fuéramos sus hijas no nos dejaba. Pero como no éramos, visitamos las playas de Antalya, conocimos las termas de piedra blanca en Pamukkale, esquiamos en Bursa y comimos shawarma en Estambul. De esto hace 22 años. Internet era un sueño. Y no morimos. Nadie nos quiso asesinar. Compramos perfumes falsos en el Gran Bazar, eso fue lo peor que nos pasó. Con todos los cambios, con todos los avances tecnológicos, con la modernidad rabiosa que hace que lo de ayer sea obsoleto, viajar sola o solas, sigue siendo una imprudencia, algo que es mejor evitar.

"Sí, es un mundo asqueroso este que permite que algunas chicas no volvamos a casa después del viaje de nuestras vidas, pero es más asqueroso el que tengamos miedo siquiera de emprenderlo", escribe la ecuatoriana María Fernanda Ampuero en su artículo "#viajosola: a mí me mata el asesino" publicado en la Revista Anfibia. En otro artículo de la revista que incluye el mismo hashtag, #viajosola, la periodista Silvina Heguy escribe "2016 y todavía no pudimos borrar la idea de que las que viajan solas no juegan con fuego. Que porque viajemos sin compañía -es decir sin un hombre que "nos proteja"- debemos asumir la condición de ser un blanco móvil para cualquiera que crea que puede hacer con las mujeres lo que se le ocurra". Viajar sola no está mal. Otras cosas lo están. Lo vemos todos los días en todos los noticieros de todos los países.

Cuando se trata de una mujer, viajar se convierte es un acto heroico, por eso Sonia Serrano escribió un libro que reúne historias de mujeres viajeras "que a lo largo de los siglos desafiaron las convenciones de género viajando solas... todas personajes que se negaron a permanecer en su sitio y arriesgaron la vida para explorar otros mundos". Desde pioneras como Egéria, que en el siglo IV viajó de España a Palestina y escribió su peregrinación en un registro epistolar, hasta contemporáneas como la periodista portuguesa Alexandra Lucas Coelho, que, por ejemplo, en sus vacaciones de 2011 sacó un pasaje a Egipto, por su cuenta, para cubrir la revolución de la Plaza Tharir. La película Tracks (2013) cuenta la historia de la australiana Roby Davidson, que en 1973 decidió cruzar más de 2.500 kilómetros de desierto, acompañada apenas por camellos. La inglesa Ffyona Campbell recorrió 32 mil kilómetros a pie en once años, y recaudó 180 mil libras para caridad. En 1963, la irlandesa Dervla Murphy viajó sola, con su bicicleta, de Dublin a Nueva Delhi, demoró seis meses, gastó 64 libras en total y escribió el libro Full Tilt, from Dublin to Delhi with a bicycle. Son raras estas historias, o más bien, son poco divulgadas. "Seguro ya escuchó hablar de Lawrence de Arabia –escribe Serrano en su libro- desconociendo sin embargo que Gertrude Bell fue su colega, una perita en política de Medio Oriente y una de las personas que ayudaron a constituir el Estado de Irak".

Aunque cada vez hay más, las mujeres que viajan solas siguen siendo una rareza, por eso en el suplemento de Turismo de La Nación salió, en 2007, una nota titulada Viajeras & Viajes: desde la Patagonia hasta Túnez, anécdotas, consejos y observaciones de pasajeras muy frecuentes. La lista incluye desde Narda Lepes a Julie Bergadá, fotógrafa de viajes que fue justamente una de las creadoras de la Revista Lugares, la revista de viajes más importante del país, que es hecha básicamente por mujeres, mujeres que viajan solas. En 2014, Beatriz Sarlo publicó su único libro autobiográfico, Viajes. De la Amazonia a Malvinas. La crítica literaria, profesora emérita de la Universidad de Buenos Aires, a la edad de las chicas mendocinas, también atravesó el altiplano boliviano a dedo, en la caja de un camión. ¡Qué barbaridad!. Viajar sola no está mal. Otras cosas lo están.

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