Princesa del terror: Mariana Enríquez milita en un género para nada menor

Con Las cosas que perdimos en el fuego la escritora se pone al frente de una escena literaria que despierta miedo en el lector; sobre esta forma de ficción hablará mañana en la Feria
Violeta Gorodischer
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30 de abril de 2016  

Los cuentos de Enríquez acechan lejos de los fantasmas cotidianos
Los cuentos de Enríquez acechan lejos de los fantasmas cotidianos Crédito: gza. anagrama / Leonardo García

Si el terror ha sido catalogado, a lo largo de los años, como uno de los géneros "menores" de las letras argentinas, algo empezó a cambiar de un tiempo a esta parte. La propagación de series, películas y cierta reapropiación pop de los grandes maestros del género, con Stephen King a la cabeza, le fueron dando un lugar cada vez más visible y, por qué no, consolidado en el terreno de la literatura vernácula.

Uno de los últimos exponentes fue, de hecho, la antología que celebra al gran escritor norteamericano King, tributo al rey del terror, editada por Interzona. Allí, diversos escritores de América latina rindieron su homenaje desde las apuestas más diversas: zombis, apariciones, sectas, pacientes psiquiátricos y demonios son sólo algunas de las variables que fueron tomando estas historias. Entre ellas, vale decir, se destaca un cuento sobre adoradores satánicos ("Los Domínguez y el diablo") en el que no falta ni la mirada infantil, ni el ritual iniciático, ni el clima pesadillesco, ni todos esos condimentos que logran en el lector algo difícil de conseguir a través de la escritura: la sensación física que despierta el miedo. La autora del cuento en cuestión se llama Mariana Enríquez (Buenos Aires, 1973) y algo del tema sabe. Ella, que también escribió Los peligros de fumar en la cama, las crónicas de sus viajes a cementerios en Alguien camina sobre tu tumba y la novela Bajar es lo peor, entre otras, vuelve ahora a la escena literaria con Las cosas que perdimos en el fuego (Anagrama): un conjunto de cuentos que la consolidan como la princesa del terror en la Argentina. De visita en el país para la Feria del Libro, el legendario editor Jorge Herralde presentó el libro el sábado pasado y habló maravillas de esta autora, que lo dejó "impactado" ya en la primera lectura.

Como buena alquimista, Enríquez no sitúa los disparadores del miedo en los lugares clásicos o, mejor dicho, esperables, sino que logra filtrarlos detrás de cierta estructura engañosa: si el escenario recurrente de sus historias, siempre locales, es una ciudad marginal y "peligrosa" (de las calles más abandonadas de Constitución a las desoladas rutas argentinas en una noche oscura), lo que acecha se revela de pronto como algo totalmente distinto, como si el riesgo latente en la marginalidad perteneciera a otro orden. No es el peligro tradicional, no son nuestros cotidianos fantasmas de clase media los que podrían hacernos daño: la verdadera amenaza está en otra parte, parece sugerir, en susurros, la autora. Lo mismo sucede con el espacio doméstico: en el universo familiar de las casas, refugio urbano por excelencia, es donde más inseguros estamos.

La destreza narrativa se exhibe en una escritura que es por momentos juguetona, por momentos experimental, que amaga incluso con construir una sólida historia cercana al policial, o indaga a fondo en la psicología de los personajes hasta que de pronto el desenlace golpea como un cross a la mandíbula y resignifica todo el relato volviéndolo escalofriante. El miedo irrumpe entonces como en un efecto de choque, siempre inesperado, hiperbólico, explícito. Porque, eso sí, hay que decirlo: lejos de la elipsis o las sugerencias, Mariana Enríquez muestra todo, y lo muestra con morbo.

Cierto aire de denuncia social puede percibirse, también, en este libro que ya promete publicación en 20 países. Pero lo interesante es que Enríquez no cae en lugares comunes sino que se ubica en una zona más bien incómoda para abordar estos temas: mientras en Constitución las madres adictas y desesperadas entregan a sus hijos para ritos satánicos, en la villa, tal vez recuperando su intención original de crítica a las formas de sometimiento, los pobres perseguidos por la policía se vuelven zombis deformados por la toxicidad del Riachuelo. En los colegios, a plena luz del día, el silencio adulto ante el bullying toma nuevas connotaciones cuando una de las niñas se arranca las uñas en medio de la jornada escolar.

Tampoco el feminismo le resulta ajeno a la autora (casi todas sus protagonistas son mujeres), pero la perspectiva de género se aborda desde una posición compleja, sin polos maniqueos. De alguna manera, lo terrorífico se duplica: junto a los núcleos intangibles del miedo conviven relaciones de pareja que son, literalmente, "de terror": ellas están presas del vínculo, por una u otra razón, al mejor estilo gótico, cuestionadas por hombres que ponen en duda sus percepciones. El cuento que da origen al título del libro es uno de los más extremos: un grupo de Mujeres Ardientes se incendia por voluntad propia en protesta a los femicidios; quieren crear "una nueva belleza" para que los hombres ya no tengan a quien quemar. Los "machos" causan el malestar femenino pero son ellas, con sus excesos, las que devienen brujas contemporáneas, amenaza latente para cualquier par.

Los 12 cuentos arman un conjunto sólido. Entre el acriollamiento del género, el trabajo con la construcción de personajes y el in crescendo narrativo, Las cosas que perdimos en el fuego ilumina con luz intermitente de velas las zonas más oscuras de la literatura argentina.

Diálogos cruzados

Mañana, a las 17, Mariana Enríquez y Pablo De Santis responderán la pregunta ¿Hay nuevas formas del terror en la ficción argentina? En el stand de LA NACION, en el hall central

Más exponentes

Samanta Schweblin es un nombre obligado para hablar de literatura de terror, no porque se inscriba abiertamente en el género, sino por su acercamiento a lo siniestro en sus cuentos fantásticos y, sobre todo, en su nouvelle Distancia de rescate. También Juan José Burzi, con Los sueños del hombre elefante, y los títulos de dos editoriales independientes abocadas al género: Pelos de Punta, donde abundan antologías de jóvenes autores, y Muerde Muertos, que publicó Osario común (con textos de Alejandra Zina y Gustavo Nielsen), El fantasma del rosario, de Marisa Vicentini, y Crónicas del mal, de Alberto Ramponelli. Cabe mencionar la reciente colección Pulp, de Interzona, con títulos como Fractura expuesta, de Walter Lezcano; Mano propia, de Nicolás Saraintaris, y Trasnoche vudú, de Mariano Buscaglia.

Agenda

HOY

A las 16

Por el Día del Japón, conferencia demostrativa sobre la ceremonia de té, en la Sala Victoria Ocampo.

Tarde de ciencia, con Diego Golombek y los autores de la colección "Ciencia que ladra", en la Sala Haroldo Conti

Los ilustradores Tute y Troche comparten la Sala Sarmiento para presentar sus libros, Tutelandia y Equipajes.

A las 18

El italiano Paolo Giordano, en la Sala Leopoldo Lugones.

A las 20

Diálogo de Escritores Latinoamericanos: Carlos Franz, Sergio Ramírez, Hugo Burel, Sylvia Iparraguirre. Coordina: Daniel Link, en la Sala Victoria Ocampo

A las 17

Ciclo "Diálogos cruzados", con Luis Moreno Ocampo y Roberto Gargarella: ¿Es inevitable la corrupción?

MAÑANA

A las 18

"Pasión por la novela romántica", diálogo con Jude Deveraux, en la Sala José Hernández

A las 20

"Narrar el femicidio": mesa con los escritores Selva Almada, Álvaro Abós, Marisa Silva Schultze, Diego Zúñiga; coordinan Fermín Rodríguez, Gaby Cabezón Cámara, en la Sala Alfonsina Storni

A las 16

Federico Andahazi conversa con María Elena Polack

A las 18.30

La autora colombiana Laura Restrepo, en una entrevista con Víctor Hugo Ghitta.

A las 20

Cineasta y periodista, además de autor de Sudor, el chileno Alberto Fuguet dialogará con Pedro Rey

Lo que se escuchó

En una visita a bibliotecarios de la Conabip en De la Flor

"La vigencia de Mafalda hoy, cuando la dibujé hace más de 40 años, me dice que algo sigue estando mal"

Quino

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