Bajo el escudo protector de un relato

Aníbal Pérez-Liñán
Aníbal Pérez-Liñán PARA LA NACION
Los presidentes son recordados como grandes líderes por sus seguidores cuando consiguen controlar la interpretación de sus actos a través de un discurso de ruptura con la herencia recibida, algo que Cambiemos desaprovecha
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19 de abril de 2016  

Fuente: LA NACION

La movilización en apoyo de Cristina Kirchner la semana pasada invocó el imaginario militante primordial del peronismo. El viaje desde Santa Cruz para presentarse ante la Justicia, tras cuatro meses de silencio, parecía un regreso a casa después de 17 años de exilio. El saludo desde un balcón a los seguidores rememoró el espíritu eufórico de 1972. La manifestación en Comodoro Py amenazaba con un 17 de octubre en pleno abril. ¿Cómo explicar este aparente retorno triunfal en medio de semejante pantano judicial?

No es raro que los ex presidentes o las ex presidentas se vean en apuros con la justicia. Y la justicia no siempre es ciega con quienes pierden el poder. La politóloga Catherine Conaghan documentó que, entre 1980 y 2010, no menos de 34 ex mandatarios latinoamericanos enfrentaron juicios penales. En los años 80, las acusaciones referían generalmente a violaciones de derechos humanos. Hoy en día, los acusados enfrentan cargos de corrupción. Es una muestra de que la región ha progresado, y no hay en esta frase ironía alguna.

Los líderes enjuiciados se ven abandonados por sus antiguos aliados y despreciados por sus antiguos votantes. A menudo terminan en el exilio, eludiendo la justicia que les respondía complacientemente cuando controlaban el poder. Algunos nunca regresan a casa. Abdalá Bucaram, presidente de Ecuador en los años noventa, intentó durante años que su partido negociara en el Congreso la remoción de los cargos en su contra. Todavía permanece exiliado en Panamá. Otros tienen más éxito. Fernando Collor, rehabilitado políticamente años después de ser destituido por corrupción, retornó finalmente al Senado brasileño, desde donde hoy –paradojas de la vida–quizás deba juzgar a Dilma Rousseff.

El caso de Cristina Kirchner es diferente. No es que gobernadores y diputados no hayan abandonado ya el agujereado barco kirchnerista. Pocos políticos profesionales en el PJ creen en la lealtad más allá del poder. Pero existe un importante sector del electorado –quizás un 20% de la población– que nunca dejó de confiar en "el relato".

Los presidentes son recordados como grandes líderes cuando consiguen controlar la interpretación histórica de sus actos. Ésta no es tarea fácil para ningún gobernante, pero Cristina Kirchner tuvo dos importantes condiciones a su favor. La primera fue la posibilidad de denunciar el pasado. Su segunda ventaja fue la prosperidad que permitió consolidar un orden político emergente.

El kirchnerismo en el poder se caracterizó, más que nada, por su vibrante rechazo del pasado. Esta denuncia resulta fundamental en la arquitectura de un relato político exitoso porque justifica el desconocimiento de los acuerdos heredados y permite la rearticulación de las alianzas de poder en nombre de un futuro mejor, y en beneficio de los nuevos aliados.

Es verdad que en 2003 rechazar el legado de la crisis no resultaba particularmente difícil. Lo notable es que el kirchnerismo mantuvo exitosamente este discurso de reconstrucción durante la gestión de dos presidentes y por más de una década.

La denuncia del pasado pierde credibilidad cuando el mismo gobierno ha controlado el poder por un largo tiempo, pero Néstor y Cristina mantuvieron viva esta llama delatando una conspiración de intereses que nunca terminaba de ser derrotada. Las sombras acechantes de la historia –militares represores, políticos traidores, medios de comunicación hegemónicos y enemigos neoliberales– jamás dejaron de inspirar la movilización militante. Estas supuestas amenazas justificaron la intransigencia frente al disenso y el rechazo de la crítica. Las crecientes reacciones sociales frente a esta intolerancia simplemente fueron leídas por los seguidores del gobierno como una prueba más de que la conspiración aún estaba en marcha.

Esta promesa de reconstrucción tuvo, es esencial recordarlo, un correlato en los hechos. A pesar de los datos deformados del Indec, que lamentablemente ocultan bajo un manto de exageración los logros reales de los últimos 15 años, es indudable que la Argentina experimentó un importante progreso. La expansión de los precios internacionales de las materias primas generó las condiciones materiales para la reconfiguración del orden político, la adopción de novedosas políticas sociales y una mejora sustantiva en las condiciones de vida. De acuerdo con el Banco Mundial, casi el 20% de la población argentina sobrevivía con menos de tres dólares al día en 2003. Diez años más tarde, ese índice había caído a menos del 4%.

Quizás Cristina Kirchner nunca haya sido plenamente consciente de la fortuna política que le representó haber gobernado en uno de los períodos más prósperos de la historia latinoamericana. Todos los políticos corren el riesgo de creer su propia narrativa.

La misma realidad que había respaldado el discurso de reconstrucción destruyó sin embargo las ambiciones hegemónicas cuando la economía china dejó de crecer y las políticas económicas insostenibles se tornaron evidentes para el electorado. No es claro que una mayoría haya respaldado el proyecto de Cambiemos en la última elección, pero resulta claro que una mayoría rechazó en las urnas el legado del kirchnerismo.

Esto pone a Mauricio Macri frente a la necesidad de articular su propio discurso de reconstrucción. ¿Cómo liberarse de los lastres del pasado y capitalizar la indignación popular? ¿No sería conveniente estigmatizar la herencia recibida, prometer cambios profundos, liderar una vehemente campaña de moralización? Resulta tentador hechizar a una mayoría que demanda hoy castigo ejemplar para los políticos corruptos.

Sin embargo, el nuevo gobierno parece haber delegado la tarea de denunciar el pasado a los periodistas y a los jueces. Al hacer esto, el Presidente delega también la capacidad para comandar la interpretación de sus actos. Cambiemos ha actuado velozmente en el terreno de los hechos, purgando la administración pública y reconfigurando las redes de acceso al Estado, pero no ha ofrecido una narrativa poderosa para enmarcar estas acciones. Frente a la tradición de discurso belicoso kirchnerista, el nuevo equipo parece poco inclinado a incitar pasiones y movilizar apoyos. Esto constituye una debilidad política fundacional, porque el Gobierno carece de una justificación automática para los errores y excesos cometidos en la articulación del nuevo esquema de poder.

Sin embargo, es allí donde la ruptura con el pasado quizás resulte políticamente más eficaz. El Gobierno, por estrategia o por incapacidad, no persigue un discurso de reconstrucción, sino una reconstrucción del discurso. Las movilizaciones militantes en defensa de Cristina, cargadas de relato, recuerdan a buena parte de los votantes –en el momento en que comienzan a dudar– por qué apoyaron a Macri hace apenas algunos meses.

La búsqueda de un espacio público más complejo, abierto al disenso y respetuoso de los contraargumentos es sin duda el camino correcto para las democracias latinoamericanas en el siglo XXI. Pero para cada gobierno que llega al poder, la tentación de anunciar unilateralmente la implantación de una nueva era es difícil de resistir. El fracaso por definir el sentido de los propios actos tiene un costo político enorme; significa que los adversarios controlan la interpretación de la historia. Y los años de rápido crecimiento económico, cuando la bonanza del nuevo siglo respaldaba fácilmente cualquier narrativa de poder, claramente han quedado atrás.

Profesor de Ciencia Política, Universidad de Pittsburgh

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