Alberto Fuguet: "La literatura me protegió de la paranoia y el miedo"

El escritor chileno dice que le debe mucho a Puig y toma "el cotilleo del mundo literario" como materia prima de la obra que presentará en la Feria del Libro
Francia Fernández
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17 de abril de 2016  

Acaba de cumplir 52 años, pero aún se siente como el chico curioso que se crió feliz, en los suburbios spielbergianos de California. Claro que en lugar de ir tras un tesoro perdido, "como Los Goonies", la búsqueda de Alberto Fuguet está en escribir o filmar historias de personajes que, casi siempre, andan a la deriva, con Santiago de Chile -ciudad en la que él aterrizó traumáticamente desde los Estados Unidos, en plena dictadura, cuando tenía once años-, como escenario.

En No ficción y Sudor -títulos de Penguin Random House, su nuevo sello editorial-, que presentará en la 42a. Feria Internacional del Libro de Buenos Aires (comienza este jueves), el periodista, escritor y realizador trasandino aborda de manera directa la temática gay, que hasta ahora había insinuado sólo en pantalla. Según dice, junto con Invierno (2015), su film de cinco horas sobre un escritor suicida y su grupo cercano, son parte de una "trilogía del deseo y la amistad masculina".

No ficción es la historia de Álex, un escritor exitoso, y Renzo, un ex asistente de dirección que escribe reseñas sobre películas clase B, quienes se juntan una tarde en un departamento a ajustar cuentas sobre su relación ambigua y fallida. El libro, con tintes autobiográficos, fue recibido positivamente por la crítica cuando se lanzó en 2015. Es frontal en el lenguaje sexual, con apelativos que se repiten como zorrón, bro, perro y hueón. Más extrema es Sudor, flamante novela de 600 páginas que protagoniza un editor homosexual, cínico y aficionado a Grindr -red social gay- que debe encargarse de acompañar a un famoso escritor del Boom, inspirado en Carlos Fuentes, durante una edición de la Feria del Libro de Santiago. La prosa, los fragmentos de cartas y presuntas entrevistas, los mensajes de Grindr y WhatsApp y las anécdotas fechadas alternan en el texto, que es a la vez un intento de burla de las vanidades del mundo editorial.

¿Qué hace Fuguet en estos días? "Mucha prensa", responde, desde Santiago, en diálogo digital con La Nación revista, antes de cruzar la cordillera, el 28 de abril, para asistir al lanzamiento de Sudor en la librería Eterna Cadencia y, al día siguiente, participar de la sección Diálogos latinoamericanos de la Feria, el 1° de mayo. "Así se llamaba Sudor originalmente. Un título que tuvo durante años, desde que se me ocurrió la idea en los 90... Pero para contrarrestar esa actividad, estoy en radio, en un programa semanal de cine y cultura con dos capos de acá: Héctor Soto y Matías Rivas. Y haciendo un curso del ADN de Manuel Puig, al que le debo mucho, en la Universidad Diego Portales. La idea es ver de qué aguas bebió. Ayer vimos La marca de la pantera, del 42. Creo que un autor es lo que lee o ve y eso, en algunos, se traslada a su obra. Puig armó su obra de sus gustos y como fan. Eso lo respeto... También estoy cerrando un epílogo para una lectura de David Foster Wallace. Leo la biografía de la Didion, los diarios de la Sontag. Veo series: Vinyl me agotó."

Además de voraz consumidor cultural, Fuguet es un hacedor incansable, con referencias constantes a la cultura pop. Debutó en 1990 con Sobredosis, libro de cuentos de adolescentes en crisis que reflejó el autoritarismo de la era Pinochet. Le siguieron las novelas Mala onda y Tinta roja. En 1996, junto con Sergio Gómez, Rodrigo Fresán, Ray Loriga y otros autores influenciados por el rock, el cine y la TV, publicó McOndo, una antología de relatos en protesta al realismo mágico con que se asociaba a la literatura latinoamericana, que levantó encendidas críticas. Desde entonces, no ha parado de producir: Missing (2009), Aeropuertos (2010), Cinépata (2012) y Tránsitos. Una cartografía literaria (2013), entre otros títulos, además de películas.

Vivir y crear en Chile

No ficción y Sudor lo sitúan en su país, en un lugar intermedio, entre Pedro Lemebel (homosexualidad marginal) y Pablo Simonetti (gays de la clase alta). Fuguet también lo cree así. "Lo veo así por vivir y crear en Chile, yo soy Fuguet antes que nada. He sido todo tipo de Fuguet: cineasta, neoliberal, boludo, poser, maduro, light, feroz, bilingüe, pop, desechable, liminal y ahora gay. Creo que soy todo eso, aunque no tan boludo ni desechable. Claro que me siento emparentado con mis compatriotas. Y con muchos más. Uno es parte de una familia. Con Lemebel hay cero lazos de sangre; pero hay una cercanía y admiración. Son mundos distintos. Y está bien porque, si creemos en la diversidad, debe haber diversidad de historias. No ficción y Sudor son historias muy acotadas, por mucho que la primera sea de cámara y la otra, más bien colectiva o que intenta abarcar un mundillo de chicos privilegiados. Con Pablo venimos de lugares más cercanos. Lo siento como un hermano mayor: claramente pavimentó un camino."

Dijiste que no te gustan las novelas gay, pero No ficción y Sudor van en ese camino...

No me gustan las novelas de mercado gay, con portadas rosas, para usar un cliché. Tal como no me atraen las novelas militantemente feministas o para mujeres o ecológicas o para jóvenes. Soy poco cercano a las novelas políticas. A veces siento que algunos de mis primeros libros pudieron haber sido rotulados YA (Young Adult). Pero no hay que tomar los rótulos tan en serio. Espero que Sudor funcione por sí misma, sí es una novela gay acerca de un submundo gay: los chicos conectados, cosmopolitas, urbanos, milenios y posmilenios; una supuesta minoría que ya no es tan minoría (digamos) y que, si bien aún es discriminada por algunos, también posee derechos, códigos, libertad, una tribu. Me siento parte y admiro, desde siempre, a autores gay que han escrito o no han escrito novelas explícitas. Algunos de los mejores autores lo han sido. Está casi comprobado que la revolución gay partió con novelas, vía escritores. Lo que yo quise hacer con estas dos es, modestamente, en español, llevar la temática hacia lo explícito. Y sin dejar de explorar lo masculino. Soy un autor que es gay y eso se va a colar en lo que hago. Siempre se me ha notado, creo, por escrito o en mi mirada fílmica.

¿Qué te movió a escribir un personaje inspirado en Carlos Fuentes?

Una fascinación con el Boom. Me crié siendo hijo de las grandes figuras. Me intriga demasiado eso de ser hijo de. Me tocó ver el peso de la noche donosiana que dañó a su hija Pilar (N. de la R.: se suicidó en 2011). Ella pudo hacer un libro notable (Correr el tupido velo, 2009), pero a qué costo. Fui alumno de José Donoso y tuve un lazo superficial y cordial, y fui tildado de Donosito. Entonces, un día, como en el 97, vi a Fuentes y su hijo firmando un libro que hicieron juntos. Fuentes padre, perfecto; el hijo pálido y con un acento que se parecía al mío cuando llegué a Chile como gringo. Y luego, cuando se murió (a los 25 años), quedé impactado... El Boom, los libros y el cotilleo del mundo literario, o el pelambre, como decimos en Chile, es materia prima literaria (ver Borges de Bioy Casares). Fue tanto. Pensé en las historias de Fuentes y su famosa gira literaria, en el peso de ser hijo de y en las viudas míticas (las célebres writer's wives). Y todo eso se me mezcló con una cinta que amo: Mi año favorito de Richard Benjamin (1982), con Peter O'Toole, y que es un remix de lo que le pasó a Mel Brooks, cuando tuvo que cuidar, como pasante de la NBC, a Errol Flynn. Entonces, yo que he hecho giras de prensa y sé de la extraña intimidad que se logra entre dos extraños (autor y chica de prensa, casi todas son chicas), pensé: ¿qué pasaría si el chico es gay y quiere zafar del padre en esta escala? Toda figura inmensa del Boom da para libro. McOndo fue mi intento de matar a García Márquez; he tratado de imitar a Vargas Llosa; soy fan de Puig... ¿Y si mezclo a todos?, pensé. De ahí salió todo.

En No ficción, Álex y Renzo tienen una relación ambigua, dolorosa, extraña. ¿Creés que el amor es una suerte de gran malentendido?

No, para nada. Muchos amores lo son y quizás son amores intensos, pero lo intenso de esa relación es que justamente no hay relación, o si la hay, es lo ambigua y acaso lo tóxica que es. Hay muchos malentendidos y mejor: todo está claro, pero uno de ellos no desea nombrar ese amor... Aún hoy hay muchos que no se atreven a ceder al "amor no que no se puede mencionar". El amor entre personas resueltas puede ser un súperentendido, donde nada es ambiguo... Creo que la literatura y el cine se han encargado de sobrevalorar el amor que no resulta. No ficción tiene algo de Jane Austen para chicos: se aman, pero no pueden estar juntos. ¿Por qué? Porque uno tiene pánico de asumirse y sólo desea una amistad intensa, una hermandad.

¿Qué te resulta más fascinante del mundo masculino, para ponerlo en el papel?

No sé por qué me fascina, pero me fascina, esa es la palabra. Me intrigan los hombres que, en general, han sido un poco mi tema: torpes, malos para expresarse, medio perdidos, deseosos y competitivos. Y se une el extra sexual: el poder explorarse, el acceso a los cuerpos como una suerte de jugar a los soldados, pero sin ropa. Me parecía que había una posibilidad o una puerta al escribir de deseo y carne y genitales y olores y rozar lo porno. Transformar la carne en prosa. Me atrae y divierte Almodóvar, pero sus cintas masculinas me dejan frío. Pensé: cómo se podría escribir algo horny (cachondo), pero cuya meta final no sea sólo masturbarse como en un cuento porno de la red. El desafío era unir lo hosco con lo tierno. Y tratar de encontrar la poesía y lo estético en ese mundo más rudo. Una cosa loca fue captar que, al final, Grindr usa el lenguaje para seducir. A veces es burdo, a veces, más creativo, pero es insólito y fascinante que el lenguaje vuelva a ser una herramienta de seducción. Me encanta eso.

No ficción debutó muy bien en Chile y fue listado entre los diez mejores libros de 2015 por el diario La Tercera. ¿Qué expectativas tenés en la Argentina?

Que se lea por ahí. Que guste. Que alguien subraye algo, que alguno se lo regale a un chico que le gusta, no sé. Lo de siempre, cuando uno saca un libro... Mejor no tener expectativas. Igual supongo que uno las tiene: Argentina es donde uno quisiera que te lean; es la tierra de gente que admiro, partiendo por Manuel Puig, claro... Me gusta que Sudor y No ficción salgan allá como combo. Y entrar de nuevo a las librerías de la mano de Penguin Random House es una suerte. Argentina es donde yo iba a comprar libros, a conocer escritores... Mala onda, mi primera novela, apareció allá primero. Lo curioso (y es teoría mía) es que quizás los que más han enganchado con mis trabajos han sido cinéfilos. Todas mis películas indies debutaron en el Bafici y quedé feliz. Invierno, que es parte de esta trilogía, partió allá y funcionó con sus 5 horas y llenó. Le debo mucho al Bafici y a la revista El Amante, como lector y colaborador. Espero que esos cinéfilos me lean y les pasen cosas parecidas. Yo creo que sí.

Ahora mismo, cuenta, está fascinado con Carlos Correas, el primer intelectual, según Fuguet, que se atrevió con la temática gay en la ficción argentina. "Allá hay una tradición de una literatura masculina u homoerótica. Muchos amigos, mucha amistad intensa. Me acuerdo de la adaptación de La intrusa de Borges en el cine: quedé mal, erotizado. Me gusta el cine de Ezequiel Acuña, de Marco Berger, de Martín Rejtman", enumera. "Lo otro que me atrae es que en la Argentina son más zafados, cosmopolitas... no creo que se desvíen por la temática "gay" y más bien enganchen o no con los personajes, el estilo de las dos historias que entrego. Me intriga sacar estos libros en un país que es tan fan de La ley de la calle (una cinta tan tan ultra homoerótica y a la vez quizás no) así que tengo fe que conectarán", agrega el director de Locaciones. Buscando a Rusty James (2013), documental o "ensayo-cinéfilo", como lo llama, de la película de Francis Ford Coppola, que protagonizó Matt Dillon, en 1983.

Caminar al borde

Tanto en lo libros de Fuguet como en sus películas ( Se arrienda, Velódromo, Música campesina, Invierno), los protagonistas demuestran cierta apatía por la vida. Son como huérfanos o descreídos. O están dañados. Como si caminaran al borde del precipicio. ¿Es lo que buscás transmitir? "Creo que sí -contesta-. Hay algo de la identidad gay en sentirse alguien que camina en el precipicio. Es alguien que ahora quizás está en una fiesta, pero que en cualquier momento puede ser expulsado. Como un extranjero también. Esa identidad o forma de ver la vida o de sentirla ha permeado a todos mis personajes. Quizás por eso que cualquier persona que no se siente del todo hallada o segura puede enganchar con mis personajes. Yo al menos engancho y mucho con los míos."

Hoy, sin embargo, Fuguet dice vivir un período especialmente bueno, gozoso, "tan en buena". No siempre le resultó fácil, sobre todo, admite, vivir su homosexualidad en un país mayormente con altos grados de homofobia. "No fue fácil. No es fácil no jugar al fútbol. O que pasen cosas violentas, pero de eso capaz que escriba más adelante. Tengo unos años, una era, unos eventos de los que deseo escribir como memorias. Todo lo que te convierte en escritor y en persona. Esos dolores, traumas, situaciones violentas, traiciones, despidos, escarnios dan para libro. Sólo las puedo decir de esa forma. Acá no."

¿Ya estás pensando en un próximo proyecto?

En rigor, ¡no! Estoy pensando en cómo se vive sin proyecto. Me encantaría escribir para otros. No sólo que me adapten, sino adaptar a otros (¿Puig?) o trabajar en guiones de otros, colaborar. Paso el aviso, ojo. También deseo seguir escribiendo de cine, creo que se necesitan más críticos que creadores (hay hartos). Ahora sería feliz siendo jurado en alguna parte. Todo está por verse.

¿La escritura te salvó de algo?

De todo. De mucho. De demasiadas cosas. Me hizo procesar y aprender un idioma nuevo. Y luego refugiarme cuando me escondí por mucho tiempo. No sé si fue terapéutica, pero me armé un mundo donde estaba cómodo. Ahora el mundo real me atrae y estoy cómodo en él, pero sigo en deuda y adicto a las ficciones. Ahora quizás me siento cercano a la no ficción, la de verdad, porque me siento menos paranoico. La literatura me protegió como un escudo de la paranoia y el miedo, pero no de la cosa gay sino del rechazo visceral del odio, la cosa de la clase, el ser distinto (partiendo por ser extranjero: "un gringo culeado"), el rechazo de mi propia escritura. Me salvó y por eso me atrae la escritura que puede salvar o acompañar.

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