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Vida diaria y ensalmos orientales

La idea de la muerte y la duración en la retrospectiva de Miguel Angel Bengochea. Pintura coreana inspirada por creencias religiosas en el Centro Borges.
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12 de julio de 1998  

EL crítico Alberto Collazo escribió el prólogo del catálogo para la extensa retrospectiva de Miguel Angel Bengochea que se expone en el Centro Cultural Borges.

Cuarenta y ocho óleos y cinco dibujos resumen quince años de la actividad de este artista, hijo de inmigrantes españoles y nacido en San Martín ( provincia de Buenos Aires) en 1945. La definición de los contornos y la dirección de las pinceladas tienden a configurar un esqueleto que estructura las formas, con un sentido de las proporciones y de los acentos propio del dibujante. Tanto las luces y las sombras como la densidad de la materia y los colores acentúan el poder expresivo del andamiaje que los sustenta y con el que se combinan para darle dramatismo a las escenas.

Bengochea es poco complaciente. Una actitud descarnada, cruel, casi cínica y, a veces, un dejo de ironía presiden su "sentimiento trágico de la vida". Queda claro que no se hace ilusiones sobre el destino humano, como se observa, por ejemplo, en Mi madre (1983), Esperando la carroza (1986), De brazos cruzados (1988) o El tiempo pasa (1997). La conciencia de la finitud se manifiesta en la adustez de las expresiones, en la agresividad de las miradas, en los rictus que traslucen lo mecánico de las escasas sonrisas. Podría pensarse que ese aspecto sombrío sólo aparece en las figuras o en los retratos individuales, pero también se aprecia en los grupos de familia. Bengochea observa la vida como si observara el reloj, con desencantada certeza. A diferencia de Borges, que consideraba el tiempo como "una fatigada esperanza", Bengochea ve en él una sentencia fatal.

Hay tremendismo y agorería en el artista bonaerense. La sombría caracterización de lo humano que define su pintura tiene reminiscencias de Gutiérrez Solana. Pero su inclemencia ni siquiera se permite el sonriente engaño de las máscaras, como ocurre en la obra del pintor español. La tristeza se insinúa en cada gesto, en cada situación, hasta en los objetos que complementan las escenas como naturalezas muertas. Más discretamente, se nota la influencia de los norteamericanos Ben Shahn y Jack Levine o del gótico Grant Wood y, si se continúa rastreando, también la del realismo mediterráneo de Renato Guttuso. El grito, en cambio, evoca directamente el expresionismo nórdico de Edward Munch.

Algo induce a Bengochea a exagerar los rasgos de las figuras. Aparece entonces lo grotesco, que intensifica y deforma las expresiones.

Pinturas de Corea

Arte y magia es el título de la muestra de pintura popular coreana presentada por el Museo de Arte Oriental en el Centro Cultural Borges. La integra un repertorio de setenta y ocho imágenes realizadas sobre papel de abedul hecho a mano, sobre el que se adhiere una cubierta de seda natural.

Importa destacar el carácter ritual de esas representaciones, de ascendiente chamánico, cuya composición tiende frecuentemente a la simetría y a la frontalidad. Una concepción algo ingenua, alejada de toda intención academicista de acentuar los volúmenes, sintetiza y define las figuras por líneas de contorno que delimitan los planos, a menudo pintados en toda su superficie. Una especie de contrapunto primario simplifica las formas.

Para comprender mejor el sentido de las imágenes y su función, conviene insistir, como lo hace el catálogo, en el hecho de que en ellas aparecen fusionadas la intención estética y la religiosa. Cada imagen -informan Osvaldo Svanascini y Rubén Vela, curadores de la muestra- representa un espíritu. Cuando se inician los ritos, estas piezas ceremoniales se despliegan en las paredes del recinto donde se hacen las invocaciones. La música, el canto, el ritmo del tambor, el gong y el baile conducen después de varias horas a un estado de trance; entonces se sabe que el espíritu descendió y está presente.

Por primera vez, ese vasto conjunto de pinturas se exhibe fuera de Corea.

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