Don Giovanni y una orquesta dormida

Jorge Aráoz Badí
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8 de abril de 2016  

Don Giovanni, de Mozart / Orquesta estable del Teatro Colón / Dirección musical: Marc Piollet / Dirección escénica: Emilio Sagi / Escenografía: Daniel Blanco / Vestuario: Renata Schussheim / Iluminación: José Luis Fiorruccio / Cantantes: Erwin Schrott, Paula Almerares, María Bayo, Jonathan Boyd, Simón Orfila, Jaquelina Livieri, Nario de Salvo, Lucas Debevec Mayer (1er. elenco) / Funciones: hoy y el martes, a las 20, y el domingo 10, a las 17 / Teatro Colón / Nuestra opinión: bueno

Decir que la puesta de Don Giovanni fue modesta no es un juicio de calidad ni define algo malo o pobre. Sólo hace referencia a una característica, tal vez la más notoria de esta puesta realizada por el régisseur español Emilio Sagi, con un equipo de muy meritorios expertos argentinos en escenografía, vestuario e iluminación y un elenco de cantantes de primera línea, capacitado para lograr resultados más brillantes y entretenidos que los registrados el martes.

Erwin Schrott es Don Giovanni
Erwin Schrott es Don Giovanni Crédito: ARNALDO COLOMBAROLI/T.C.

Los dos actos están sembrados de ideas inteligentes, aunque no parecieron funcionar de manera trascendente. Sin despojar al personaje de su autoritarismo, su omnipotencia y, sobre todo, de la líbido, la versión de Sagi tampoco cortejó la retrospectiva. Su decadente ciudadano sevillano Don Giovanni adhiere originalidad a la imagen y singulariza el enfoque. El metafísico desenlace contribuyó a que el régisseur ganara al público y se mostrara como un creativo interesante. Pero la imagen clásica del libertino, muy arraigada en los espectadores argentinos gracias a una ópera de frecuente presencia local, no conformó, por lo menos, a la mitad de la sala que, ante la última de las notas finales, se levantó presurosa de sus asientos. La otra mitad aplaudió sin reservas, lo que muestra una vez más la cantidad de miradas disímiles que puede soportar esta ópera y su rechazo a fomentar ideas fijas.

Las tres mujeres fueron lo más brillante de la noche. En primer lugar, el señorío vocal de Paula Almerares, altamente comunicativa de la contradictoria personalidad de Donna Anna, adherida al estilo como una adicta, mostró aplomo, seguridad para manejar sus recursos, temperamento y penetración psicológica y un despliegue vocal en el que, junto a la potencia, hizo evidente su salud y latitud del pulimiento de sus agudos a sus lustrosos graves.

Donna Anna siempre da como una señora con perspectivas de solterona. Pero aún es señorita con novio, aunque la suya sea una pareja con solemnidad académica, condición que influye en su sueño de una experiencia apasionada y una sensualidad que le quema las entrañas. Almerares logra una Donna Anna joven, en la que todo está naturalmente más justificado, incluida la infidelidad, a la que, en realidad, Da Ponte consagró el libro que Mozart honró.

María Bayo hace su histérica enamorada Elvira con un profesionalismo integral, en que la eficacia vocal no se descarta. Y el gran redescubrimiento es la Zerlina de la rosarina Jaquelina Livieri con sinceridad, refinamiento, intencionalidad, una voz de notable calidad, musicalidad y mucha inteligencia.

Por su parte, al bajo barítono uruguayo Erwin Schrott le tocó hacer un mujeriego que no es el Don Giovanni del libro, sino un libertino de ciudad, licencioso, insolente, desfachatado, petulante y caradura. Cumplió su papel y lo cantó sin esfuerzo. Se trata de un profesional al que sería interesante escuchar en un rol del repertorio romántico.

El Leporello mostró un buen caudal, con un timbre raro, pero atractivo. No pareció cantar con mucho entusiasmo. Al Don Ottavio del norteamericano Jonathan Boyd se lo escuchó bien en los mezzo fortes, pero no en los pianísimos. En cuanto al Masetto de Mario De Salvo, su entusiasmo contrastó con la flema y serenidad del resto, mientras su canto dejó muy buena impresión.

Todo estuvo bien, pero algo no funcionó como se esperaba. Es que la causa no estuvo en el escenario, sino en el foso de la orquesta. Y es lo que da el tono general. El francés Marc Piollet llevó a su orquesta con una lentitud insoportable para Don Giovanni desde su misma obertura. Los encadenamientos del comienzo, el dúo con Zerlina, el Mi tradi de Elvira, los dúos de Donna Anna, especialmente el final, todo se hacía esperar en esta versión. Lo contrario de Mozart. Como explican los aficionados: un Giovanni sin ritmo, es decir, sin nervio.

La orquesta transmite su tempo a la escena. La escena no se divierte, se aburre. Como decía el genial Arturo Toscanini: "Cuando un director quiere echarse un sueñito, deja su batuta y se va a la cama. Solo".

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