Germán Sopeña, o la mejor expresión del periodismo

Carlos M. Reymundo Roberts
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28 de abril de 2016  

Hace 15 años, el viernes 27 de abril de 2001, sobre el filo de la medianoche, Germán Sopeña se puso el saco, agarró unos libros y se despidió. Ya había dejado lista y enviada al taller de impresión la edición del día. En la vieja Redacción de la calle Bouchard quedaba un puñado de personas. Cosa rara en alguien que parecía tener el tiempo en sus manos, aquella noche estaba algo apurado. Pocas horas después debía tomar un vuelo a la Patagonia para asistir, con un grupo de amigos, a un homenaje al perito Francisco P. Moreno en Santa Cruz. Iba a dormir sólo un par de horas, tampoco algo excepcional en su vida. A eso de las 9 de la mañana del 28, mi madre, por teléfono, me despertó con la noticia: el avión se había caído en Roque Pérez, provincia de Buenos Aires. Al rato, la confirmación: no había sobrevivientes.

Germán tenía 55 años y era, desde hacía dos años, el secretario general de Redacción. El capitán del barco. Además de la conmoción y el dolor, porque le tenía un enorme aprecio, recuerdo perfectamente que sentí algo que estaba entre el miedo y la angustia. ¿Seríamos capaces de hacer el diario sin él? En todo caso: ¿se iba a notar mucho que ese diario ya no era el mismo? Después de Claudio Escribano, por entonces subdirector de LA NACION no había conocido -ni conocí hasta hoy- a ningún periodista de su envergadura. Me acuerdo que pensaba: no es que este tipo sea bueno acá, en la Argentina; este tipo sería bueno en cualquier gran diario del mundo.

Licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad del Salvador, con estudios de posgrado en la Sorbona, hablaba seis idiomas, era inteligente, culto, había recorrido los cinco continentes, tenía una memoria prodigiosa, escribía rápido y bien -muy rápido y muy bien-, dominaba todos los géneros periodísticos (hizo memorables crónicas, entrevistas, investigaciones, columnas de opinión) y podía conversar mano a mano con historiadores, políticos, economistas, deportistas, músicos, artistas. En una ocasión, por los años 90, un filósofo ganó un concurso de ensayos de LA NACION. Germán no estaba de acuerdo con la tesis del trabajo y pidió hacerle una entrevista crítica. Como se lee: una entrevista crítica a un autor al que el diario acababa de premiar. El resultado fue un exquisito debate, de profundidad poco habitual, que LA NACION reprodujo en sus páginas.

Daba la impresión de que nada escapaba a su universo de conocimientos, y de que a él todo le resultaba fácil. Hacer un diario, escribir un libro (publicó cuatro), dar una conferencia en Harvard, identificar las grandes tendencias del mundo, dibujar, tocar la guitarra, cantar. También jugaba al fútbol, pero difícilmente será recordado en ese rubro. Sí se lo recordará como un verdadero experto en trenes y en autos. Y en la Patagonia, la región a la que más había viajado, la niña de sus ojos, su paraíso.

Cordobés de Huinca Renancó, no era, sin embargo, alguien que podía ser encasillado en una provincia, en un país, en una región. En 1977 se instaló en París como corresponsal de Editorial Abril, para la que trabajó hasta 1985. Fue un corresponsal clásico. Con la misma idoneidad cubría desde un acontecimiento deportivo hasta una revolución y una guerra. Volvió al país y se sumó al diario Tiempo Argentino, que acababa de salir. En 1986 se incorporó a la nacion como editor de la sección Economía; después fue, con una velocidad nada habitual para un diario en el que el cursus honorum podía llevar años, secretario de Redacción, prosecretario general y secretario general.

Ya al frente del barco, todos los días llegaba a eso de las 11 de la mañana (y no se iba hasta 12 o 13 horas después) con los diarios leídos, y leídos con el ojo exigente que corresponde a un jefe de Redacción. En las cortas mañanas en su casa además leía y escribía libros, escuchaba radio y música, y empezaba a organizar el trabajo del día. Se acostaba tarde y se levantaba muy temprano (y era el único en trabajar seis días, de lunes a sábado), pese a lo cual era raro verlo cansado, de mal genio, apurado. O no se enojaba, o sabía administrar su temperamento. No me acuerdo haberle oído jamás algo fuera de tono. Corregía con firmeza, pero siempre sin levantar la voz, sin gestos ampulosos.

Quizá por esa templanza y su carácter introvertido, entre nosotros empezamos a llamarlo (supongo que él no lo sabía) "El Príncipe de hielo". Después, sólo El Príncipe. Pero en las tertulias del comedor del sexto piso, o en las escapadas que organizaba periódicamente para hacer un viaje en tren o para probar un auto, o cuando se sumaba a los partidos de fútbol del campeonato interno, era un tipo amable, sencillo, conversador, divertido.

Estaba casado con Patricia Morgan y tenía dos hijas, Marina y Julieta.

Durante años profesor de periodismo en la Universidad de Belgrano, le gustaba divulgar las seis virtudes propuestas por el gran Italo Calvino: levedad, rapidez, exactitud, visibilidad, multiplicidad y consistencia. Quizás esas seis virtudes sean, al mismo tiempo, las que mejor definen a Germán.

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