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Brasil: no fracasaron las coaliciones, sino una forma de gobernarlas

Facundo Cruz
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22 de abril de 2016  • 12:41

El gigante regional se despertó. Pero no de la mejor forma, sino con el pie izquierdo. Brasil está inmerso en una crisis política e institucional que vuelve a vivir como a principios de los años 90. Un nuevo juicio político contra el Presidente, en esta oportunidad Dilma Rousseff. Si la primera experiencia aparentó ser una tragedia, ésta tiene momentos de farsa.

Más que las consecuencias sobre la (costosa) estabilidad política que deberá recuperar una vez que avance el proceso y se confirme la destitución de la titular del Poder Ejecutivo, lo que se pone en debate en Brasil es una fórmula política común en América Latina: la de los presidencialismos de coalición.

Pero, aunque es el más conocido, Brasil no es el único caso de gobierno de coalición en América Latina. El problema de fondo radica en discutir los modelos de gestión de esos acuerdos entre partidos, es decir, el gobierno de la coalición antes que la coalición en sí misma. ¿Qué modelos existen en el Cono Sur?

Las coaliciones por recursos públicos

Los partidos políticos construyen coaliciones sobre la base de dos criterios separados, pero no opuestos entre sí. Pueden hacerlo a partir de la disponibilidad de distintos recursos públicos que pueden ser distribuidos entre los miembros del acuerdo según cierto criterio político establecido, generalmente, por el Presidente (el "formateador" de la coalición). También pueden hacerlo por afinidades ideológicas o programáticas: ideas comunes compartidas y defendidas por todos los integrantes, plasmadas en un plan de gobierno que se lleva a cabo. Recursos públicos y programa político pueden trabajar en conjunto, o bien puede pesar uno por encima del otro.

Brasil nos acostumbró al primer criterio. Como indicó Daniel Chasquetti esta semana, las coaliciones de gobierno brasileñas sobrevivieron gracias a las herramientas institucionales y a los recursos públicos disponibles en manos del Poder Ejecutivo nacional. Este factor determinante permitió que quien ocupara el Palacio del Planalto gobernara una de las democracias más fragmentadas del mundo.

Ahora, cuando surge una crisis económica y fiscal de envergadura, ¿qué recursos quedan? Pocos. ¿Cómo se reparten? Entre los más cercanos. Veamos la distribución de carteras ministeriales. Según una investigación del Grupo de Investigación "Coaliciones Políticas en América Latina" (UBA), al momento de asumir Dilma Rousseff su segundo mandato el PT contaba con el 13,6% de las bancas en la Cámara de Diputados, mientras que el PMDB (su principal socio) tenía el 12,8%. Sin embargo, en el reparto de ministerios, el Partido de los Trabajadores (PT) recibió el 33% y el PMDB tan solo el 15%. El resto se repartió entre otros 8 partidos de todo el espectro ideológico y varios dirigentes sin afiliación partidaria. Mucho desbalance: el ancho de espadas, el de basto y el 7 para uno solo.

Unos meses después, Dilma quiso compensar ese error inicial. Barajó de nuevo y los principales socios quedaron más parejos: 29% de los ministerios para el PT y 22% para el PMDB. No alcanzó. Un socio mal pago desde el principio siempre anda con ganas de irse, más aún en una larga relación de 14 años.

Las coaliciones programáticas

Pero no siempre las coaliciones terminan en crisis. Las experiencias en Chile y Uruguay se inscriben en un modelo de gestión de la coalición centrado más en las afinidades programáticas que en la distribución de recursos públicos. La Concertación/Nueva Mayoría (Chile) y el Frente Amplio (Uruguay) atravesaron momentos tensos en la convivencia. Pero nunca terminaron en tribunales.

Ambos casos muestran dos elementos centrales para gobernar una coalición. En primer lugar, el reparto de carteras ministeriales fue más balanceado entre los socios y menos concentrado en un solo actor. Respecto a este punto, Peter Siavelis indica que los partidos se agrupan al interior de las coaliciones según su cercanía ideológica. La Concertación y el Frente Amplio tienen en su interior subacuerdos entre dos grandes grupos de partidos: uno más cercano al centro y otro más cercano a la izquierda. Esto genera una instancia más de coordinación en su interior para procesar conflictos internos: lo que el subacuerdo no resuelve lo hace la coalición en su conjunto. Todos contentos, la mayor parte del tiempo.

En segundo lugar, las reglas internas que regulan la relación entre socios son preestablecidas, acordadas y consensuadas por todos los miembros. Estas normas internas son pautas de convivencia para gobernar juntos: un código grabado en el ADN de cada coalición que procesa las disputas de poder y les imprime estabilidad temporal.

¿El resultado? Positivo. Los 20 años de gobierno de la Concertación solo se vieron interrumpidos por un mandato de Sebastián Piñera (Coalición por el Cambio) para luego retornar como Nueva Mayoría. El Frente Amplio ya lleva 11 años y contando.

Los hermanos menores

La combinación de crisis fiscal y económica con socios descontentos en una coalición que se sostiene mayormente con recursos públicos es un caldo de cultivo que siempre puede explotar. Y lo hizo el domingo pasado en Brasil.

Fue uno más de tantos intentos. Chasquetti también encontró informes que muestran que desde principios de los años 90 se presentaron un total de 61 pedidos de juicio político a presidentes brasileños. Sólo uno de ellos entró, el fin de semana pasado.

Tal como demuestra Adrián Albala en un artículo próximo a publicarse, las coaliciones de gobierno en Sudamérica son más fuertes cuando los socios tienen un precedente electoral de convivencia conjunta. Esos acuerdos, cuando se sustentan en reglas comunes y aceptadas, son duraderos y mejoran la toma de decisiones.

El gigante se despertó. Revolucionó la región. Pero esta vez quizás tenga que aprender de sus hermanos menores.

El autor es politólogo, docente e investigador (UBA) y doctorando (UNSAM) ( @facucruz)

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