Lollapalooza 2016: la era de la madurez

Fuente: LA NACION
El festival afianzó su propuesta en el hipódromo de San Isidro con buenos shows, una aceitada organización y 80 mil personas
Sebastián Espósito
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19 de marzo de 2016  • 03:32

La lluvia de la madrugada abrió un signo de interrogación para la primera jornada del tercer Lollapalooza argentino. Pero las dudas se disiparon ni bien entramos al Hipódromo de San Isidro, a esta altura la casa definitiva de la versión criolla del festival ideado por Perry Farrell e instalado hace casi una década en Chicago, Estados Unidos. El pasto bien verde, el terreno firme y apenas unos pocos sectores embarrados. El dato no es menor: moverse de un escenario a otro podía resultar complejo si el barro ganaba la pulseada. Y más con 80 mil personas dentro.

Una de las apuestas del festival, ahora organizado por el productor Diego Finkelstein en soledad, ya por fuera de Fenix Entertainment -claro está, siempre con la coproducción de C3, la empresa de Austin, Estados Unidos, dueña de la marca- es, desde el primer año, instalar la costumbre de ingresar temprano. Es que Lolla es un festival muy disfrutable en la franja diurna, con propuestas dignas del "prime time" y esa facilidad para rodar de un escenario a otro que, con el correr de las horas y el ingreso del grueso del público, se va tornando complicado. Muchos ya lo entendieron y fueron los que ayer disfrutaron con Eagles of Death Metal, Meteoros, Twenty One Pilots y Albert Hammond Jr., por citar sólo a algunos de los muy buenos shows de la franja diurna.

Meteoros. Insólito: el primer show del supergrupo que integran Ale Sergi, Cachorro López, Julieta Venegas y Didi Gutman no contó con la presencia de Venegas, reemplazada aquí por Rosario Ortega y Victoria Bernardi, la chica de 17 años que fue finalista de Elegidos: la música en tus manos. Lo suyo es un pop bailable y en este terreno cumplieron ampliamente. Se despacharon también con un clásico de Charly García: "Buscando un símbolo de paz", con una Ortega muy cómoda en la voz principal (claro, integró la banda de Charly los últimos años). El corte "Decirnos la verdad" se terminó de convertir en hit en el pasto húmedo de San Isidro.

Crédito: Agustín Duserre / Rolling Stone

Eagles of Death Metal. La gente del palo ya conocía a la banda. El resto del planeta se enteró de su existencia durante los trágicos atentados de París: ellos eran los que estaban tocando en la sala Bataclan cuando irrumpió con sus bombas el grupo terrorista Estado Islámico. Por eso no pasaron las palabra de un Jesse Hughes agradecido por el cariño del público: "vivimos unos meses muy locos. Gracias chicos, los amo".

El frontman comparte la banda con el cantante de Queens of the Stone Age, Josh Homme, pero este último no fue de la partida. Su ausencia ni se notó. El cóctel de hard-punk-rock fue irresistible para un público que agradeció con un pogo que creció tema a tema y terminó sediento de Ramones. La banda amenazó en varias oportunidades con hacer un tema de los neoyorquinos pero se quedó en eso. Y en homenajes varios a los flequilludos, como la remera de los Ramones con la que Hughes salió a tocar. Para el cierre quedó el siempre efectivo descenso al campo, esta vez con un factor sorpresa; un beso de telenovela estampado a una fan de la primera fila. Y una frase para la historia del festival: "me encantó el fernet, me bajé una botella con Coca Cola". Por si fuera poco desplegaron su cover de "Save a Prayer", de Duran Duran: rockero, hipnótico, imposible dejar de tararearlo.

Crédito: Facebook Lollapalooza

Twenty One Pilots. Para desplegar su música en el escenario, Tyler Joseph y Josh Dun eligieron esconderse detrás de máscaras. El cantante con la camiseta de la Argentina con el número 10 optó por un pasamontaña para cantar el primer tema con un micrófono que colgaba desde el techo del escenario. El baterista se erigió en un monstruo rojo. Con un setlist que incluyó temas de sus cuatro discos, los compañeros universitarios de Ohio hicieron bailar y también rapear a las miles de personas que se acercaron a su set. Fue un show ecléctico, donde el hip hop convivió con el electro pop y el indie rock. El dúo manejó el tempo de un público joven y abierto al estímulo de los músicos que iban pasando de instrumento en instrumento. Pasaron por sus manos: un piano, un ukulele, una guitarra e incluso una trompeta, además de la batería. Sobre pistas y con un frontman atlético, los Twenty One Pilots calentaron la caída del sol.

Con mucha astucia, en el final Tyler rompió la distancia con la gente y se subió una tarima sostenida por los seguidores. El baterista también cambió de locación y se ubicó sobre la misma plataforma y tocó los platillos por encima de un racimo de cabezas. Un cierre inesperado para un set vibrante.

Of Monsters and Men. Las comparaciones suelen ser odiosas, pero resulta inevitable no pensar en la Björk de Debut cuando Nanna Bryndís Hilmarsdóttir pisa el escenario, con su voz quebradiza, sus trenzas diminutas y ese aire entre aniñado y gélido. Pero Of Monsters and Men -la banda que lidera la cantante islandesa junto a Ragnar Þórhallsson- se diferencia de su compatriota con un sonido mucho más cercano al indie folk y un código mucho más abierto, impecablemente ejecutado.

La banda lanzó un hechizo folk que fue creciendo a medida que avanzaba el set. El arranque llegó con el hipnótico sonido de "Thousand Eyes", que arrancó los primeros aplausos. "Buenas noches, estamos felices de estar aquí", dijo el guitarrista a modo de saludo. La banda continuó recorriendo las canciones de su disco debut ( My Head is an Animal) y del más reciente Beneath the skin. Uno de los pasajes más altos lo marcó "Crystal", corte del último álbum y aún más potente fue el momento de su gran hit, "Little Talks".

Albert Hammond Jr. De impecable blanco, "Alberto", como coreó en varios pasajes su nombre el público, demostró también que posee una banda impecable, ajustada, que nada le envidia a su grupo de origen, The Strokes. Salvo los hits, claro está. Porque el sonido eléctrico punzante y vital está, la conversación entre guitarras también y la solidez de una base que enmarca la propuesta global también. Pero es esa falta de canciones reconocibles a primer riff lo que hizo que el público no terminara integrándose. Las canciones de su último disco, Momentary Masters, fueron lo mejor de la faena, lo que indica que la carrera solista de Albertito va de menos a más. Aún cuando no cumplió con el ritual de hablarnos "en argentino" (su madre es de esta tierra) y lo único que dijo fue "Gracias Buenos Aires", levantamos bien en alto nuestro pulgar derecho.

Halsey. ¿Será Halsey la revelación pop del festival? Uno de los mayores atractivos de megafestivales como el Lollapalooza es que permite ver a las promesas pop del momento, que de otra manera no podrían venir a estas latitudes por cuestiones de presupuesto. Así como la primera edición del Lollapalooza argentino tuvo a una Lorde de la cual no se conocía mucho más que su single "Royals", en esta ocasión Halsey parece ocupar un sitio similar.

La joven nacida en New Jersey, Estados Unidos, apenas cuenta con un disco editado y paseó sobre el escenario una personalidad que busca hacer un lugar en el siempre saturado mundillo de las estrellas pop femeninas. Lejos del maximalismo con brillantinas de Katy Perry, Halsey abandonó el pelo colorido que luce en la portada de su disco debut y subió al escenario alternativo con su gorra para atrás, jardinero marrón y borcegos a tono para darle a los adolescentes que se apiñaron a verla un buen puñado de sus canciones mid-tempo con épica espacial.

Crédito: Facebook Lollapalooza

Illya Kuryaki and The Valderramas. Ni una ni dos, ni tres, ¡cuatro fueron las canciones nuevas que presentó el dúo: "Gallo negro", la balada "Sigue", "Estrella fugaz" y "Ritmo mezcal". Una apuesta arriesgada con final feliz para Dante y Emmanuel.

Eminem. Sobrio pero amable, carismático pero para nada demagogo y hitero serial, Slim Shady no sólo cumplió con la cuota rap sino que se convirtió en la visita más rutilante del género a estas pampas. Es cierto, debería haber venido hace diez años, cuando su voz era una explosión de odio y rencor del sueño americano hecho pedazos. Sin embargo, parece el momento justo para un público argentino que en términos masivos tiene poca cultura hip hop. Frente a otros monstruos del género como Kanye West o Kendrick Lamar, el hip hop de Eminem es de la vieja escuela. Y con un guiño a las melodías pop que lo convierte inmediatamente en "hombre de radio". Sus transgresiones no están en su música sino en su habilidad para aplastarnos con su ritmo y sus versos.

Tame Impala
Tame Impala Crédito: Ignaciop Sánchez

Tame Impala. Kevin Parker y los suyos vinieron desde Australia a presentar Currents, su tercer disco y no sólo cumplieron con la formalidad sino que nos dieron motivos para entender por qué andan encabezando festivales de este a oeste y de norte a sur. Su propuesta es una psicodelia lúdica que invita a viajar por universos paralelos, pero también a zambullirse en la introspección. Su música se escucha y se siente mejor con los ojos cerrados, el cuerpo ladeando de un lado a otro y la luna, que se asomó para coronar una jornada que amenazó todo el día con reeditar la lluvia de la mañana pero que nunca se animó a arruinar la fiesta.

Con la colaboración de Martín Artigas, Dolores Moreno y Gabriel Plaza.

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