Patrimonio y diplomacia

Con esta nota, La Nación inicia una serie consagrada a los palacios porteños que se convirtieron en embajadas de los países centrales e integran la llamada Embassy Row .
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21 de enero de 2001  

Como ocurre en Roma, Washington, o París, Buenos Aires tiene un distrito, integrado por los barrios de Palermo y Recoleta, que alberga la mayoría de las sedes diplomáticas presentes en el país. Sin embargo, pocas ciudades exhiben un eje diplomático o Embassy Row tan singular como el formado por las Avenidas del Libertador y Alvear, jalonado por embajadas instaladas en un grupo de edificios de alto valor patrimonial. Estas notables piezas arquitectónicas de diversos estilos y tendencias fueron en su mayoría concebidas originalmente como grandes residencias particulares que ofrecían una imponente presencia urbana.

Entre las dos Guerras Mundiales, esos palacios porteños fueron el objeto de una sorda competencia por parte de los países con mayor presencia e intereses en la Argentina, que querían adquirirlos y transformarlos en sedes de sus representaciones diplomáticas.

La secuencia se inicia con Italia y su compra de la residencia, sin estrenar, de Federico de Alvear, en 1924. Los Estados Unidos adquirirán el Palacio de Ernesto Bosch (ex embajador argentino en Francia y ex canciller) como parte de un reposicionamiento en Argentina. A mediados de la década del treinta es el turno del gobierno nacional, que instala el Ministerio de Relaciones exteriores en el Palacio Anchorena, rebautizándolo como Palacio San Martín. Francia adquiere el Palacio Ortiz Basualdo, poco antes de la Segunda Guerra Mundial, mientras Brasil compra el Palacio Pereda cuando promediaban los cuarenta, y el Reino Unido se instala en la Residencia Madero-Unzué una vez finalizada la guerra A fines de la década del cincuenta, Adela Harilaos de Olmos dona su Palacio al Estado Vaticano, y en los setenta Arabia Saudita compra la Residencia Acevedo.

La casa de los Bosch

Hacia 1910, la zona más allá del Jardín Zoológico, próxima al parque de Palermo, era considerada demasiado alejada para construir grandes residencias, a pesar de su entorno privilegiado. Sin embargo, ese fue el sitio elegido entonces por Ernesto Bosch y su esposa, Elisa de Alvear, para edificar su casa. Bosch venía de concluír su desempeño como Representante del Gobierno Argentino en Francia, y acababa de ser llamado a Buenos Aires por el presidente electo Roque Sáenz Peña para ocupar el cargo de Ministro de Relaciones Exteriores. Como muchos argentinos, el matrimonio y su familia habían pasado una larga temporada en Paris, rendez-vous obligado de la alta sociedad mundial, alternando sus funciones oficiales con la vida mundana y elegante de la bélle époque.

Pero también disfrutando de los placeres, avances y tradiciones que la civilización francesa había alcanzado en distintas disciplinas. Y, como muchos otros de sus connacionales, habían sido más impactados por la arquitectura que por ninguna otra de las manifestaciones de la cultura gala, estimulando la obsesión por recrear esas artes del espacio en Argentina.

Así, los Bosch no dejarían París sin encargar el proyecto de su residencia porteña al prestigioso arquitecto René Sergent, quien debió diseñar el palacio para el jefe de la diplomacia argentina, volcando todo su oficio, practicado a través de una amplia experiencia entre la nobleza europea.

La materialización del edificio no fue sencilla ni barata. Hicieron falta decenas de detallados planos, materiales y decoraciones enviados desde el otro lado del Atlántico. Y la fiel interpretación de los arquitectos Eduardo Lanús y Pablo Hary, encargados de la construcción. Todo bajo la constante incertidumbre y altos costos que supuso el desarrollo de la Primera Guerra Mundial, con naves amenazadas por torpedos al cruzar el Atlántico. Sin embargo, como en un mundo aparte, el 6 de septiembre de 1918 se abrieron a la vida social los salones de la residencia convocando al Buenos Aires más elegante. Y allí los Bosch gozarían por algunos años del savoir vivre parisino bajo una luz argentina. Haciéndole alcanzar inclusive la categoría de "residencia principesca", en 1924, cuando allí se alojó en visita oficial a la Argentina el príncipe Humberto de Savoia, heredero de la corona de Italia.

Washington en Buenos Aires

Cinco años más tarde, poco antes del famoso crash financiero de 1929 y de la revolución de septiembre de 1930, la propiedad cambiaría definitivamente de dueño iniciándose también otra etapa para la residencia.

Poco después de la visita a Buenos Aires del presidente electo Herbert Hoover, el embajador norteamericano Robert Woods Bliss logró vencer las resistencias de Ernesto Bosch y su mujer, y adquirió el edificio siguiendo la estrategia definida por el Departamento de Estado, que buscaba potenciar la presencia norteamericana en el exterior a través de enclaves diplomáticos que reflejaran su espíritu y su imagen.

Ninguna otra residencia porteña recreaba mejor un rincón de Washington que el neoclásico Palacio Bosch. En siete décadas, el edificio fue importante testigo de encuentros, desavenencias o coincidencias, fue, en suma, un importante escenario de la historia diplomática entre los dos países. Albergó a varios presidentes norteamericanos, como Franklin Delano Roosevelt, en 1936, Dwight Eisenhower, en 1960, o George Bush, en 1994, en visita oficial a la Argentina. Allí vivieron varios embajadores de nota, como el sutil Norman Armour, durante los cruciales tiempos de guerra; el controvertido Spruille Braden,durante el ascenso de Perón al poder, y el perspicaz James Bruce, quien publicara esclarecidas páginas sobre la Argentina.

De Versalles a Palermo

El palacio Bosch es uno de los mejores proyectos de René Sergent. Excelente recreación del grand hotel particulier del siglo XVIII, tiene como fuente de inspiración más probable el Chateau de Bénouville, en Normandía, construído por Claude Nicolas Ledoux, cuya obra Sergent apreciaba especialmente.

Como los otras dos grandes residencias diseñadas por Sergent para dos hermanos de Elisa Alvear de Bosch, el Palacio Errázuriz y la villa Sans Souci , este palacio se inscribe entre los mejores ejemplos de la corriente que recreó el clasicismo del siglo XVIII francés a principios del siglo XX. Colaboraron con Sergent importantes figuras en el campo del paisajismo y la decoración, Achille Duchéne fue el encargado de trazar los jardines de la residencia y el prestigioso André Carlhian tuvo a cargo la decoración interior.

Luz y geometría

El volumen exterior simple y potente demuestra el refinamiento del diseño en las elegantes fachadas delineadas en función del espacio exterior que enfrentan. Así, la principal es el grandioso marco de la cour d´ honneur y enfrenta con imponencia el parque del otro lado de la Avenida. La lateral, sobre la calle Darregueyra, forma parte de un cuadro que integra el templete clásico del paseo público -expresamente construído a tal efecto- y que evoca una de las vistas del Petit Trianon de Versailles. El frente posterior, en cambio, se corresponde con el diseño del jardín, su complemento inescindible, y que los autores consideraban como un "salón al aire libre".

En el interior, los secretos de la armonía del edificio se encuentran en la red de ejes que organizan sus espacios. Sutilmente interconectados, estos ejes permiten guiar la procesión del visitante a través de los salones y establecer la jerarquía de las perspectivas. Innumerables y sutiles juegos de simetrías, reflejos y continuidades hacen del conjunto una obra de singular jerarquía arquitectónica donde la arquitectura con mayúscula y el gran juego del clasicismo están basados en el dominio de la geometría y de la luz.

La situación

Los valores históricos, diplomáticos, arquitectónicos y estéticos del Palacio Bosch han sido recientemente reconocidos por el gobierno de los Estados Unidos al incluir la casa en el Registro de Propiedades de Significativo Valor Cultural del Departamento de Estado Norteamericano . Mientras tanto, se espera aún que el gobierno argentino declare la propiedad Monumento Histórico, proyecto que hace varios años sigue en carpeta. Asimismo, a nivel de la ciudad de Buenos Aires, y, en la ejida de la Secretaria de Planeamiento, no ha prosperado la catalogación del inmueble, ni su inclusión en el Area de Protección Histórica (APH),del Parque de Palermo.

Desde su concepción y construcción este edificio se transformó en modelo del gusto arquitectónico de profesionales y del público en general. Lanús y Hary, sus constructores, fueron además fundadores de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Buenos Aires y tomaron al Palacio Bosch como ejemplo para ilustrar sus recordadas clases teóricas que tenían como lema la siguiente frase: "Necesita el país tener muy buenas casas, antes que tener grandes monumentos".

( En la próxima entrega, convergencia de estilos en las embajadas de España, Italia y Arabia Saudita )

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