Los desafíos de Pichot en la cumbre del rugby mundial

Jorge Búsico
Jorge Búsico PARA LA NACION
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11 de mayo de 2016  • 22:21

Con la misma velocidad que tenía en sus manos y en sus piernas cuando jugaba de medio scrum, Agustín Pichot ha saltado al poder supremo del rugby mundial. Lo acordado hace un par de meses, ayer se hizo realidad: el amo y señor del rugby argentino, que era jugador hace apenas 7 años, fue votado para ser el vicepresidente de la World Rugby –la FIFA de la ovalada– haciendo dupla con un inglés, Bill Beaumont, quien reemplazará en el sillón principal al francés Bernard Lapasset.

La fórmula anglo-argentina, toda una novedad en el mundo deportivo, llega al poder en el mejor momento de expansión y difusión del rugby en toda su historia, especialmente por el impacto que en todas las direcciones generó la Copa del Mundo celebrada en Inglaterra a fines del año pasado y por la vuelta a los Juegos Olímpicos, que se producirá en agosto en Río de Janeiro. Esta realidad provocó, entre otras decisiones, que el Consejo, férreamente captado a lo largo del tiempo por los países más fuertes, incluya a partir de ahora a naciones del Tier 2, como Georgia, Rumania y los Estados Unidos. Y, en consonancia con lo que requiera la Carta Olímpica, también se abrió un espacio importante para la rama femenina.

Pero en este mapa que hoy muestra el rugby, ofrece también un costado de alarmas con el crecimiento del super profesionalismo y, por ende, del calendario de competencias. La imagen de "deporte ideal" que quiere mostrar la World Rugby choca con la realidad de jugadores que se lesionan continuamente y que prácticamente no tienen descanso entre los partidos de clubes y seleccionados. Ahí es donde más va a operar Pichot, quien lo sufrió como jugador y luego como dirigente, cuando desde la UAR debía negociar la cesión de los jugadores con los clubes europeos. No será una tarea sencilla, especialmente desde el lado de Francia, donde al argentino ya no se lo ve con tan buenos ojos, luego de que apoyara a Beaumont por sobre Lapasset, quien deseaba sumar un tercer período al frente de la ex International Rugby Board.

Pichot se propuso para esta nueva gestión reordenar los calendarios internacionales, privilegiar a las Uniones por sobre los clubes profesionales y buscar, desde el reglamento, un juego más ágil. Se sabe, porque lo ha hecho público, que el actual 2 de la World Rugby no simpatiza con el uso del TMO.

Pero hay otra acción que para Pichot será un continuado de toda la acción que desarrolló en la Argentina y que terminó colocándolo en el puesto que hoy ostenta: apoyar el crecimiento de Sudamérica y buscarle la vuelta para que Estados Unidos y Canadá –fuertes en el Seven– se sumen al poder del juego de XV. El ex medio scrum necesita que esto prospere para colocar una segunda franquicia en el Super Rugby, imperiosa para que allí también jueguen más argentinos y, de ese modo, ampliar la base de los Pumas, que, por lo que se está viendo, no pueden de ningún modo abastecerse de un solo equipo, como lo es Jaguares.

Pichot, una mente brillante y un hombre de una enorme capacidad de gestión, se moverá desde ahora en más en un mundo que, si bien conoce a la perfección por haber sido una figura mundial como jugador y por negociar exitosamente en estos últimos años con los CEO’s de las principales Uniones, no le será tan amigable como el que goza en la Argentina, donde maneja todos los hilos del poder –sin ocupar ahora ningún cargo en el Consejo de la UAR– y donde nunca se topa con un no de los dirigentes, que desde hace 5 años le han entregado todas las decisiones trascendentes y también algunas de las menos importantes.

Si en algún momento alguien se le opuso a su forma de construir poder en todos los circuitos de poder, ese alguien ya no forma parte de ningún factor de poder. Por propia capacidad –en un altísimo porcentaje–, pero también por incapacidades, intereses o abandonos, Pichot tiene desde hace un tiempo el camino despejado para manejar el rugby argentino. Hay algo que también es irrebatible: el es mejor para hacerlo.

La tentación de compararlo con Julio Grondona ahora que llegó a un cargo internacional tan alto como el del fallecido presidente de la AFA es sólo eso. Pichot no es Grondona, por más que su poder en el rugby argentino sea similar al que tenía el hombre de Sarandí en el fútbol doméstico. Pichot tiene la capacidad para hacer crecer al rugby globalmente, para llevarlo a más gente, a más países y quizá sea la persona indicada para evitar el peligro de que en algún momento el XV y el Seven se choquen entre sí.

Esencial responsable de colocar al rugby argentino en la primera escena de la competencia internacional, primero con el Rugby Championship y ahora con el Super Rugby, Pichot se ha lanzado a una empresa mayor: ubicar al rugby en la elite del deporte mundial. Es capaz de hacerlo.

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