El trabajo interior del atleta: pensar y correr

Crédito: Andrea Mac Micking
Cómo la psicología y la fisiología pueden influir positiva y negativamente en el rendimiento de un corredor. El plus del sistema de creencias hace a un deportista propenso a grandes éxitos. La importancia de una mente sana y fuerte
Carolina Rossi
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19 de mayo de 2016  • 18:32

Existe una relación funcional estrecha entre la psicología y la fisiología del ejercicio, una gran influencia de los estados emocionales en el rendimiento deportivo. Las emociones pueden beneficiar o perjudicar directamente el desempeño de un atleta. Si predominan las negativas como el miedo, la ansiedad, o la desesperación, el rendimiento seguramente se verá disminuido. Por el contrario, si abundan las positivas como la alegría, la serenidad, la motivación, y la autoconfianza, podrá mejorarse sensiblemente el desempeño. Los nervios dificultan la coordinación, el miedo acelera la frecuencia cardíaca, los pensamientos negativos pueden hacer que cueste mucho más llegar a la meta. Sorprende como lo que pensamos, vemos o sentimos pueden jugar un rol determinante durante una competencia, como algunas situaciones externas afectan tanto lo físico: un susto que causa un calambre, una aparición inesperada que acelera los latidos del corazón, un grito de aliento que inyecta fuerza para ir más rápido. Sobran los ejemplos que muestran la incidencia de la mente en el cuerpo del corredor. Las ganas recurrentes de ir al baño antes de una carrera sin haber tomado más líquido del habitual, el corazón a 140 pulsaciones por minuto mientras se camina hacia la largada, la torpeza que dificulta colocarse un chip en la zapatilla o el dorsal en la remera. Todo tiene su explicación, porque cada emoción tiene una respuesta fisiológica asociada. Los nervios tensan los músculos y comprimen la vejiga urinaria y los intestinos, la ansiedad causa rigidez y quita claridad mental dificultando la concentración y la coordinación, el miedo prepara al cuerpo para la huida propiciando mecanismos para que la sangre llegue más rápido al músculo esquelético, al corazón, y al cerebro aumentando la frecuencia cardíaca a través del sistema nervioso y endócrino (secreción de adrenalina y noradrenalina). La ansiedad y el temor magnifican la fatiga. Todo lleva a la ineficiencia cuando las cualidades físicas y mentales se ven disminuidas. Si un atleta está preocupado y ansioso quizás no pueda pensar claramente cuáles son sus objetivos para determinada carrera, y en competencia se expone a cometer errores como podrían ser largar demasiado fuerte o no hidratarse correctamente durante la carrera.

Las responsables de estas reacciones son las hormonas que pueden ocasionar muchos desórdenes en el organismo. Pueden causar debilidad, irritabilidad, desgano, taquicardia o bradicardia, grandes trastornos en el ciclo femenino, aumentar el colesterol pese a llevar una dieta saludable, perder o ganar peso, y un sinfín de efectos más. Suelen ser muy permeables a las situaciones de stress y perder su equilibrio. La que más se altera ante episodios de estrés es el cortisol, producida por la glándula suprarrenal. Esta hormona no representa un problema en situaciones normales, ya que colabora en muchas funciones relacionadas al aporte de energía, pero cuando se está ante situaciones de estrés puede producir efectos negativos como alteración del sueño, del humor, dolores, molestias, y a largo plazo alteraciones del peso corporal. Otro punto de la influencia negativa del estrés es la falta de descanso adecuado, vital para el deportista. Una persona estresada generalmente tiene dificultades para dormir, le cuesta conciliar el sueño o quizás se despierta muchas veces en la noche. Esto tiene una incidencia muy negativa en el rendimiento ya que en la fase del sueño profundo es donde se segregan las principales hormonas encargadas de regenerar tejidos. También existen hormonas que se activan especialmente ante el esfuerzo físico pero en beneficio de la situación como por ejemplo la ADH (hormona antidiurética) y la aldosterona, que ayudan a controlar el balance de líquidos, o la insulina y el glucagón que funcionan para optimizar el nivel de energía (ATP) muscular. Las endorfinas, siempre las preferidas, son las responsables en gran medida de la alegría de correr.

Crédito: Gustavo Mirabile

Ser corredor da felicidad, pero la felicidad también puede hacer aún mejores corredores. Ignacio Ordoñez, corredor amateur, corrió su segundo maratón tras varios meses de preparación. Feliz con el objetivo cumplido, al poco tiempo de la carrera seguía motivado con la marca obtenida y notaba que no se sentía lento como esperaba. "Eso se llama euforia", se respondió. Tras un buen resultado en un 42k, algunos atletas logran sus mejores marcas en 10k. También están los casos de quienes en momentos críticos rinden muy bien porque hacen catarsis a través del deporte, pero en líneas generales, el estado óptimo para alcanzar los mejores resultados suele darse a partir de una situación positiva psíquica y emocional. Bob Glover, en su best seller "Manual del corredor de competición", dice que el entrenamiento mental no puede mejorar la capacidad física ya que ésta viene determinada por la combinación del entrenamiento y la genética. Pero que sólo con una mente entrenada y fuerte se puede hacer pleno uso de los talentos.

Todo comportamiento proviene de un estímulo que produce una respuesta. Pero no todos responden de la misma manera al mismo estímulo. Incluso, la misma persona no responde siempre igual a lo mismo. Porque antes de responder, se piensa en eso, por más breve que sea ese lapso de tiempo. Los psicólogos llaman a ese momento "creencia". El rendimiento depende en parte de la fuerza de las creencias, que siempre están cambiando. Pueden cambiar positiva o negativamente. En una carrera se está sujeto a muchos estímulos: fatiga, dificultades del terreno, contrincantes, clima. El modo en que uno responde depende de cómo la mente procesa esos estímulos. También es clave la imagen que se tiene de sí mismo. La confianza es un arma muy valiosa. El pensamiento positivo es esencial para el desarrollo del sistema de creencias. Para poder dar lo mejor de uno, hay que confiar en sí mismo, sentirse valioso.

Participar de una carrera es un gran esfuerzo mental. Los corredores suelen experimentar un alto grado de ansiedad antes de largar. Se puede estar preocupado por muchas cosas (incluso externas a la carrera), el cuerpo reacciona a estímulos amenazantes y se prepara para la acción. El cerebro manda señales para liberar adrenalina en el torrente sanguíneo que pone en marcha reacciones físicas como el sudor, la taquicardia, la rigidez muscular, la sequedad en la boca, la dificultad para pensar con claridad, la falta de coordinación. Si todo esto no le resulta familiar a un atleta hasta podría ser preocupante, dar cuenta de que tal vez no se esté tomando lo suficientemente realmente de la competencia. Porque no todo el estrés es negativo. En su justa medida, resulta esencial para un buen rendimiento. La ausencia total de tensión conduce al desinterés. Por eso, lograr un equilibrio es lo ideal. Todo lo que se hace, se piensa y se siente nace en la cabeza. El cerebro genera el estímulo nervioso que luego se transforma en idea, sensación, o acción. La mente puede ser un enemigo si los pensamientos negativos invaden, y un arma letal al momento de correr y competir. Una mente sana puede ser algo así como la tercera zancada del corredor que lo impulse más allá de lo que las piernas dan.

Con la colaboración de Pablo Pelegri (MN 104.250), médico especialista en Medicina del deporte, y la Lic. Luciana Vainstroc (MN 29.228), especialista en psicología deportiva.

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