Lollapalooza empezó a festejar sus 25 años en San Isidro

Fuente: LA NACION - Crédito: Santiago Filipuzzi
Más de 160.000 personas disfrutaron de los dos días del festival en su tercera edición argentina; en Estados Unidos celebrará su cuarto de siglo en julio próximo
Sebastián Espósito
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20 de marzo de 2016  • 00:01

Entre el 28 y el 31 de julio -por primera vez pasará de tres a cuatro días-, Lollapalooza festejará sus 25 años de historia en la que es su casa matriz desde hace una década: la ciudad norteamericana de Chicago. Allí, en el Grant Park, Perry Farrell, lo que quedó de la nación alternativa y una curaduría milimétrica de la variedad de propuestas y estilos que hoy puede presentar un festival de rock, pop y electrónica, celebrarán ese milagro que empezó como una gira de despedida de Jane's Addiction y se transformó en una marca, en un país -y una registradora- ambulante. Suenan Radiohead, LCD Soundsystem y Red Hot Chili Peppers como invitados a la fiestita. Pero, ¿saben una cosa? La celebración empezó en el Hipódromo de San Isidro.

El tercer Lollapalooza argentino cerró con un saldo favorable, más de 160 mil personas repartidas en dos días y un hecho inédito: durante la jornada de sábado hubo dos Lollas en simultáneo: el día dos del festival en Buenos Aires y el primer día en Santiago de Chile. Sí, las bandas que aquí tocaron el viernes ayer lo hicieron en Chile y las del sábado lo harán mañana en el país trasandino.

En cuanto a lo musical, el balance fue más que positivo. Mientras en parte del público se instaló la idea de que éste era el festival con la grilla menos atractiva, el saldo dejó grandes performances de Mumford & Sons, Florence + The Machine, Die Antwoord, Tame Impala, Of Monsters and Men, Twenty One Pilots, Noel Gallagher, Eminem, Jungle, Alabama Shakes y los locales Babasónicos, IKV, Eruca Sativa... es decir, la mayoría de lo que ofertaron los dos escenarios principales y el alternativo en sus dos franjas, la diurna y la nocturna.

Fuente: LA NACION - Crédito: Soledad Aznarez

Párrafo aparte merece el escenario electrónico, el Perry's Stage. Es un espacio donde la cantidad de público siempre va en aumento y, desde muy temprano, ya tiene adeptos al baile apostados cual ejército dance. Por lo general no se alejan del radio de acción del tinglado, hacen rancho aparte y prescinden del resto del festival.

La oferta gastronómica, variada y rica -también cara-, el escenario para chicos -Kidzapalooza- más los sectores de relax y juegos son un clásico de la franquicia a donde quiera que ella vaya. Todos son necesarios para hacer del festival un sitio agradable donde pasar 12 horas. Entre las cosas por mejorar está la falta de agua gratuita, algo que sí se ve en las sedes de Chicago y Santiago de Chile: allí se puede ingresar al predio con una botella de agua vacía para recargar tantas veces como nuestra sed lo indique.

Pero cerremos esta suerte de balance y repasemos los shows más significativos de la segunda jornada del tercer Lolla argento.

Fuente: LA NACION - Crédito: Soledad Aznarez

Mumford and Sons y Florence + The Machine. La sucesión Mumford en el escenario principal y Florence + The Machine en el segundo espacio fue de lo más acertado del festival. El folk de ensueño de unos dio lugar más tarde al pop y al gospel místico de Florence Welch. Ambos debutaron en Buenos Aires con un show perfecto: sensibles, profundos, precisos. Los volveremos a ver.

Fuente: LA NACION - Crédito: Santiago Filipuzzi

Babasónicos y Boom Boom Kid. La generación de la década del 90, esa que acá nacía en paralelo a la nación alternativa norteamericana, dejó su marca en el festival. Con clásicos de sus repertorios, con hits, pero también con riesgo. Es el tipo de show donde no alcanza con salir a escena para vencer; hay que transpirar y convencer con música. Boom Boom Kid lo hizo con su impronta, su despliegue físico y la banda liderada por la voz de Adrián Dargelos con sensualidad. Y con buenas canciones. Sin ellas es imposible.

Fuente: LA NACION - Crédito: Santiago Filipuzzi

Noel Gallagher y Brandon Flowers. Dos en plan solista con banda y en ese tira y afloja permanente con su otro proyecto: ya sea su ex banda, Oasis, en el caso de Gallagher; como su grupo más vendedor y hitero, The Killers, en el caso de Flowers. Pero sus intentos son en vano. Es como intentar limpiarse la caspa en un saco negro: en algún momento todos verán esos puntitos blancos. En el caso de Noel y Brandon no son poca cosa: son himnos, ya sea "Champagne Supernova" o "Human". Y saben, por más que lo odien: no tocarlos sería de insensibles, de chicos malos empecinados en no darle al público lo que él necesita. Luego sí estarán las canciones solistas, algunas más dignas que otras -dignísimas en el caso de Noel-. Pero luego, siempre luego de sus grandes best sellers.

Alabama Shakes y Marina & The Diamonds. Nada más variado en cuanto a propuestas de voces femeninas que Brittany Howard y Marina Diamandis. Pero ambas impactan por su color y su generosidad: son genuinas expresiones de este tiempo. El blues, el soul y el rock pantanoso salen de la guitarra y de las cuerdas vocales de Brittany. En el preciso instante que abre la boca se convierte en leyenda, en ganadora de cuatro Grammys, en amiga de Paul McCartney, en figura en cuanto sitio se presente. Y se la ve preparada para responder en escena por todas esas otras exposiciones. Corran a comprar Sound & Color, uno de los mejores discos norteamericanos de rock del último lustro.

Marina es simple. No busca complicarse ni complicarnos. Más bien persigue una idea por vez. El synth pop está de su lado y también un público entregado a sus encantos, catsuit de por medio.

Fuente: LA NACION - Crédito: Santiago Filipuzzi

Die Antwoord y Bad Religion. No tienen nada que ver, ¿no es cierto? Mientras los punkies tocaron nuevamente entre nosotros, a 21 años de su debut en Argentina, los sudafricanos recién están por cumplir su primera década de vida. Pero ambos supieron impactar durante su apogeo: los DA ahora mismo, con esa mezcla paranoica de dance, industrial, sonidos "garbage", animaciones, fuerte impacto visual y hasta una pizca de terror: la voz aniñada de Yolandi asusta, pero más lo hace el aspecto de patovica neonazi de Ninja, la otra mitad del grupo. Juntos son la bestia y el bestia.

Bad Religion desplegó su rabia de intelectuales antisistema con bajo impacto de melancolía. Lo suyo fue de digno a muy bueno y, de paso, sirvió para que cumplieran con la cuota punk que todo festival debe tener.

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