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Los días de Isabel: del caos de los años 70 a un presente marcado por la fobia a la política

A los 85 años, reside en Madrid desde 1981 y cortó lazos con la Argentina; lleva una vida silenciosa y no frecuenta a los vecinos
Martín Rodríguez Yebra
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20 de marzo de 2016  

María Estela Martínez de Perón hoy, recluida en un barrio cerrado
María Estela Martínez de Perón hoy, recluida en un barrio cerrado

MADRID.- Le cuesta caminar. Se tiene que apoyar en una asistenta para moverse por su chalet de tres plantas, en el que las persianas están siempre bajas. Sale únicamente para visitar médicos. Rehúye de la vida social. Tiene fobia a la política. "Son recuerdos muy dolorosos", se excusa si alguien le menciona su pasado.

A los 85 años, Isabel Perón continúa su odisea para huir de la historia. Decidió hace más de 20 años cortar lazos con la Argentina, hizo votos de silencio, enterró las memorias de los 632 días de sangre y caos en los que fue presidenta, antes del golpe militar del que se cumplen el jueves cuatro décadas.

Acaso esos secretos emerjan algún día. Encerrada en una habitación repleta de retratos de ella con el general Perón, pasa horas escribiendo a mano en un cuaderno que no le muestra a nadie. Suele decir que son sus "pensamientos".

"Lleva una vida monacal, con sus escrituras, sus médicos. Está en la etapa en que quiere que la dejen vivir, nada más", cuenta Alfredo García Serrano, un amigo español que la visita regularmente.

Quienes la tratan niegan que esté senil o sufra enfermedades graves. Cuando en 2007 enfrentó el juicio de extradición por dos causas sobre los crímenes de la Triple A sus abogados habían alegado un estado de salud de extrema fragilidad, con pérdida de memoria y problemas psiquiátricos, para reclamar que se le concediera la prisión domiciliaria.

"Ella está bien mentalmente, con las cuestiones lógicas de la edad. Está muy despegada de todo. No quiere ser un obstáculo para la política; no contesta agravios, no tiene contacto con dirigentes, no opina de nadie", explica ahora su abogado Atilio Neira.

El Tribunal Superior de España falló en favor de ella con argumentos lapidarios contra los jueces argentinos -Norberto Oyarbide y Héctor Acosta- que intentaron detenerla por delitos de lesa humanidad. Las causas siguen abiertas al otro lado del Atlántico, pero ella empieza a sentirse a salvo.

Un accidente en la casa

Aquellos días de estrés incrementaron su tendencia al aislamiento. "Imagínese la violencia, que vengan a buscarla en medio de la noche para llevársela detenida", cuenta García Serrano.

Durante el proceso de extradición sufrió un accidente casero. Rodó por las escaleras, se fracturó un brazo y tuvo lesiones importantes en la cadera. Estuvo hospitalizada. Pasó semanas en silla de ruedas. Nunca más recuperó la movilidad habitual.

Ocho años después tiene sesiones diarias de rehabilitación. Cada mañana su chofer la lleva en un Audi A4 gris a los médicos y cuando se siente con fuerza sale a pasear apoyada en una asistenta por un centro comercial. Es un trance duro para una mujer que hasta hace no mucho se vanagloriaba ante sus íntimos de conservar la elasticidad de su época de bailarina.

Vive desde hace 15 años lejos del ruido, en un barrio cerrado con vistas a la sierra en Villanueva de la Cañada, 30 kilómetros al noroeste de Madrid.

Es un chalet de tres plantas, 300 metros cuadrados construidos y un parque considerable que compró después de vender la mansión de Puerta de Hierro que compartió con Perón y de recibir la indemnización millonaria que cobró al volver la democracia.

Con qué dinero se mantiene hoy es un secreto inconfesable. En su entorno dicen que la pensión de ex presidente y del manejo de "algunas inversiones". Otro misterio es a quién donará su fortuna: su única familia son unas sobrinas que viven en la Argentina.

La herencia de Perón -o al menos una parte de ella- sigue en litigio en un juzgado de Madrid: pugna desde hace una década con una fundación creada por Mario Rotundo, ex secretario del general. Hay 7,7 millones de dólares en juego.

"Ya sufrió demasiado"

Pasa inadvertida entre los vecinos de su urbanización. "Sabemos que vive allí y conocemos a sus empleados, pero poco más. A ella no la vemos nunca", relata Mario Sandoval, encargado de un bar que queda a 200 metros de la valla que corta el acceso a la calle donde vive la viuda de Perón. Ni siquiera se muestra ya en la iglesia de Santa María, en la entrada del barrio, a donde solía ir a misa los domingos.

Las dificultades para caminar hicieron que dejara también de asistir a los encuentros benéficos del Rastrillo Nuevo Futuro, una organización de caridad ligada a la familia Borbón con la que colaboró durante años y que la vinculaba de algún modo a la alta sociedad española.

Entre sus amistades se cuenta un vidente argentino de cierta fama en la televisión local, Octavio Aceves, a quien conoció cuando estaba presa en la Patagonia. Se reencontraron en Madrid. "Ahora nos vemos menos, pero hablamos por teléfono. A veces me llama cuando está deprimida", relata él. No da precisiones sobre si la ex presidenta mantiene la afición esotérica que cultivó con "el Brujo" José López Rega.

¿Qué piensa hoy de la violencia política que se disparó en su gobierno, de los desaparecidos, del golpe militar que la borró del poder? Silencio. "De política se niega a hablar. Ya sufrió demasiado -dice García Serrano-. Sólo repite que no guarda rencores. A nadie."

En eso coinciden todos los que la tratan. Quiere estar en paz. Que la olviden.

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