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Sancor, de crecer colonizando zonas a la crisis actual

Patricio Watson
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4 de junio de 2016  

Sancor llegó a nuestra zona, el sudeste de Córdoba en los años 60. Yo estaba en la secundaria y, como ahora, muchas cosas no entendía, pero ver los camiones plancheros -así se llamaba a los que recorrían la zona levantando los tarros lecheros-, pintados con los logos de Sancor nos parecía un paso a la modernidad, ya que venían a retirar la producción diaria a domicilio con lo que se ahorraba el trabajo de llevarla en carros todos los días hasta la fábrica local.

Fue un largo y triste proceso para todos los que vivíamos en las zonas que de a poco iba colonizando esta empresa en su cada vez mayor necesidad de leche para elaborar en sus gigantescas fábricas.

Como ya se habrán dado cuenta, esta historia está contada desde el lado perdedor y nada tiene que ver con la que se cuenta del otro lado, que en pocos renglones puede enumerar los hitos que hicieron tan grande a esta exitosa iniciativa de varias cooperativas de la zona este de Córdoba y oeste de Santa Fe.

En 1940 comenzó a funcionar su primera fábrica de manteca en Sunchales y de ahí en más no paró de crecer. En 1943, manteca para exportar y dulce leche, en 1962 leche pasteurizada, en el 70 yogures y postres, en 1986 crean Sancor do Brasil, en 2002 se asocia con ARLA -una de las mayores cooperativas de Suecia y Dinamarca para deshidratar y concentrar suero-, en 2005 se convierte en cooperativa de primer y segundo grado. En 2008 comienza a ratear y debe reestructurar su deuda. Luego sigue en su camino de crecimiento por medio de alianzas, pero ya con una herida que no cicatrizó totalmente, hasta hoy que presenta un estado financiero cercano a la quiebra.

La otra cara de esta moneda es que Sancor en su brutal expansión llegó a captar producción en cuencas lecheras que contaban con pequeñas industrias y, en poco tiempo, las hizo desaparecer de dos maneras en general. La primera, dejándolas sin materia prima, y la segunda era comprar la fábrica y vaciar la maquinaria para que nunca más se ponga en marcha.

Es muy fácil culpar a la pobre soja de haber expulsado a los tambos cuando en realidad mucha culpa es de estas empresas, pues al llevarse la producción sin elaborar logran empobrecer la zona que pierde puestos de trabajo. Luego, al no tener competencia local pagan precios que no son rentables para los tamberos y cambian de explotación.

Por el contrario, las zonas en que toda esta leche se concentra, florece por los requerimientos de mano de obra y el movimiento económico que significa una gran fábrica. El proceso no se diferencia en nada al de todas las empresas que se expanden por la eficiencia de la escala, y no opino si está bien o mal. Solamente trato de entender por qué algunas zonas se enriquecen y otras se empobrecen.

El resultado hoy es que la mayoría de las cuencas muestran infinidad de taperas donde funcionaban las fábricas locales. Digo la mayoría porque hubo algunos lugares en que los productores advirtiendo esta jugada se juntaron para dar varios pasos adelante en la elaboración de productos lácteos y llegaron a las góndolas.

Que hoy esta empresa esté herida es muy preocupante. De ella dependen muchísimas familias y es el pilar económico de una región cuyos chacareros lograron concretar un sueño de grandeza juntando voluntades bajo el sistema cooperativo. Setenta cinco años después se puede ver que algo se hizo mal a pesar de las ventajas del sistema.

No me gustaría nada que al final se cumpla lo que un amigo norteamericano me dijo una vez en una reunión: "el sistema cooperativo es buenísimo , pero su defecto es que al ser de todos no es de nadie y puedo anticiparte lo que va pasar en los pueblos que funcionan, en principio todos contentos porque los precios bajan, luego comienzan a fundirse los negocios particulares, una vez solos, todo se encarece y por último la cooperativa crece tanto que se torna difícil de manejar y termina fundida". Espero que éste no sea el caso y encuentren la manera de salir de esta difícil situación.

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