María Teresa Andruetto: "Un lector es alguien consciente de su lugar en el mundo"

Escritora y promotora de la lectura, reconocida en el mundo por sus libros infantiles, cree que con buenos textos, momentos de encuentro y sostén en el tiempo, todo niño puede convertirse en lector

20 de marzo de 2016  
Foto: Diego Lima

CÓRDOBA.- Única hispanoamericana ganadora del premio Hans Christian Andersen, el "Nobel" de la literatura infantil y juvenil, la narradora, docente y poeta María Teresa Andruetto (Arroyo Cabral, 1954) es una de las personalidades más destacadas de la cultura nacional. Su pensamiento sobre la literatura para niños y jóvenes, su tarea en la promoción de la lectura y su escritura profunda y sutil, que brota en géneros diversos e incluso antagónicos, definen el perfil singular de una artista inquieta.

Andruetto asiste a la cita en el centro de la ciudad de Córdoba desde Cabana, pueblo vecino a la localidad de Unquillo. En 2015, la autora cordobesa publicó Los manchados (Literatura Random House) -novela que integra una serie con otras ficciones suyas, como Tama y Lengua Madre- y La lectura, otra revolución (Fondo de Cultura Económica), que agrupa textos sobre literatura para niños, la lectura como un derecho universal, mediadores culturales y la literatura como factor de libertad: material indispensable para docentes, padres y también funcionarios públicos de las áreas de cultura y educación. Andruetto modera el blog www.narradorasargentinas.blogspot.com.ar y codirige la colección Narradoras Argentinas de la editorial Eduvim, junto con Carolina Rossi y Juana Luján. En esa colección se publicaron libros de Elvira Orpheé, Amalia Jamilis y Andrea Rabih, entre otras escritoras cuya obra merece conocerse más y mejor.

¿Su familia era una familia lectora?

Sí. En una conjunción rara, porque el tema de la lectura viene de mi bisabuela, pero eran lectores pobres. Mi bisabuela, que nació durante la primera presidencia de Sarmiento, era hija de trabajadores italianos golondrina. Se fue a Italia de chica y volvió a la Argentina más tarde, y en un pueblo de la llanura ella y mi abuela eran las que les escribían las cartas en italiano o castellano a los que tenían parientes lejos. Después, mi madre fue una lectora apasionada, con mucha frustración porque vivió en un pueblo donde no había ni secundario e hizo sólo el primario, en Arroyo Cabral, que es donde yo nací. En ese lugar vivían estas mujeres, colchoneras, trabajadoras jornaleras? Mi mamá trabajó como maestra sin ser maestra, enseñó a leer a muchos niños; luego la familia se mudó a Oliva. Siempre fue muy lectora y tuvo ese deseo de escribir, del que yo me apropié. Mi papá era italiano, vino a la Argentina a los 28 años, estuvo en la Segunda Guerra. Era un hombre que tenía formación terciaria, él venía de otro estrato social, había vivido en Turín, Milán, Roma, tenía otro mundo. Llegó en diciembre de 1948; extraño, porque muchos de los que ingresaban en la posguerra eran seguidores del fascismo, pero mi padre estuvo en el movimiento partisano. Él siempre tenía libros en casa, era una familia que con el sueldo del trabajo compraba libros.

¿Cuáles fueron sus primeras lecturas?

Fueron un poco eclécticas; en mi casa había mucho diccionario, enciclopedias. No tengo recuerdos en que los libros no estuvieran de por medio, aprendí a leer en la casa, sola, antes de ir a la escuela. Leía indiscriminadamente: desde la vida de san Francisco, santa Clara, clásicos de la colección Robin Hood... Recuerdo a mi madre, emocionada, leyéndonos Corazón. A mi madre le gustaba leer y nos leía sus cosas, que no eran para nosotras, pero era su voz, a la noche. Cuando iba a tercer grado empecé a leer para inventar, y ahí algo cambió. Fue una mezcla de situaciones, sumada a las poesías de mi mamá, Almafuerte, Storni; esto fue así hasta que terminé el primario. Ahí, en la biblioteca de la escuela, descubrí a los consagrados contemporáneos argentinos de la época: Sabato, Borges, Bianco. En mi casa los aprobaban porque eran los autores que aparecían en los diarios. Siempre estaba averiguando qué libro poder pedir en el bazar, porque vivía en un pueblo donde no había librería. A mi casa empezó a llegar una revista, que tenía una página de recomendación de libros; en esas críticas encontré a Simone de Beauvoir, Violette Leduc, autoras que no hubieran llegado a una chica de pueblo si no hubiera sido por eso.

¿Cuáles son las pautas que da a los formadores de lectores?

La literatura necesita de la industria para vivir y creo que es importante que haya una fuerte industria nacional del libro, pero uno no tiene que olvidar que el libro es al mismo tiempo un objeto del espíritu y una mercancía, y ahí está la capacidad del docente de seleccionar qué da a los lectores. Es diferente del que lee sólo para sí. Yo insisto, pensando en un maestro o un profesor: uno se puede equivocar, de hecho lo hace, y el camino se hace de esas cuestiones erráticas, pero un docente se debe ver a sí mismo como alguien responsable de lo que decide traspasar, no un mero repetidor de lo que otro dice. Creo que por ahí pasa el centro ideológico de la cuestión; después, cuantas más lecturas tengo, mejor lector soy. Hay caminos para expandirlo, pero hay que ser sujeto de lo que se hace, no un conductor de algo que viene de otros y que así otro piense por uno, ya sea editoriales, el Estado, los equipos. Todas nuestras opiniones deben pasar por el tamiz de lo personal, y así nos permitimos traspasar a otro cierta cosa de lo que recibimos. Basta con tener buenos libros, procurarse buenos momentos de encuentro y poder sostenerlo en el tiempo. Con esas tres cosas, un niño se puede convertir en un lector.

Es importante la escuela para reforzar ese circuito.

Creo que donde hay un lector es porque siempre hubo otro lector antes que abrió. La familia no siempre está, pero la que siempre está es la escuela. Todos pasamos por la escuela, y ahí sí hay una oportunidad de construir y de abrir una puerta que puede ser fundamental para la vida de alguien. Hablamos de buen lector o hablamos de literatura: hay varias concepciones de literatura, puede ser aquello que leemos y abre en nosotros un estado de interrogación, de volvernos sobre nosotros mismos, ayudando a abrir un camino hacia lo propio, entendiendo lo propio como lo más individual, lo profundo y lo social, el contexto en el que uno vive y se desarrolla. Es lo que dice Clarice Lispector acerca del escribir, pero se aplica también a cuando se lee con profundidad: "El largo camino hacia la propia cosa". Convertirse en un lector así es convertirse en una persona más consciente de sí y del lugar que ocupa en el mundo, el contexto donde vive, la condición de vida, y entonces se va poniendo más crítico.

¿Está de acuerdo con esa idea de que los jóvenes leen poco?

A medias. El libro te pone en tensión con lo oficial, lo correcto, por eso es importante que en la escuela haya un espacio de desobediencia radical que la ficción o la poesía pueden ofrecer en el sentido de que prime la sugerencia del mensaje, lo abierto al imaginario del otro. En la literatura infantil sucede mucho que hay clichés, como la sobreprotección temática y de lenguaje del destinatario. Eso persiste mucho. Un cuidado excesivo de lo complejo, de lo inquietante, de lo no resuelto más que de ciertos asuntos. La importancia de dejarlo tranquilo al chico. A veces está bueno que no se quede tranquilo. Con el tema de la corrección política y los nuevos asuntos que preocupan a la sociedad, aparecen textos adecuados, por ejemplo, sobre una relación homosexual o familias ensambladas. No creo en el escritor que va directo a escribir sobre la agenda social, sino que hay algo de afuera que impacta en el adentro y produce la creación, que es más compleja. A mí me parece que cuando un escritor escribe sus ficciones tiene que entregarse a ese mundo ficcional, no imponerle tantas condiciones, sino trabajar con los indispensables condicionamientos formales. Puede suceder que resulte complejo para una edad y lo lea otra, pero el escritor no debe pensar en esto, sino que eso es un trabajo del mediador, del maestro.

¿Cuál es su mirada sobre la literatura que se produce para el público infantil en la Argentina?

Hay un crecimiento muy notable; se edita mucho. Averigüé la cifra en 2013 y eran 14.000 títulos para niños y jóvenes al año, de los casi 50.000 que se editan en general. Es una zona que da mucho dinero porque tiene un público cautivo. Incluso un padre no lector se interesa en comprarle un libro al niño. En estos últimos años el Estado compró 50 millones de ejemplares para los niños; te aseguro que muchas de las pequeñas editoriales no hubieran surgido sin ese apoyo. He publicado en editoriales grandes, pero también por elección. Me interesa mantener la vinculación con las editoriales pequeñas. Creo que muchas cosas nuevas encuentran su lugar primero en editoriales chicas y cuando funcionan las toman también las editoriales grandes.

Pensé que elegía las editoriales por género. Ensayos en FCE, ficción para adultos en Random, la poesía en las editoriales cordobesas?

Bueno, en un punto también. Publicaba ciertas cosas en Sudamericana cuando era un sello nacional y sucedió que tomaron mis novelas adultas. Creía que estaba bien que el grueso de mi historia narrativa estuviera reunida en el mismo lugar. Ese espacio primero fue Mondadori, luego Random, ahí está mi obra para adultos. Y quedaron los libros de historias juveniles. Algunos de los libros para niños e ilustrados están en Santillana, y en Comunicarte, en Eclipse, Calibroscopio, probablemente salga uno en Pequeño Editor. Para la poesía siempre elegí Córdoba. Mis libros Kodak y Pavese se refieren a la procedencia italiana de mis abuelas; en Kodak están los italianos en Córdoba y en Pavese, los italianos allá. En Kodak están la enfermedad y muerte de mi hermana, y mi infancia con ella. Escribí los poemas de Kodak a lo largo de diez años. Sueño americano también tiene que ver con la infancia; a mí me gustaba esa historia de las dos chicas, Patti Smith y yo, una de Nueva York, otra en un pueblito cordobés.

Su obra narrativa para adultos creó una especie de serie sobre la memoria colectiva.

Nunca trabajo con programas de escritura, así que no estaba premeditado. Escribí y necesitaba escribir pero nunca me había imaginado ser escritora, me imaginaba como profesora de literatura. Pero a mis 28 años tuve una enfermedad después de ser mamá. Las tías abuelas de mi hija eran riojanas y fui a hacer mi convalecencia allá. Y en reposo, empecé a escribir una novela: Tama. Años después escribí La mujer en cuestión, y después Lengua Madre, un libro muy de la llanura. El mundo de la llanura cerealera, de los gringos inmigrantes, del deseo de ascenso. Lengua Madre tuvo muchas reimpresiones, fue leído en espacios de posgrados, pero también por lectores comunes, sobre todo por mujeres. Mucha gente me preguntó por qué los padres no estaban, y luego apareció en la protagonista la intención de conocerlos, y allí se une con Tama, mi otra novela. De una manera más contemporánea y ficcional se logró unir. Acabo de terminar un libro de cuentos que calculo se publicará el año próximo, este año salieron traducciones en el exterior, Italia, Brasil, Eslovenia, Corea, y libros para niños en América Latina.

¿Cuál es su opinión sobre la política cultural del kirchnerismo y sobre lo poco que se conoce de la nueva gestión?

Creo que en políticas culturales se hicieron muchas cosas muy importantes en estos últimos doce años. La más importante me parece que fueron las compras estatales de libros destinados a escuelas de todo el país. También ampliaron el cupo de electores de los libros, así no primaba el lobby entre editoriales. Me parece fundamental que se siga con esto, con el programa Sur de traducciones, con el sostén de espacios culturales que dependan de nación, provincia o municipios. En Unquillo, el lugar donde yo vivo, han sido despedidas doscientas y pico de personas en el sector de programas culturales, y están en lucha, en una conciliación obligatoria, esperando que les den una respuesta. Sería importante que siga la gente del Centro Cultural Kirchner, que se sostenga, que no se vea la cultura como una cuestión partidaria sino como un derecho para todos. Sostener los proyectos de investigación, los espacios de recreación, Tecnópolis con entrada gratuita. A lo mejor puede variar a quiénes se invita, pero lo importante es que el espacio permanezca. Es una cuestión de federalización de los recursos.

¿Por qué la entrevistamos?

Porque une el talento narrativo y poético con una singular obra de formación de docentes y promoción de la lectura

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