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El corno inglés no es ni corno ni inglés

Pablo Kohan
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10 de marzo de 2016  

Error idiomático. En El cisne de Tuonela, de Sibelius; en la Sinfonía en re menor, de César Franck; en el cuadro que describe la mañana en Peer Gynt, de Grieg, o en el bellísimo movimiento lento de la Sinfonía del Nuevo Mundo, de Dvorák, la melodía es presentada por el corno inglés y se eleva seductora por sobre toda la orquesta con un color único e irreemplazable. Desde el siglo XIX, cuando el romanticismo se preocupó en ampliar los timbres y las posibilidades de la orquesta, el corno inglés se instaló para aportar un sonido peculiar, dulce, envolvente, sumamente apto para cantar melodías onduladas, amplias, lentas y de gran expresividad. Sin embargo, a pesar de su nombre, el corno inglés no es sino un oboe un poco más grande y, por ende, con un sonido más oscuro y más grave. ¿Por qué, entonces, a este instrumento de doble lengüeta no se lo llama, por ejemplo, oboe contralto o tenor como sucede con las flautas, los clarinetes o saxos que así son llamados según sus tamaños? Sencillamente por un curioso error idiomático. A comienzos del siglo XVIII, el corno inglés se fue configurando desde el antiguo oboe da caccia, un instrumento de doble lengüeta cuyo tubo presentaba una ligera curvatura o, incluso, un ángulo formado por dos tubos encastrados. Además, el pequeño bulbo esférico con el que remataba el tubo hizo que, en lugar de oboe, se lo llamara corno. Hacia 1750, los franceses, por las extrañas piruetas de su tubo, comenzaron a referirse a él como cor anglé, literalmente, corno angulado. De ese anglé a anglais, es decir, de angulado a inglés, sólo fue cuestión de tiempo. Como fuere, desde antes de 1800, este oboe grandulón, fabricado con fina madera de ébano, fue, para siempre, el corno inglés, un instrumento de un sonido atrapante, pero que no es ni corno ni inglés.

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