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Dos destinos literarios

Pedro B. Rey
Pedro B. Rey LA NACION
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30 de marzo de 2016  

No siempre las manías son nocivas. Entre las más inocuas, descubro una reciente. Basta que aparezca la nueva edición de un libro admirado (siempre que tenga un inédito, un gran prólogo o una traducción flamante) para volver a leerlo, casi sin proponérmelo, de principio a fin. El verano quedó así aureolado con el glorioso sello del uruguayo Felisberto Hernández (1902-1964), por la simple razón de que su obra narrativa completa se publicó por primera vez en un único tomo. El tic involuntario se repitió en estos días con una nueva versión de Las tiendas de color canela, del polaco Bruno Schulz (1892-1942). La excusa era similar: es una versión argentina realizada directamente del polaco.

Esa contigüidad casual dio lugar a una sorpresa. Felisberto (como lo llama cualquiera que haya entrado en confianza con su mundo) y Schulz son dos autores insólitos, pero nunca había reparado hasta qué punto la originalidad de sus mundos parecen hacerse eco. Los dos se dedicaron al cuento, con el agregado de alguna nouvelle. Schulz centra casi todas sus historias alrededor de la figura de un padre delirante y desgrana su memoriosa realidad en ráfagas que vuelven novedoso todo lo que tocan. Felisbert o, por su parte, contempla sus recuerdos como si fueran una piedrita a la que busca extraerle todos sus matices girándola musicalmente entre los dedos. Resulta imposible confundirlos, pero es evidente lo que los hermana. Son dos ejemplos extremos de ese momento clave en que la subjetividad poética infiltra la narración para convertirla en un objeto único, nada prosaico. De Schulz elijo esa frase en que, por medio de su narrador, se define "como un parásito de las metáforas". De Felisberto, entre tantas, ésta de Por los tiempos de Clemente Colling: "A veces pienso en lo larga y tolerante que es la vida, después de haberla malgastado tanto tiempo".

Imposible no salir de sus libros con la engañosa idea de que se conoce en profundidad a quienes los escribieron, pero ahí está el rompecabezas de sus vidas para contradecirnos. Curiosamente, también muestran ecos entre sí. El más notorio es el de sus vocaciones artísticas iniciales. Felisberto fue primero pianista, algo que reflejan sus relatos: mientras iba escribiendo, acompañó películas en biógrafos, deambuló por la provincia de Buenos Aires dando conciertos itinerantes e incluso se empeñó en estrenar Petrushka, de Stravinski. Schulz fue, en cambio, hasta el último día un eximio artista gráfico y dibujante que se convirtió en narrador casi de casualidad, por vía epistolar, contándole historias a una poeta amiga.

Su condición periférica es otro punto de contacto. El uruguayo, tras abandonar la música, vivió anclado en Montevideo. El polaco, de origen judío, apenas dejó su ciudad, Drohobycz, hoy dentro de las fronteras ucranianas. Los dos, llenos de esperanzas literarias, hicieron un único viaje de verdad importante: a París, el centro cultural de entreguerras. Schulz, gracias al estímulo de su amiga de Varsovia, terminó dando a conocer dos libros de cuentos : Las tiendas... y Sanatorio bajo la clepsidra. Felisberto empezó publicando artesanales "libros sin tapas" para, tras encontrar el respaldo del poeta Jules Supervielle, profundizar ese tono propio que lo volvería -como dijo Italo Calvino- "un francotirador que desafía toda clasificación".

Difieren en sus vidas sentimentales. El europeo estuvo a punto de casarse, pero abandonó la idea para mantener a su familia, tras la muerte del padre. El sudamericano tuvo cuatro mujeres, una de las cuales resultó ser una espía soviética (él nunca se enteró, pero terminaría farfullando un furioso anticomunismo). La muerte de Felisberto resulta comparativamente más benigna: con los años habían engordado majestuosamente y terminó llevándoselo, pobre y prácticamente desconocido, una leucemia galopante. La suerte de Schulz tiene, en cambio, la impronta de una época atroz. A pesar de que le aconsejaron lo contrario, insistió en permanecer en Drohobycz tras la invasión alemana. Un oficial nazi se aficionó a sus dibujos y le dio protección cambiándoselos por comida. Otro, sólo para vengarse del primero, lo asesinó de un tiro en la nuca en plena calle.

Ese destino americano y ese destino europeo -tan opuestos- vuelven sin embargo a enlazarse de manera póstuma: nadie sabe dónde están enterrados sus cuerpos. Schulz fue sepultado, sin referencias, por un amigo en el cementerio judío local. El ataúd de Felisberto perdió el papelito que lo identificaba y nunca nadie pudo dar otra vez con él. Quizás es por eso que -aunque no los conocemos, aunque nunca podremos saber cómo fueron -por un momento se produce el espejismo de creer que en realidad siguen ahí en el mejor de los lugares, vivitos y coleando dentro de sus libros, lado a lado, en el mismo estante, para siempre.

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