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La historia de Patricia Ocampo, la ex tarefera que pelea desde 2013 por un mate sin trabajo infantil en Misiones

Patricia Ocampo se define como amante del mate, pese a que denuncia la realidad detrás de su cosecha
Patricia Ocampo se define como amante del mate, pese a que denuncia la realidad detrás de su cosecha Crédito: Un sueño para Misiones
Es la cara visible de una iniciativa que busca certificar la ausencia de chicos detrás de la producción de la bebida nacional; en diálogo con LA NACION, reveló la intimidad de los yerbales, donde menores de 4 años viven desnutridos y expuestos a agroquímicos
Valeria Vera
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29 de abril de 2016  • 10:50

"Si estuviéramos en mi casa, en Misiones, te invitaría un mate, sin dudas", asegura con picardía, mientras comparte un café cortado con esta cronista en un típico bar porteño...

Hoy no puedo recomendar ninguna marca. La yerba está sucia y hay que limpiarla

En la cara de Patricia Ocampo conviven por estas horas varias sensaciones y también varias vidas. Su mirada transmite convicción y melancolía y, a la vez, sus ojeras denotan cansancio; sus pómulos ensanchados y la sonrisa permanente revelan entusiasmo y confianza, pero su tono de voz habla de cautela, de paciencia y, por momentos, de impotencia. Son esos vaivenes los que la definieron hace 36 años y que hoy se intercalan en su relato, su lucha y su proyecto, más íntimo y personal de lo que deja ver en un primer contacto, aunque minutos después será transversal a toda la historia.

De visita por Buenos Aires, la semana pasada, presentó en el Congreso el documental "Me gusta el mate, sin trabajo infantil", para mostrar, a partir de testimonios de familias cosecheras, una problemática que sacude a Misiones hace décadas y que conoce a rajatabla. El film, en realidad, representa el escalón más reciente de un camino que arrancó en 2013, con peticiones on line y proyectos de ley, y de un deseo más profundo por el que pelea casi desde la cuna.

La intimidad de los yerbales

Tenía apenas tres años cuando estuvo por primera vez en un yerbal, a kilómetros de la ciudad de Oberá. Fueron meses intensos, de levantarse a la madrugada, esperar al camión, ir hacia la tarefa, codearse con vecinos y permanecer fuera entre 15 días y un mes, para luego volver a la ciudad y sentirse ajena a esa realidad por naturalizar otra. Un trabajo de empleada doméstica en una sala de primeros auxilios y un puesto en la municipalidad bastaron para que sus padres pudieran romper con esa "ceguera" a tiempo y decidieran no volver. "Se rebelaron contra el sistema y dejaron de naturalizarlo, como yo, que ahora quiero ser la voz de los que no la tienen y poner en palabras lo que pasa en los campos hace cientos de años", relata a LA NACION al presentarse como la cara visible de esta cruzada por los chicos y aquello que esconde la producción de la infusión nacional (Ley 26871), la más consumida después del agua potable.

Quiero ser la voz de los que no la tienen y poner en palabras lo que pasa en los campos

Pero a no todos les tocó la misma suerte o destino que a los Ocampo. Actualmente, gran parte de los tareferos crecen en los yerbales, alejados de sus casas con pisos de barro, vertientes contaminadas y sin electricidad, emplazadas en los barrios periféricos de la provincia: "Como tienen que trabajar y no pueden mantener dos viviendas, se llevan a las familias. Viven en carpas, sobre colchones, que ni siquiera son colchones. Toman agua, si hay un arroyo. Se asean y van al baño en el monte. Comen reviro (mezcla de harina, sal y agua) y chipa, una o dos veces por día, y trabajan entre 10 y 12 horas de corrido. Allí, los chicos empiezan a cosechar a los cuatro años. Al principio, lo hacen como un juego, hasta que comienzan a ganar su plata, ven que se pueden comprar alguna cosita, y dejan la escuela. Cuando les preguntás, siempre está el que dice que sueña con ser capataz".

Patricia Ocampo en una recorrida por yerbales de Misiones
Patricia Ocampo en una recorrida por yerbales de Misiones Crédito: Posibl.com y Change.org

La presencia de chicos en los yerbales no es una postal nueva en Misiones, sino una constante que pone en alerta a algunos sectores. Casos como el de la pareja de 17 y 18 años, que el año pasado llevó a su bebé y lo puso a la sombra para cuidarlo del sol hasta que un camión dio marcha atrás y lo mató en el acto, son recordados con tristeza por todos.

Como fenómeno, se replica y afianza porque, según las ONGs, el traslado y asentamiento de las familias a los campos se vuelve "funcional al poder económico" como también el hecho de "no poder educarse o elegir qué tipo de vida tener". "¿Quién va a cosechar la yerba el día de mañana?", se ha escuchado decir a más de un funcionario. Aparejado, aparecen la desnutrición y las enfermedades, algunas de las cuales derivan de la exposición a agroquímicos que se utilizan en las tarefas modernas.

"La yerba está sucia y hay que limpiarla"

El punto de quiebre, admite Patricia, ocurrió tres años atrás, de la mano de Fernando, de 13 años, que viajaba junto a su papá y otros chicos en un precario camión rumbo a un yerbal, y murió en un accidente. Desde el dolor, "Un sueño para Misiones" cobró impulso y se creó una petición en Change.org para alzar la voz y denunciar lo que pasa en la provincia.

La idea de productos certificados sin trabajo infantil ni en negro detrás ilusiona a Patricia

El primer paso fue formar una comisión que los representara y generara políticas públicas. Con el apoyo de 51 mil firmantes, surgió la Copreti, una mesa multisectorial orientada a poner fin al trabajo infantil en la cosecha de la hoja de yerba mate. Pero las buenas intenciones no alcanzaron y la tarea del grupo no prosperó. Fiel a su carácter, ella quiso redoblar la apuesta.

Así nació la idea de promover un mate certificado, libre de esa práctica, y ofrecido en góndola por apenas unos centavos más. Hoy, los tareferos ganan un promedio de 500 pesos por tonelada y llegan a hacer apenas 150 a 200, trabajando desde las 4 o 5 de la mañana hasta la tardecita. El proyecto apunta a que el salario del tarefero se duplique, para que no sea necesario ya trasladarse con esposa e hijos, y haya entes de control, como las universidades, que constaten que no hay chicos en los campos.

Parte de la gráfica con la que se difundió el documental
Parte de la gráfica con la que se difundió el documental Crédito: Posibl.com y Change.org

"Lamentablemente, hoy no puedo recomendar ninguna marca del mercado. La yerba está sucia, y hay que limpiarla", plantea. "Aquí el consumidor va a cumplir el rol más importante porque es el que va a elegir. Pensamos que todos van a querer certificar", dice entusiasmada, al tiempo que aclara que en una segunda etapa quieren extender esta costumbre a otros productos elaborados en Misiones.

Cómo ayudar

Como hija de ex tareferos y activista contra el trabajo infantil, Patricia aboga, primero, a exponer una situación que, a veces, la distancia entre las provincias y la vorágine de la Capital desdibujan: "Si vos leés, en la cadena de la yerba mate, el tarefero no existe. El proceso arranca recién con el productor, y el tarefero se vuelve invisible a la sociedad". Después, la necesidad de ayudar se ocuparán del resto.

"Hay pequeñas cositas que podemos hacer, sin demasiado esfuerzo: no aceptar ni naturalizar la problemática, y apoyar con una firma para que la ley salga y todos podamos elegir en góndola este mate", invita, y reflexiona: "Creo que nadie quiere ser así porque elija serlo; creo que nadie quiere ser pobre. Tenemos que salvarnos entre todos y esto está en vernos más, aunque ver, más que mirar, al otro implique involucrarse y no escaparle al dolor".

La cosecha, en números

El 90 por ciento de la yerba mate que se consume en la Argentina y el 60 por ciento de la que se puede adquirir en el exterior se cultiva en Misiones, con trabajo infantil. El 16 por ciento de los menores, hijos de tareferos, nunca concurrió a la escuela y se dedica al trabajo rural para ayudar a sus familias. En ese contexto, el 80 por ciento de esas familias usa letrinas y casi el 50 por ciento no tiene agua potable.

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