La historia oficial, un punto de partida

Marcelo Stiletano
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26 de marzo de 2016  

El reestreno de La historia oficial, a tres décadas exactas de su conquista del Oscar, es mucho más que el fruto de un colosal trabajo de recuperación visual y sonora protagonizada por verdaderos héroes anónimos del cine local. Al verse de nuevo en plenitud, la película de Luis Puenzo recupera también desde sus comienzos otra historia: la del cine argentino dedicado a revisar los años más dolorosos de su historia reciente.

La historia oficial entra a ese mundo doloroso en puntas de pie. Son nuestros ojos expuestos al estupor y al horror frente a un velo que empieza a descorrerse. Poco a poco empezamos a hacernos preguntas, como lo hace el personaje de Norma Aleandro. Un cuestionario que evoluciona y se completa, simbólicamente, casi una década después con Un muro de silencio, de Lita Stantic.

Luego irán llegando otras miradas, otros enfoques. Generaciones posteriores a la de Puenzo o Stantic acercan sus interrogantes desde el tiempo y el lugar en el que se miran los años de plomo. La secuencia nos descubre, desde ese momento hasta hoy, otras perspectivas que también se expresan desde el lenguaje cinematográfico. Aquel intimismo de Puenzo deja lugar a registros más oscuros e intensos, más vertiginosos y testimoniales. Una extensa línea que tiene sus mejores exponentes en el Marco Bechis de Garage Olimpo, el Adrián Caetano de Crónica de una fuga y el Benjamín Ávila de Infancia clandestina. Y en el medio aparecen registros documentales valiosos como Cazadores de utopías, que se repone durante este mes en el Gaumont. Películas que cuestionan y se cuestionan, que respiran y que sufren, que evitan la verdad revelada como punto de partida. Así se escribe la historia.

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