Esos individuos oscuros cuyos nombres nadie recuerda

Maximiliano Tomas
Maximiliano Tomas PARA LA NACION
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10 de marzo de 2016  • 00:24

La anécdota es conocida, y fue referida por su protagonista en más de una ocasión, por lo que su reproducción está exenta de cualquier sospecha de compasión o sensiblería. Por lo demás, tiene la ventaja de apuntalar un mito de autor sustentado, a diferencia de otros, por una obra que crece año tras año sin fatiga ni pausa. Edgardo Cozarinsky (Buenos Aires, 1939) vivía entre Francia y la Argentina, cuando fue internado en 1999 en París por un problema con una hernia de disco. En el hospital le dieron una noticia inesperada: tenía cáncer. En ese momento decidió dos cosas. Que iba a superar la enfermedad. Y que desde entonces se dedicaría a terminar todos los libros que llevaba en la cabeza y no se había animado a escribir. El cine, en el que trabajaba con éxito, se hizo a un lado, y su vida fue ocupada por la literatura. En el hospital mismo escribió algunos cuentos de lo que sería La novia de Odessa. Y hasta el día de hoy no pasa mucho tiempo sin que aparezca una nueva novela de Cozarinsky.

En 2004 publicó la primera, El rufián Moldavo. Después vinieron, entre otras, Lejos de dónde, Dinero para fantasmas, En ausencia de guerra. La última, de hace pocos días, se llama Dark. En ella retoma algunas características (el nombre del protagonista, los ambientes) de La tercera mañana, aparecida en 2011. En ella refulge una vez más la voluntad de Cozarinsky por cartografiar, a través de los resortes de la memoria, una Buenos Aires que ya no existe: la de mediados del siglo pasado en la que hervían, paralelos y simultáneos al ajetreo de la vida de oficina, espacios que establecían lazos con mundos prohibidos y marginales como las tanguerías, los bares del Bajo, los baños de vapor y las estaciones de trenes. Se trata de una fascinación por un tiempo histórico (en este caso alrededor de 1958, en el contexto del Plan Conintes del gobierno de Arturo Frondizi) en el que coinciden tanto la juventud de los personajes con la que fuera la de Cozarinsky, y a la que el lector actual puede entregarse con interés literario pero también antropológico.

Pero Dark habilita una posibilidad de lectura por lo menos doble. Por un lado están las peripecias de Víctor, un adolescente de clase media que estudia en el Nacional Buenos Aires y desea convertirse en escritor mientras busca escapar del sofocante departamento de Colegiales en el que vive con sus padres. En su camino se cruzará Andrés, un dealer comprensivo y paternal, recubierto con el hálito romántico del crimen, con el que establecerá una relación entre amistosa y sentimental, cargada de sobreentendidos. "Un hombre cuya minuciosa decencia en el vestir no logra disimular una mirada que ha visto más de lo que quiere recordar, surcos de carácter grabados en el rostro por alguna experiencia inconfesa". Andrés será su Virgilio en la exploración que lleva de la adolescencia a los primeros escarceos, sexuales y de los otros, de la adultez. Cozarinsky lo dice mejor con sus palabras: "Gradualmente, de rasguño en desgarro, iba avanzando en su educación sentimental, aprendiendo qué sentimientos permitir que asomen, qué emociones convenía encubrir, cálculos que no siempre protegen de la pasión".

Si esa es la trama, y a través de ella se despliega el mapa de una Buenos Aires ya desaparecida pero no por eso menos fascinante, Cozarinsky aprovecha al escritor que sesenta años después recupera esta historia (un Víctor en sus "últimas noches de vida") para intervenir el relato con las reflexiones de un autor consciente y dueño de su oficio, como lo es él mismo. Relato y reconstrucción del relato, por supuesto, como toda literatura que haya aprendido bien la lección y busque escapar de los riesgos de la ingenuidad formal. "El escritor no sabe si la cronología de lo que intenta narrar respeta la de los hechos recordados. Sabe, sí, que la memoria borra más de lo que recuerda. Pero confía en la imaginación. La imaginación, astuta, rescata todo aquello que la memoria ha borrado y lo atrapa en la red de la ficción".

Es sabido que, de joven, el autor de Museo del chisme (un escritor de una elegancia y una cultura que ya no se encuentran, lo que alguna vez se denominó un gentleman) frecuentó a la santa tríada conformada por Silvina Ocampo, Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges, y que atesora más de una anécdota hilarante con ellos. Ya al principio de Dark, el Víctor al que Cozarinsky da vida es entrevistado por un periodista y afirma: "¿Qué busca? ¿Anécdotas? A partir de cierto momento entendí que me buscaban para que las cuente. Entonces decidí nunca más mencionar a esa gente que, para usted, ‘son leyenda’. No quiero convertirme en un name dropper. Solo escribo sobre individuos oscuros, gente cuyo nombre nadie recuerda. Los únicos que me interesan".

En eso anda Cozarinsky desde hace algunos años. Reconstruyendo e imaginando vidas y territorios que de otra manera caerían definitivamente en el olvido. En eso andamos sus lectores. Leyéndolo, y esperando su próximo libro.

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