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De Charly García a los Stones; los rockanomics salen a escena

El cancionero del rock puede servir para motivar y ejemplificar la mayoría de los conceptos económicos básicos; es un escenario fértil para la enseñanza de esta ciencia,
Walter Sosa Escudero
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24 de abril de 2016  

Fuente: LA NACION

"Todo tiene que ver con todo", repetía Pancho Ibáñez, el conocido locutor televisivo. Frase que la economía parece haberse tomado a pecho en los últimos años, a la luz del fenómeno Freakonomics liderado por Steve Levitt y sus populares libros, en los que muestra que la "ciencia sombría" parece no haber dejado títere con cabeza. Así, luchadores de sumo, narcotraficantes, miembros del Ku Klux Klan, prostitutas y arqueros de fútbol son escrutados con las técnicas que otrora se usaban para dar cuenta de la causa de la riqueza de las naciones, como en el libro seminal de Adam Smith.

Y en esta discepoliana "mezcla misteriosa de sabiondos y suicidas" el rock no se iba a quedar afuera. La mayoría de los nexos entre el rock y la economía son triviales, a la luz de los efectos negativos de la economía cotidiana y de la naturaleza quejosa y locuaz de los rockeros. Por ejemplo, cuando allá por los sesenta los Rolling Stones gritaban "¡no puedo conseguir satisfacción!" no decían algo muy distinto de quien se da de bruces contra su restricción presupuestaria y no llega a fin de mes.

Cualquier rockero que se precie de tal y que se haya hecho cargo de eso de "si se pone de pie para señalar algo que está mal pero no pide sangre para remediarlo" -como pontificaba Pete Townshend, el mítico líder de The Who- a la larga se ocupó de la economía, conscientemente o no. Y las referencias van desde el "Money", de Pink Floyd, y su comienzo alienante de sonidos de cajas registradoras, hasta "Electioneering", de Radiohead, y su mención a la "economía vudú" de los vaivenes económicos en épocas de elecciones, que tan cerca nos pasa a los argentinos, económica y fonéticamente, en alusión solapada a nuestro ex vicepresidente y aficionado al rock Amado Boudou.

En la misma línea, el mago de la guitarra, BB King, cantaba el "Blues de la inflación", una suerte de carta abierta a su presidente en donde le pide que "haga algo con el precio del azúcar, porque el café me gusta dulce". Bob Dylan, el poeta de una generación, en "Slow Train" -una larga y críptica diatriba en contra de los Estados Unidos- pone nerviosos a los economistas cuando dice "¡no me importa la economía!", tranquilizándolos un poco cuando en la misma canción arremete contra la física ("¡no me importa la astronomía!"), porque mal de muchos, consuelo de todos.

Así como parece existir un episodio de Seinfeld para ilustrar cualquier aspecto de la vida cotidiana, el rock provee un escenario fértil para la enseñanza de la economía. Este es el desafío que aceptaron el profesor Joshua Hall y sus colaboradores, quienes escribieron una completa guía llamada De Abba a Zeppelin: recursos para enseñar economía, una detallada documentación de cómo el cancionero del rock puede servir para motivar y ejemplificar la mayoría de los conceptos económicos básicos.

En una línea similar, el profesor Simon Bowmaker, de la Universidad de Nueva York, dicta una asignatura llamada "La economía del sexo, las drogas y el rock and roll", que pone los pelos de punta a los tradicionalistas que insisten con el libro de Samuelson y las curvas de oferta y demanda, y a cualquiera que acuse a la economía de ser una disciplina imperialista, al prometer en su programa que "la economía puede ayudar a entender cualquier aspecto del comportamiento humano".

En los ejemplos anteriores es el rock el que se ocupa de la economía. Pero así como hacen falta dos para bailar el tango, muchas veces es la propia economía la que se ocupa de "la música del demonio", tal como la caracterizaba el reverendo Jimmy Snow en sus sermones de la época de Elvis y Bill Haley.

El espíritu meterete e iconoclasta (¿rockero?) de la profesión hace que ante la frase "sobre gustos no hay nada escrito", los economistas sientan un deseo irrefrenable de correr a la computadora y abrir el Word. Y es posiblemente en este sentido que Robert Oxoby, de la Universidad de Calgary, utilizó técnicas experimentales para meter la cuchara de la economía en uno de los "River-Boca" del rock and roll: ¿quién fue el mejor cantante de AC/DC, el finado Bon Scott o su reemplazante, el ex camionero Brian Johnson? La gélida balanza de la ciencia social se inclina por Johnson, para espanto de aproximadamente la mitad de los fans de la icónica y argentinizada banda de hard rock.

Y continuando con la versión dura del rock, los economistas Richard Florida y Charlotta Mellander encuentran que la cantidad de bandas de heavy metal de un país correlaciona positivamente con su bienestar económico. Tentados a derivar inferencias causales a partir de una burda correlación, los aficionados al rock apoyaríamos enfáticamente una drástica reforma educativa que fomente programas como el de Escuela de rock, la entrañable película protagonizada por Jack Black, y también resolver el problema de la sequía repartiendo paraguas, ¿o acaso no es cierto que siempre que la gente anda con paraguas llueve, tanto como que el heavy metal mejora el bienestar? Estos ejemplos muestran que, contra lo que todos creen, sobre gustos hay mucho escrito, pasa que nadie lo lee.

Pero quizá la madre de todos los vínculos entre el rock y la economía sea el hecho de que el más famoso de los economistas es un rockero emblemático. Avenidos a la conveniente definición de que economista es cualquiera que haya estudiado economía, Mick Jagger se convierte en el abanderado rockero de la ciencia de Marx y Smith, habiéndose formado en la prestigiosa London School of Economics, la misma escuela que tuvo en sus claustros a Martín Lousteau, ex ministro y actual embajador argentino en los Estados Unidos.

Como todos sabemos, en algún momento Jagger prefirió el camino del rock, sobre lo cual su tutor, Walter Stern, escribió en un reporte: "El Sr. Jagger me informó hoy que va a abandonar la facultad para formar una banda de rock. Le advertí que no había mucho dinero en ese negocio", brindando una prematura y elocuente muestra de las sospechosas habilidades predictivas de los economistas.

¿Y por casa cómo andamos? En "José Mercado" Charly García describe a un oscuro personaje de los años de plomo (y que refiere tangencialmente al ex ministro de la dictadura José Alfredo Martínez de Hoz), que "compra todo importado", para terminar diciendo que "José es licenciado en Economía", en una espeluznante escena de economía en carne viva. Jamás el rock se atrevió a tanto. Jamás el rock y la economía estuvieron tan peligrosamente cerca.

El autor es profesor de la Universidad de San Andrés e investigador principal del Conicet

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