La doble vida de Liberosky

VIA LIBRE descubrió en Bahía Blanca al montajista de museo que se esconde tras el más irreverente personaje de TV
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30 de marzo de 2001  

BAHIA BLANCA.- Cámara lenta, muy lenta. Mientras la motito dobla la esquina, se alcanza a leer en los labios de la chica que va arriba, lento, muy lento, casi deletreado, el asombro, el inmediato reconocimiento: "¡El Gordo Liberosky...!" Iván Romanelli está parado en una esquina de la avenida Alem de esta ciudad, en una de las tantas etapas de la producción de fotos para la entrevista con Via Libre. Lleva puesta la misma ropa, la misma peluca y las mismas gafas negras del personaje que se cuela entre clip y clip en la pantalla de Much Music.

La misma ropa. Es decir que no hay otra, que no tiene un vestuario de lujo como las estrellas de la tevé. Pero es una estrella de la tevé.

Iván, transformado en el secretamente temido psicótico antisocial, camina por la calle y llama la atención de la gente. Sobre todo de los jóvenes de hasta treinta años.

Un auto pasa por la misma avenida y alguien grita: "Gordo pelo..." Iván sabe que tiene sus detractores. Y, a pesar de esto, a pesar de que la humanidad entera es víctima potencial de la inexplicable maldad de Liberosky, a pesar de que debe de haber pocos gusanos tan políticamente incorrectos como él, la mayoría lo ve como un vengador. Es la contracara del Chapulín Colorado, pero recibe parejos elogios.

"El Gordo es una crítica a la sociedad a la vez que una lacra de esa sociedad", dice el otro gordo. "Creo que refleja bastante la estupidez argentina." Acto seguido, reflexiona sobre el corte violento de la tira: "Para distinguirte de tanta pavada como hay en la tele, tenés que provocar el estremecimiento retiniano, como quería Duchamp". Y a falta de citas de artistas célebres, remata: "McCarthy decía el otro día que le gustaba más meterse en la tele para reírse de ella que verla desde afuera. Me parece una manera inteligente de instalarse en un lugar".

Cuando termina la ronda de fotos, Liberosky vuelve a Sarmiento 450 a buscar su traje de civil. En ese número tiene su sede el Museo de Arte Contemporáneo de Bahía Blanca (MAC), donde trabaja cuando no está grabando.

Esa es la otra cara de la vida del actor: la de montajista del museo. Como tal, se encarga una vez por mes, más o menos, de poner a punto cada exposición. Gana menos de 200 pesos, y hasta hace unos días parecía que se quedaba en la calle. Suerte que le renovaron el contrato: con esa plata y su cachet de estrella se las arregla para seguir adelante.

Este verano debutó como curador. Junto con el director del museo, Andrés Duprat, y uno de sus colaboradores, Luis Sagasti, presentó una lectura confrontada de los patrimonios del MAC y del Museo Municipal de Bellas Artes.

Fue precisamente en el despacho del director donde se hizo la primera parte de la entrevista esa misma mañana. Con él, de algún modo, empezó esta historia, que sería más o menos así:cierto día, hace diez años, Gastón Duprat, por recomendación de su hermano, fue a sacarle unas fotos a la banda de rock en la que Iván tocaba la batería. No mucho después, el fotógrafo le propuso al baterista que actuara en Cine para la familia , uno de sus films. Y así Iván, a los veintipico (nació en Bahía en 1967) entró en el mundo de los medios audiovisuales. Entre tanto, con Mariano Cohn y Adrián de Rosa, Gastón produjo algunas de las piezas de video arte más extraordinarias de los últimos tiempos. El trío es, también, autor de Televisión Abierta, que quizás en julio regrese a la pantalla de América con algunos cambios. Entre otros, unas breves apariciones de Iván.

El actor fetiche del trío, a pesar de la frescura que demuestra frente a la cámara, sólo estudió teatro un par de meses con Miguel Cavia. Fuera de eso, tal vez esté en deuda sólo con su familia. Olga Cela, la madre, fue un figurón del radioteatro bahiense en los años 40 y 50. El padre nació y vivió en un circo hasta los quince años. Y la abuela materna era ecuyére (hacía acrobacias sobre un caballo). "Cuando era chico, después de la función, íbamos a saludar a los parientes detrás del escenario. Ver la pista desde ahí era muy fuerte. Después comíamos en las casillas rodantes. Mi nomadismo tal vez tenga que ver con esa historia familiar", dice, y confiesa que a Buenos Aires sólo se trae un bolsito.

"Acá en Bahía, en el tiempo libre, dibujo bastante. Y estoy haciendo en la batería unos patterns fijos de house . Lo bueno de la ciudad es que, como no pasa nada, lo mejor puede pasar sin que lo andes buscando."

"Soy un lector desordenado y voraz", continúa, lo que implica haber pasado por la filosofía, la historia política de la provincia de Buenos Aires y la literatura de, por ejemplo, Alberto Laiseca. "Alberto es muy pintor, muy narrador. En una escena de una novela suya que todavía no se publicó, Liberosky irrumpe para mear a unas minas. Lo que a Alberto más le llama la atención del personaje es la impunidad con la que actúa".

Y a todo esto, ¿cómo nació el Gordo? "Nació como un look . Gastón seguramente lo tenía formateado desde antes. Los primeros episodios eran en blanco y negro: una lacra del videoarte, supongo. Era muy metafísico. Al final, el tipo se iba caminando por una vía". Ahora, con las ideas de los guionistas de toda América latina que envían sus libretos a Much Music, el Gordo Liberosky va completando su personalidad.

"Siempre está al filo de todo: del absurdo, de la estupidez, de la inteligencia. Me parece que el personaje está hecho a mi medida. No sé por qué", se ríe. Sea como sea, Iván es un tipo culto, divertido, buen conversador cuando la conversación es buena e irónico cuando el tema es urticante. Y a pesar de su erudición, nunca hizo estudios formales. "De la única cosa de la que siempre estuve seguro es de que nunca iba a ir a la universidad", se jacta.

Lo primero que hace cuando está en Buenos Aires es ir al Hotel Central Argentino, en Retiro, un "hotel limpio, familiar, de mucamas viejas y colectiveros", donde Much Music lo aloja. Si el dato no falla, Gombrovicz pasó un tiempo bajo ese techo. La mención del novelista polaco da pie para que Iván hable sobre algunos de sus escritos. Era obvio.

Y termina contando una anécdota, a propósito de colectiveros. "Los choferes de la línea 12 llamaron al canal y avisaron que me van a entregar un espejo biselado que dice: "Gracias, Gordo Liberosky". La fama, igual, es al go muy enclenque".

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