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La otra cara del Lollapalooza: vecinos sin dormir

Cómo sufren las personas que viven cerca del Hipódromo de San Isidro; descansar, una misión imposible
Marina Mon
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19 de marzo de 2016  • 20:01

Ante todo quiero aclarar que me encanta la música. Me fascina. Escucho música cuando me levanto, mientras me baño, cuando viajo en tren o en auto, mientras escribo y a la noche cuando me relajo en casa. Me gusta la música para bailar, para acompañar una cena, para tararear a todo volumen y sin afinar, para hacer deportes, para hacer dormir a mi sobrina... En fin, la música es un acompañante fiel, incansable, aleatorio y sorpresivo, pero siempre bienvenido.

Acá el tema entonces no es la música, sino lo que conlleva, lo que implica, o mejor dicho a quiénes implica. Tengo la fortuna de vivir en un lugar privilegiado, frente al Hipódromo de San Isidro. Lugar que camino a diario rumbo al box donde practico Crossfit y alrededor del cual los domingos salgo a correr o a pasear a la perra. Me mudé acá hace un par de años en gran parte por la gran atracción que ejerce en mí este gigantesco pulmón verde. Pero este fin de semana llegué a odiarlo; no al lugar en sí, sino en lo que había generado en mí.

Hordas y hordas de jóvenes, adultos y otros tantos que se ubicarían entre esos dos grupos etarios llegaron desde todas partes de la ciudad y otras más en pleno plan de disfrutar del Lollapalooza . Imposible moverse en auto, colectivo, remís o similar. Incluso caminar se volvió tarea riesgosa.

Cruzaban la calle fuera de la luz verde del semáforo, absortos en sus conversaciones y embriagados de ansiedad desde bien temprano en la mañana. El transcurrir del viernes no dio tregua. Para los pobres vecinos que, otro año más, tienen el "privilegio" de oír a las bandas como si tocaran en exclusiva en el jardín de sus casas, el día se les hizo eterno. Cuando cerca de la 1 am los fuegos artificiales dieron cierre a la primera jornada de música non stop, una leve sensación de alivio nos invadió... digo leve porque a las 8 del sábado la prueba de sonido nos trajo de vuelta a la realidad de que aún quedaban casi 40 horas más de caos vehicular, insomnio y malestar general de quienes no participaban del festival.

En las cercanías del predio, la Municipalidad decoró calles con carteles de "Prohibido estacionar" por doquier. De más está decir que fueron meramente decorativos y ninguna grúa se vio por allí dando por tierra esa sensación.

Los comentarios se escuchaban en la parada de colectivo, la farmacia y el chino de la esquina: "¿Por qué no lo hacen en otro lado, donde no molesten a la gente?". Muy buena pregunta. La ciudad de Buenos Aires cuenta con enormes parques alejados que son más que aptos para ser sede de este tipo de espectáculos. El parque Roca, la ex ciudad deportiva de Boca y otros tantos son algunos ejemplos.

Calculo sería mucho más cómodo para todos: para los que asisten como para los que prefieren dormir la siesta, transitar tranquilo por su barrio o simplemente no ser parte de ello.

Mientras escuchaba por la ventana de mi cuarto a Eminem no podía dejar de mover la cabeza al son de su ritmo. Es que sí, es pegadizo, lo reconozco. Pero también pienso en mi hermana, que no pudo hacer dormir a su hija en todo el día, o en aquellos que tardaron años en llegar a sus casas o trabajos por el tránsito insoportable. Si podemos elegir, y hacer las cosas mejor, molestando a la menor cantidad de gente posible, ¿por qué no?

Por: Marina Mon

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