La posmodernidad pone en jaque a izquierdas y derechas

Daniel Gustavo Montamat
Daniel Gustavo Montamat PARA LA NACION
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7 de junio de 2016  

Las ideologías de izquierda y derecha luchan para sobrevivir en las aguas turbulentas de la confluencia interoceánica entre la modernidad y la posmodernidad. Empieza a perfilarse un nuevo debate con connotaciones metafísicas donde el cortoplacismo y la dictadura del presente compiten por captar voluntades frente a una amalgama de fuerzas que reivindican un proyecto de futuro. Una confrontación de final abierto que trasciende los estereotipos heredados de la modernidad dura.

Sumisión, el libro del francés Michel Houellebecq (famoso porque su aparición coincidió con el atentado a Charlie Hebdo), anticipa en la ficción esta nueva divisoria de aguas. En la Francia de la próxima década, un nuevo partido de la "Hermandad Musulmana", que gana el derecho de ir al ballottage por haber salido segundo en la primera vuelta (detrás del populista Frente Nacional), termina acordando un frente republicano amplio con los socialistas y la centroderecha para imponerse con contundencia en la segunda vuelta y consagrar presidente francés a un hijo de inmigrantes árabes: Mohammed Ben Abbes.

Es interesante, en la trama que deriva en ese resultado electoral, primero los combos ideológicos en los que abrevan las fuerzas políticas otrora identificadas como de derecha e izquierda, y luego las prioridades que dominan las transacciones para acordar un frente común. La ultraderecha y la ultraizquierda tradicionales convergen en un discurso populista e identitario: antiinmigrante, antiislamista, anticapitalista y antieuropeo. Pueblo y antipueblo, amigos y enemigos. Para erradicar los males y satisfacer las urgencias sociales del presente, la Francia de la novela debe empezar por librarse de sus enemigos. El partido de la Hermandad Musulmana, en aras de construir su alianza con la derecha y la izquierda moderada, está dispuesto a hacer transacciones en los distintos temas políticos y económicos dominantes en el debate moderno, pero impone su agenda cultural y educativa. Es pro capitalista, pro europeo (aunque con otra concepción de Europa) y hasta defiende en principio la aritmética de las instituciones republicanas, pero se propone terminar con el secularismo, el laicismo y el materialismo ateo. ¿Pueden socialistas y conservadores liberales acordar con un partido que vuelve a imponer la enseñanza religiosa en las escuelas, replantea el rol de la mujer en la familia y la sociedad, difunde el diseño inteligente en la creación, defiende la causa palestina y rechaza de cuajo los derechos de algunas connotadas minorías?

La novela avanza sólo en los tramos iniciales de esa experiencia de gobierno, sin resolver el enigma de su éxito o fracaso. Sí se sugiere, en cambio, una explicación que opera como signo de época de la bizarra polarización política: la agudización del vacío existencial en el siglo XXI.

De Nietzsche a Foucault hay toda una serie argumental para "deconstruir" los "metarrelatos" religiosos y racionalistas, que, aunque enfrentados y a veces excluyentes, compiten para dar sentido a la existencia. Aunque muchos se resisten a reconocerlo, tanto los metarrelatos de la fe como los de la razón abrevan en una fuente común: la metafísica del ser que había planteado Parménides de Elea en el siglo VI a.C. como réplica al "devenir" postulado por Heráclito de Éfeso. La discusión no es banal: la modernidad "dura" se funda en proyectos existenciales, la modernidad líquida trata de proveer de sentido al ser en un caleidoscopio de sensaciones efímeras. El ser "líquido" se asume sujeto del devenir, el ser "sólido o duro" quiere ser sujeto en el mundo y en el tiempo. El ser líquido está ligado al presente; el sólido necesita proyectarse al futuro.

Los neopopulismos son los que mejor interpretan en su discurso la cultura posmoderna; explotan las urgencias de corto plazo, azuzan los resentimientos sociales por derecha y por izquierda y utilizan "verdades líquidas" para estructurar la realidad a partir de un relato. Pero ¿quién interpreta ahora las demandas de la modernidad dura? ¿Es posible la convergencia de metarrelatos?

Frente al relato de la sensación anclada en el presente, la alternativa debe promover un proyecto que recree la esperanza en el futuro. Frente a la lógica binaria de la consigna identitaria, hay que propiciar la búsqueda de consensos. El reagrupamiento es imposible sin una plataforma de tolerancia y pluralidad de base. Pero la transacción no es sencilla ni su éxito está asegurado, porque en el racionalismo moderno hubo dogmas y desvíos autoritarios y en las religiones sobreviven facciones fanáticas e intolerantes. ¿Cómo establecer consensos que renueven las expectativas futuras, respeten la pluralidad de ideas y se transformen en una opción de poder al atractivo que ofrecen los neopopulismos? ¿Es posible un reagrupamiento de los moderados en torno a un proyecto moderno que reencuentre a la sociedad con instituciones, planes, metas y liderazgos de largo plazo? ¿Es posible devolver al ciudadano de a pie, en el contexto del nihilismo reinante, confianza en el porvenir? Porque la muerte del ideal de progreso también ha implicado la resignación a la desigualdad de oportunidades y a la parálisis del ascensor social.

¿Hillary Clinton es progresista y Donald Trump, conservador? Las etiquetas modernas ya no encajan en los moldes posmodernos. Donald Trump es neopopulista y va a obtener votos por derecha y por izquierda. ¿O acaso sus consignas contra el trabajo que los chinos y los mexicanos les quitan a los norteamericanos no se parecen a muchas de las proclamas de quienes años atrás ocuparon Wall Street? Para ganar, por su parte, Hillary Clinton deberá cosechar votos entre conservadores y liberales moderados, además de presentarse como la candidata de la tolerancia. ¿Se impondrán los puentes que propicia Hillary o los muros que quiere construir Donald? Puede que la definición del test electoral norteamericano empiece a profundizar en la arena de la realidad concreta los resultados de la nueva polarización prohijada por la modernidad líquida que vislumbra Houellebecq.

No nos sorprendamos, también la Argentina definió su última elección votando por hartazgo contra el populismo. También nosotros somos observados como anticipo y prueba de los realineamientos políticos de este siglo.

Doctor en Economía y en Derecho

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