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La peor parte del ajuste ya quedó atrás

Nicolás Dujovne
Nicolás Dujovne PARA LA NACION
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19 de marzo de 2016  

La economía argentina se está contrayendo: es probable que este primer trimestre de 2016 finalice con una caída interanual de 2%, lo que configura una recesión moderada, pero recesión al fin. El enfriamiento convive además con tres meses seguidos de registros inflacionarios que han oscilado entre 3% y 4%, y que han acelerado la inflación interanual hasta 32% en febrero de 2016 desde 24% en noviembre de 2015. Si el malestar actual se explica por procesos casi explicados por la física -si se devalúa, algunos precios suben-, los beneficios eventuales que genera la normalización son previsibles para la profesión económica, pero sólo serán visibles para los ciudadanos con el paso de los meses.

En ese marco existen quienes genuinamente se han comenzado a preguntar acerca de las chances de que el programa económico produzca los resultados que espera el Gobierno, esto es, pasar a una etapa en la que el ritmo de la suba de precios converja a niveles sustancialmente más bajos y donde la economía comience a reactivarse para confluir en un 2017 en el que la expansión sea potente.

Es lógico que las dudas aparezcan, pero nada de lo que ocurre a nivel macroeconómico difiere de lo que hubiera sido esperable en un contexto de un programa de normalización en que el Gobierno ha avanzado en la remoción de los controles de capitales, la corrección de los precios de los servicios públicos y la eliminación de impuestos altamente distorsivos. La inflación ha aumentado reflejando el impacto de la depreciación del peso "oficial", ahora el único que hay, a la vez que los precios también han subido de la mano del aumento de 250% que ha experimentado el precio de la energía eléctrica en el área metropolitana.

En ese contexto donde todavía no se han producido los aumentos de salarios que se verificarán con el cierre de las negociaciones paritarias difícilmente se podría haber observado un resultado distinto al actual: el consumo de las familias se contrae en el primer trimestre del año y los consumidores deben reasignar parte de sus gastos a solventar la electricidad que consumen cuando antes utilizaban ese dinero con otros fines.

Más allá del reacomodamiento de precios relativos y de la eliminación de subsidios, la inflación núcleo sigue bajando y en febrero ya se ubicó por debajo de 3% desde un nivel inicial de 4,5% en diciembre. Esa desaceleración en la inflación confluirá con el cierre de las negociaciones salariales y proveerá una recomposición de los ingresos reales de las familias, que será visible a partir del bimestre mayo/junio. A su vez, la recomposición de los márgenes de rentabilidad para el sector exportador debería comenzar lentamente a generar una mejora en el nivel de actividad de numerosos sectores como el agro, la minería, la vitivinicultura, la producción de fruta, la siderurgia y el complejo automotor. Y la inversión debería verse impulsada por el mayor acceso al crédito que generará la combinación de la salida del default y el alargamiento en los plazos financieros que provocará la convergencia a una tasa de inflación más baja. Todos esos efectos aún no son visibles y no compensan la caída actual del consumo, pero irán ganando tracción con el paso de los meses y sólo podrían ocurrir en una economía que pagó el costo inicial de normalizar sus precios relativos y confluyó a un mercado cambiario unificado.

Esta contracción económica responde a efectos casi explicados por la física: si sube el tipo de cambio sube el precio de los bienes que se comercian con el resto del mundo y caen inicialmente los salarios reales. Si suben las tarifas eléctricas cae el consumo de otros bienes o servicios. Así como esos efectos negativos son inmediatos y automáticos, los potenciales beneficios sobre el crecimiento de la eliminación de las excentricidades que regían el funcionamiento de la Argentina son explicados por la teoría económica, algo menos mecánica en sus mecanismos de transmisión que el principio de acción y reacción que nos provee la física.

Así, creer que la inflación bajará implica confiar en que si se emite menos dinero, el tipo de cambio será más estable y la inflación será más baja. Pensar que la inversión crecerá conlleva a considerar que esa variable reacciona positivamente a un menor riesgo país, a una mejor rentabilidad empresaria y a un marco macroeconómico más estable, en el cual es vital el acceso al crédito externo y un menor déficit fiscal. Creer que las exportaciones crecerán implica reconocer una relación entre éstas y el tipo de cambio real que perciben los exportadores y los impuestos con que se grava su actividad. Física versus economía. Presente versus futuro. Si la teoría económica se parece más a la de los libros de texto que a las excéntricas ideas kirchneristas, el programa económico se acerca a comenzar a dejar atrás su etapa más difícil para generar de a poco los resultados para los cuales se debieron pagar los costos iniciales.

El autor es economista

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