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El cuarto propio de Charlotte Brontë

Michael Fassbender y Mia Wasikowska en la adaptación de Jane Eyre dirigida por Cary Fukunawa
Michael Fassbender y Mia Wasikowska en la adaptación de Jane Eyre dirigida por Cary Fukunawa
Cuando se cumplen 200 años del nacimiento de la escritora inglesa recordamos la vigencia de su obra maestra, Jane Eyre, el punto en el que la narradora femenina comienza a devenir una voz abiertamente feminista
Cecilia Acuña
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22 de abril de 2016  • 12:12

Retrato atribuido a George Richmond
Retrato atribuido a George Richmond

Cuando hacia el final de Jane Eyre, la protagonista le habla directamente al lector -tal como lo hace desde el principio de la novela- para comunicarle su casamiento con el señor Rochester -de ahí, la frase famosa "Querido lector, me casé con él"- lo hace como si, de alguna manera, le estuviera pidiendo disculpas, como si se estuviera justificando, quizás, por desilusionarlo, por haber elegido al matrimonio por encima de la autosuficiencia defendida y proclamada como ideal durante las más de trescientas páginas previas de relato. La frase, incluso con la sutileza sintáctica de aclarar que es ella quien se casó con él y no él quien se casó con ella, funciona como la síntesis perfecta del texto autobiográfico creado por Charlotte Brontë, la célebre escritora británica nacida hace doscientos años.

Jane contemporánea

Junto con sus hermanas Emily y Anne, Charlotte forma parte de una familia de escritoras hermanas entre las que se destaca por la creación de la poderosa voz de Jane Eyre, que no es más que la suya protegida de las murmuraciones, los prejuicios y la moralidad victorianas. Publicada en 1847, la novela de tintes góticos -una huérfana maltratada, un héroe byroniano, una castillo con secretos, una presencia escondida y amenazadora, un incendio trágico y hasta ciertas sensaciones prohibidas- se mantiene aún hoy vigente gracias a la personalidad de su protagonista a la que se podría definir como el origen remoto de la mujer fuerte, independiente y autónoma. "La voz de la más famosa de las hermanas Brontë nos llega desde mediados del siglo XIX con la claridad y la vehemencia que sólo detentan las causas justas y las denuncias vigentes", explica la escritora Alicia Plante. La trascendencia de la escritora viene justamente de ahí: del hecho de haber logrado construir un personaje actual en un contexto en el que resultaba casi fantástico pensar siquiera en una mujer sola, firme y satisfecha.

Retrato atribuido a George Richmond
Retrato atribuido a George Richmond

No podemos saber si Charlotte sólo se proyectó a sí misma en la ficción o si lo hizo con un propósito visionario, pero lo cierto es que el devenir de Jane Eyre ha sido reivindicado desde fines del siglo XX como una novela de lectura feminista haciendo alusión a los obstáculos que debe enfrentar una mujer en la batalla por alcanzar la independencia y conservarla. Jane es hoy contemporánea en el sentido de que trabaja para poder sostenerse a sí misma sin depender de la fortuna de nadie. Y no sólo eso, sino que en cuanto descubre que el hombre al que ama está casado decide no claudicar a sus principios y abandonarlo para evitar convertirse en su amante y así perder su condición de igual. Tal es el esfuerzo que hace para resistirse y conservar su espíritu de libertad que cuando su primo, el pastor St. John Rivers, le propone casamiento no por amor sino por una conveniencia ligada a la religión y a la solidaridad, Jane vuelve a negarse movida por un respeto a sí misma y a sus propios ideales. En este sentido, la escritora Joyce Carol Oates sostiene -en un prólogo de la novela publicado en 1988 por el sello Bantam Classics que luego se editó como texto independiente-, que la resistencia es el tema de la historia de Brontë haciendo referencia a la frase "Me resistí todo el camino", que aparece en palabras de Jane niña cuando su tía la encierra en el cuarto donde murió su marido.

"Jane Eyre pide ser pensada como el proto-relato de la self-made-woman: la historia de la mujer que se hace a sí misma pese al contexto familiar hostil y a los mandatos rígidos de la sociedad", señala Florencia Angilletta, licenciada en Letras y becaria doctoral del Conicet. Es que lejos de las lecturas moralizantes de sus razones, antes que nada, la heroína de Brönte está protegiendo las fronteras de su sagrada autonomía que le impiden amar a quien sea en condiciones que ella considera indignas. Es aquí también donde la escritora logra que el lector se identifique con la protagonista, incluso en pleno 2016.

La inauguración de un género

Mientras que Jane Austen conserva la actualidad gracias a la ironía y a la sutil ligereza de sus novelas, que permiten múltiples lecturas y revisiones, Charlotte Brontë también lo hace pero de otra manera: su Jane seria y solemne es actual porque su propia libertad es una conquista intransigente. No es el humor, entonces, lo que une a las escritoras, sino la inauguración de un género. "Para poder trazar un mapa de la novela inglesa moderna es fundamental considerar las ficciones de Jane Austen, Charlotte Brontë y Virginia Woolf. Jane Eyre puede pensarse como un texto instaurador de discursividad: ha sido leído como uno de los libros fundacionales para abordar esa relación siempre compleja y zigzagueante de la literatura para mujeres escrita por mujeres. Unos años antes, Gustave Flaubert había publicado Madame Bovary, otro libro instaurador de discursividad sobre la lectura femenina, pero Brontë es una de las primeras mujeres que se atrevió a hacer lo que otros varones ya habían hecho. El artefacto Jane Eyre, entonces, inauguró también una nueva comunidad de lectores y esa, quizá, sea la clave que permita comprender el porqué de su vigencia", propone Angilletta.

En este sentido, la conciencia de sí misma y de la propia libertad se termina de cristalizar no sólo por lo que cuenta el relato, sino también a través de la forma de contarlo, de la voz de Jane que interpela al lector desde sus propios sentimientos y lo obliga a ver el mundo tal como ella lo entiende. Brontë se aprovecha del estilo para volver a mostrar la autonomía de su personaje gracias a la habilidad de su pluma. En el libro de ensayos The Common Reader, Virginia Woolf asegura que en Jane Eyre no hay nada interesante salvo su voz: "La voz de Jane es la fuente del poder que tiene el libro para poder absorber por completo al lector dentro de su mundo".

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