Lollapalooza 2016: Florence + The Machine hipnotizó con su épica

Fuente: LA NACION - Crédito: Soledad Aznarez
La performance de Florence Welch fue la mejor que un cantante entregó en el tercer Lolla argentino
Sebastián Espósito
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20 de marzo de 2016  • 00:32

Vibrante, intensa, leve, épica... a la hora de referirnos a la performance de Florence + The Machine, primero es inevitable en que nos concentremos en ella, Florence Welch y luego es igual de inevitable la sucesión de recursos para calificar y simbolizar un set que pasó más por el sentimiento que por la rzon.

Si de un artista esperamos que nos encante, Florence lo hizo. Si deseamos que nos involucre, que nos prohiba salir de su influjo, Florence lo hizo. Y acá nos detenemos: en un festival donde hay tantas propuestas atractivas como en una parrillada completa, 30 minutos frente a un escenario es una eternidad. Luego de un puñado de canciones es fácil caer en la tentación de tachar a la banda de la lista y correr hacia otro escenario. No vaya a ser cosa que nos perdamos... Mientras la inglesa estuvo en escena, la única pérdida posible era dejar de verla, dejar de cantar o tararear sus canciones, dejar esa sonrisa que nos plantó en la cara sin siquiera contarnos un chiste.

Fuente: LA NACION - Crédito: Soledad Aznarez

Más maga que bruja, la inglesa Florence Welch sólo necesitó expandir sus canciones para que todos cayéramos rendidos a sus pies, o a su expresiva mirada. Pero con la banda tocando y su voz serpenteando en el aire de San Isidro, los recursos físicos se sucedieron. Sus brazos se estiraron cual cisne una y otra vez, sus piernas se movieron rápido con dirección al mangrullo y su instinto la llevó a treparse, a mostrarse en estado de riesgo. Al volver, una corona de flores, regalo de alguien del público, terminaría adornando su cabeza, al tiempo que ella cerraría la escena abrazada a un puñado de fans.

Como Mumford and Sons, el de Florence fue otro debut soñado. Nació un romance en la noche de sábado. Fue uno de esos shows que, inmediatamente que termina, le da paso al mito, al recuerdo enriquecido.

Fuente: LA NACION - Crédito: Soledad Aznarez

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