Escritores deprimidos del mundo, uníos

Maximiliano Tomas
Maximiliano Tomas PARA LA NACION
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24 de marzo de 2016  • 00:08

Un fantasma recorre Europa, y es el de los escritores deprimidos. Al parecer, un estudio encargado por cinco asociaciones de autores franceses arrojó entre sus resultados la certeza de que los escritores jamás se han sentido más relegados y que nunca han recibido peor paga que en la actualidad. La mitad, asegura el estudio, no llega a ganar por año siquiera el sueldo mínimo. Los artículos periodísticos que difundieron la encuesta dicen, incluso, que se sienten tan deprimidos que más de la mitad de los 100 mil autores registrados en Francia está pensando en abandonar su carrera literaria. "Ellos gozan de un alta consideración social, pero sus cuentas bancarias están vacías", declaró Marie Sellier, presidenta de la Société des Gens de Lettres, entidad fundada en 1838 por Balzac, George Sand y Víctor Hugo, y una de las responsables del diagnóstico grupal sobre los pesares de la comunidad de autores galos.

Se trata de apenas otro capítulo del eterno dilema entre las artes y el dinero, agravado por el hecho de que la época de oro de la literatura (al menos la que conocemos con ese nombre desde Madame de Staël y el siglo XVIII), durante la cual supo gozar del favor de las masas, o de un público lo suficientemente amplio para conservar su prestigio social y su valor de mercado, tocó a su fin hace por lo menos cincuenta años. ¿Pero quién en su sano juicio puede pretender ya no hacer dinero, sino vivir modestamente bien a través de la literatura? Bueno, los escritores franceses.

Todo ha cambiado en el ecosistema literario de un tiempo a esta parte, y la transformación seguirá profundizándose. Quien desee lograr vivir únicamente de lo que escribe bien podría intentar escribir mejor, o dedicarse, en el peor de los casos, a darle forma a libros por los que la gente esté dispuesta a pagar. Quien así lo desee, podría prescindir de agentes literarios, de editoriales y librerías, que se quedarán con el 90 por ciento del precio de tapa de su libro, y distribuirlo directamente por Internet. O volver al artesanado, si de sobrevivir se trata, y venderlos en subtes, trenes y colectivos. Finalmente podría, como alguna vez declaró el escritor Rodolfo Fogwill (que hasta el final de su vida siguió dedicándose al asesoramiento y la consultoría en marketing, a pesar de haber ganado el Premio Nacional de Literatura), sencillamente ponerse a trabajar. Cada vez que a Fogwill le preguntaban por el tema de los subsidios para escritores, le daba urticaria: "Estoy a favor de un subsidio para todos. Plomeros, albañiles, mucamas. No hay algo especialmente meritorio en haber escrito uno o diez libros", decía. "El problema acá es que se le da un valor cultural al objeto ‘libro’, y entonces cualquiera que saca un libro de más de cuarenta y ocho páginas es escritor. Para garantizarse una jubilación digna, le digo al escritor que labure".

Si las decenas de miles de autores europeos deprimidos no saben de qué, o en dónde, bien harían en viajar a nuestro país a tomar cursos de rebusques: no hay escritor argentino que no se gane la vida como periodista, docente, editor, traductor, librero, imprentero, agente de prensa, gestor cultural, presentador de programas de radio y televisión, psicoanalista, empresario gastronómico, repositor de supermercado o incluso limpiador de piletas de natación y visitador médico (omito los nombres de los autores, pero no se tratan de ocupaciones elegidas al azar). Como se verá, por estas latitudes no se trata de lidiar con una crisis de orientación vocacional, sino de tratar con problemas más pedestres como la inflación, el trabajo precario y el desempleo.

Cuando lo que importa es encontrar algo para decir, y decirlo de una manera única y personal, todo lo demás resulta accesorio. William Faulkner lo ponía así: "El escritor no necesita libertad económica. Todo lo que necesita es un lápiz y un papel. Que yo sepa, nunca se ha escrito nada bueno como consecuencia de aceptar dinero regalado. El buen escritor nunca recurre a una fundación. Está demasiado ocupado escribiendo algo". Por lo demás, los verdaderos escritores suelen tener la ocurrencia de morir sin dejar demasiados bienes tras de sí, e incluso muchas veces en la pobreza. Aún si alguna vez fueron ricos, como Adolfo Bioy Casares. Sería bastante extraño, y no hablaría maravillas de su arte, que fuera de otra manera. Para peor el asunto ni siquiera termina ahí, porque tampoco la pobreza asegura por sí misma la calidad de una obra literaria. Solo, tal vez, vivir en estado de literatura. Y tener algún que otro talento.

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