Crítica: Polémica en el bar está atrapado en un pasado mejor

Todos los elementos que consagraron al ciclo creado por Gerardo Sofovich reaparecen en esta nueva versión, pero apenas como telón de fondo
Marcelo Stiletano
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9 de marzo de 2016  

Polémica en el bar / Escenografía: Martín Seijas / Producción ejecutiva: Raúl Slonimsky y Gustavo Sofovich / Elenco: Mariano Iudica, Miguel Ángel Rodríguez, Tristán, Horacio Pagani, Rodrigo Lussich, Migue Granados, Guillermo Coppola, Noelia Marzol, Anita Martínez, Joaquín Flammin / Dirección: Pablo Milutinovic / Producción general: Martín Kweller / Canal: Telefé / Horario: domingos, a las 14.

Nuestra opinión: Regular

El manejo del tiempo es el gran dilema de la nueva etapa de Polémica en el bar. Un interrogante que Gerardo Sofovich logró mantener vigente durante varias décadas a través de una fórmula sencilla: poner en escena el recurrente método que se emplea en la Argentina para "arreglar" el país (la discusión de café); llenarla de estereotipos y cada vez más nombres propios en reemplazo del inigualable quinteto de actores de la gloriosa etapa de los años 70; usar el programa como banco de pruebas de nuevos modos de hacer publicidad, y satisfacer a cierta platea masculina con mujeres bellas y ligeras de ropa (otro estereotipo) para despertarla cada vez que el debate flaquea.

Todo eso reaparece, puntual, en el comienzo del ciclo 2016. Pero sólo como telón de fondo. Porque es poco lo que funciona, además de la atracción visual del inmaculado escenario, tal vez el mejor bar que se haya construido en toda la historia del ciclo. El timing cómico (pausas, silencios, guiños) del que tanto se preocupaba Sofovich aquí se reduce a la pura improvisación y al énfasis histriónico como equivocado recurso humorístico. Las discusiones sobre temas de actualidad política y social tienen bajo vuelo y pobres argumentaciones, más allá de las consignas. Y cada personaje queda librado a la intemperie, tal vez porque algunos de ellos no aparecen en los lugares en los que mejor pueden aprovecharse: Lussich está para el cotilleo de la farándula, pero no para sostener una discusión política. Iudica se las ingenia para ser el bastonero, pero funciona mejor como contrafigura humorística. Tristán no pudo lucirse jamás en un papel ideal para su perfil cómico.

Al no contar el conjunto con una red capaz de contenerlos e integrarlos de manera natural y genuina, cada uno se ve forzado a hacer esfuerzos enormes para que, por lo menos, el público pueda tener noción de cuál es su propia identidad.

Planteadas así las cosas, el programa transcurre sin ligereza ni gracia verdadera. Casi todo resulta pesado, recargado, ampuloso, como si la gracia surgiera de algo impuesto, no natural. Algo que quedó a la vista, sobre todo, en el rescate de la memoria del ciclo, expuesto con exceso de sentimentalismo. Esa evocación incluyó vetustos apuntes misóginos y homofóbicos. Otro estereotipo.

Volvemos, entonces, al dilema del tiempo. ¿Que busca esta Polémica 2016? ¿Funcionar como espacio de homenaje constante a la historia del ciclo o actualizar una vez más su clásica propuesta? En cualquiera de estos casos debería preguntarse qué hacer con Minguito. Más allá de la extraordinaria caracterización de Miguel Ángel Rodríguez, no queda claro si el personaje es un fantasma que regresa cargado de nostalgia por el tiempo que pasó o un participante más del nuevo tiempo de debate desde un lugar especial. Habrá que resolverlo para evitar que el regreso de Polémica en el bar no sea, como hasta aquí, nada más que un espejismo.

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